Reflexiones sobre el precio de las cosas (2ª Parte)

Continúo caminando por el Paseo de Gracia entre personas de alto poder adquisitivo, habituados a vivir en áticos de alto standing en la zona alta de la ciudad, y a conducir automóviles de alta gama, y me siento un enano entre gigantes,  Gulliver recorriendo el país de Brobdingnag. Me pregunto qué deben sentir los ricos. ¿Seguridad? ¿Tranquilidad? ¿Confianza? ¿Arrogancia? ¿Prepotencia? ¿Hastío? ¿Envidia?

Recuerdo un episodio de Doctor en Alaska en el que un joven nativo americano obtiene el encargo de hacer unas reformas en la vivienda de uno de los hombres más ricos del pueblo. El prohombre, que también es indio, invita al muchacho a pasar una velada con unos cuantos hombres maduros de la región. En medio de la fiesta, el joven nativo descubre con asombro e incredulidad un cuadro en una de las paredes del sótano. “¿Eso no es un Warhol?”, pregunta con la voz entrecortada por la emoción. “Sí”, contesta el hombre rico sin concederle mayor importancia. Pero más tarde, el alcohol y la camaradería fluyendo por sus venas, el hombre rico lleva al muchacho aparte y, con ojos soñadores, le confiesa: “A veces me pregunto qué se debe sentir siendo rico”. El joven nativo se lo queda mirando sin dar crédito a lo que oye y espeta: “¡Pero usted ya es rico!”. A lo que el hombre, la vista clavada en algún punto del infinito, susurra: “Quiero decir… rico de verdad”.

Y rico de verdad tiene que ser el que compre en la tienda de ropa frente a cuyo escaparate acabo de detenerme. Veamos: una corbata -léase un trozo de tela- 225 euros. Unos zapatos de piel, que por el precio tienen que ser de la piel del cocodrilo que salía siempre en las películas de Tarzán que interpretaba Johnny Weissmuller, 600 euros (se supone que el par). El traje cuesta 4500 euros. Y el trolley… ¿qué es un trolley? Por suerte, en los rótulos con el precio está el nombre del objeto en tres idiomas: catalán, castellano e inglés. Leo el rótulo: Trolley / Trolley / Trolley. Está claro. Sin embargo, haciendo acopio de todo mi poder de deducción, concluyo hábilmente que se trata de una pequeña maleta con un tirador y unas ruedas, de esas que se utilizan para llevar unos calcetines y una muda limpia en el puente aéreo. Pues el trolley cuesta 5.700 euros. Y aún después de leerlo dos veces comienzo a sospechar que me he pasado esta mañana con la levadura de cerveza.

Doy unos pasos hacia atrás y elevando la vista leo el nombre de la tienda, que musicalmente evoca el aire límpido y luminoso de la Toscana, uvas y suaves colinas. Empujado por una pequeña discusión que Nuria y yo tuvimos recientemente, me dirijo a la puerta del establecimiento. Yo estaba algo soñador aquella tarde y fantasee con la idea de probarme un traje en aquella tienda. Ella afirmó categórica que no me atrevería a entrar ahí y probarme un traje. Hubo sonrisas irónicas y mucho arqueo de cejas, como si estuviéramos evaluando nuestras respectivas fuerzas. Y a continuación, un cruce de apuestas. Siempre nos apostamos una cela en el Hotel Vela (W), aunque cuando ella pierde, la cena en el Vela termina siendo una cena con velas, que no es que esté mal pero no es exactamente lo mismo. Y cuando pierdo yo, simplemente me salgo por la tangente. Pero ahora ella está aquí, junto a mí, después de haberla llamado por el móvil hace unos minutos.

Nuria ha leído un manuscrito de “Asquerosamente sano” y juega con ventaja, pues sabe que hace sólo siete años yo era incapaz de llamar por teléfono a una librería para preguntar el precio de un libro, o ya puestos, entrar en una tienda de ropa y probarme unos pantalones. Pero también ha comprobado mi evolución de primera mano, y la sombra de una duda sobrevuela esa región de su cerebro que se ocupa de la toma de decisiones. Ya es tarde, sin embargo, pues acabo de traspasar el umbral del establecimiento, y ella no tiene más remedio que seguirme. Me imagino que ahora debe estar recordando el primer fin de semana de febrero, el de la ola de frío siberiana. Estábamos en Sa Boadella, esa preciosa cala cercana a Lloret, pues resulta fascinante contemplar el mar en invierno, sus colores y aromas completamente distintos a los del amable mar estival. El viento arreciaba levantando olas que se estrellaban contra las rocas y entonces, como la hermosa Beatriz pidiéndole al esforzado Alonso que vaya a buscar la banda azul que ha perdido esa tarde en el monte de las Ánimas, Nuria, también hermosa, me recuerda mi promesa de bañarme en el mar todos los meses del año. A veces soy un poco ingenuo a la hora de decir las cosas, pero una promesa es una promesa, y ya es demasiado tarde cuando ella grita que no lo haga, mi ropa desperdigada sobre la fría arena y las gaviotas chillando en lo alto de un cielo plomizo. Una carrera rápida y un lanzamiento, no es más que eso, y el mar acogiéndote en su seno como si siempre hubieses pertenecido a él. 

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2 pensamientos en “Reflexiones sobre el precio de las cosas (2ª Parte)

  1. Gracias, hacia mucho tiempo que nadie conseguía convencerme para leer Y TU LO HAS HECHO!

    Me has traido muchas y agradables imágenes del pasado, entre ellas estas que te dejo para que las disfrutes:
    http://el-area-51.blogspot.com/2009/06/los-puentes-de-madison.html

    Además ahora ya se que es un oxímoron jejeje! que yo no estudié letras jajaja!
    Ya me diras cuando sale de una vez esa asquerosamenteesperada novela, espero una firmada.
    Un saludo y gracias de nuevo, hasta pronto guerri.

  2. Necesito ver una foto del hombre-ornitorrinco.
    Imagino que el nombre se te ha ocurrido de los dibujos animados de Phineas y Ferb. Mis hijos los devoran.
    Por cierto mi mujer me ha dicho que estas muy guapo en las fotos.
    Bye.

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