Un paseo por Paseo de Gracia (Reflexiones sobre el precio de las cosas).

Un meteorito gigantesco impacta contra la península de Yucatán y los dinosaurios son ya historia. Un iceberg enorme surge de la nada en mitad de la noche y el Titanic se va a pique. A veces las cosas suceden así, sin previo aviso. Como ayer por la mañana: abro mi bote de proteínas… ¡y está vacío! Un bote de 1300 gramos, quién lo iba a decir. No sé por qué estúpido razonamiento había llegado a pensar que me duraría eternamente. Las palabras de Paul Bowles en “El cielo protector”, de Bertolucci, me parecen ahora más proféticas que nunca:

 “Como no sabemos cuándo vamos a morir, llegamos a creer que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todo sucede sólo un cierto número de veces, y no demasiadas. ¿Cuándo volverás a recordar aquella tarde de tu infancia, una tarde que marcó para siempre el resto de tu existencia? ¿Y cuántas veces más contemplarás la luna llena? Cuatro, quizá cinco. Y sin embargo, todo parece ilimitado”.

Sí, todo parece ilimitado. Como mi bote de proteínas. Me dirijo a la tienda de dietética de la que soy parroquiano desde hace tantos años que ni me acuerdo y escaneo los estantes en busca de lo que he venido a buscar, pero  no logro dar con ello. No, no tienen la “Whey Gold Protein”, pero sí que hay un bote de “Iso Whey Protein” (Serie Élite). ¡Ostia puta! -exclamo al comprobar el precio.  Y por muy “serie élite” que sea, los 56 eurazos que vale me dejan sin aliento. Mónica, la dependienta, intenta quitarle hierro al asunto, y bromea diciendo que con esa proteína los músculos crecen solos. Cómo mínimo, contesto yo poniendo los ojos en blanco. Siento como si me amputaran una pierna cuando el dinero cambia de manos. Diez mil pesetas un bote de proteínas, afirmo categórico, en un último esfuerzo por apelar a la justicia divina. Mónica me mira con desdén, como si aún no me hubiese dado cuenta de que estamos en el siglo XXI: “No seas antiguo”. Pero yo ya he traspasado la barrera de los cuarenta, y tendrían que hacerme una lobotomía para extirparme el conversor de moneda que llevo instalado en algún rincón de mi cerebro. Antes, con diez mil pesetas en el bolsillo podías hacer algo. Ahora eso es lo que vale un bote de proteína sintética de 1 kilo.  Y por muy “whey” que sea, no me parece nada guay.

Dejo en casa la proteína de las narices y decido dar un paseo por el centro de la city. Cómo no, cuando introduzco mi T-10 en la máquina del metro suena un pitido estridente que significa que la tarjeta está agotada. El tipo de Seguridad que está apostado detrás de los torniquetes de entrada con los brazos en jarra, las piernas abiertas y toda la pinta de meterse en el cuerpo un bote de proteína “whey” a diario, me mira con cara de pocos amigos. Por megafonía advierten que la multa por viajar sin billete es de 100 euros. Comete un desfalco, evade impuestos a través de paraísos fiscales, deja en la calle a tus trabajadores… y no te pasará nada. Pero viaja en el metro sin billete y todo el peso de la justicia caerá sobre tus escuálidos y mezquinos hombros. Me compro una T-10. Ha subido de precio, naturalmente. 9,25. A este paso cuando llegue la noche me habré arruinado. 

Bajo en Paseig de Gràcia y cuando salgo al exterior no puedo evitar preguntarme cómo es posible que a alguna luminaria del Ayuntamiento no se le haya ocurrido aún poner una especie de peaje para transitar por la calle más glamurosa de la ciudad. Puede que no todos los ricos sean guapos, pero está claro que la riqueza sí atrae a la belleza. Mujeres de piernas interminables y hombres con las botas por encima del pantalón y rostro de anuncio de maquinilla de afeitar te ignoran con estudiada indiferencia. Damas de avanzada edad y caras lifteadas, caballeros con injertos capilares y culos adaptados al cuero del asiento de sus Jaguar o sus Porsche, deambulan por allí con la naturalidad de un terrateniente dando un paseo por sus tierras. Y japoneses, muchos japoneses. 

Ahora la idea de dar un paseo por allí y repartir unas cuantas de mis tarjetas se me antoja ligeramente peregrina. La semana pasada encargué en la imprenta de al lado de casa cien tarjetas con mi nombre, mi dirección de correo electrónico y el nombre de mi blog. De un día para otro me hicieron ocho tarjetas de prueba para que pudiera elegir entre diferentes diseños y tipos de letra. Mi nombre en letras mayúsculas, en negrita, con minúsculas, en caracteres góticos, el nombre del blog bajo mi nombre, a la derecha, a la izquierda…. No fue una elección fácil, pero al fin me decanté por un tipo de letra de trazo suave, pues las mayúsculas y la negrita parecían denotar un ego desmedido que yo, ejem, aparento no tener.

Fue pagar las tarjetas y darme de bruces con un amigo de toda la vida. Le entrego una tarjeta, por supuesto, al tiempo que le hablo de mi  nuevo blog y de la novela aún inédita.

 -Hombre, muchas gracias por la tarjeta- afirma mi amigo con cara de agradecimiento forzado- Jorge Romero.

-Romera. Terminado en “a”.

-Aquí dice “Romero”- asegura mi amigo con el aplomo de un oftalmólogo veterano.

-No, eso es una “a”. Parece una “o”, pero si te fijas tiene un palito a la derecha que cierra el círculo. Si no el nombre de mi blog sería osquerosomentesono, y no tendría ninguna gracia.

-Ah, pues yo estaba convencido de que se llamaba así.

-¿Cómo cojones se va a llamar “Osquerosomente sono”?- exploto yo. Es “Asquerosamente sano”. Un oxímoron, joder. Como “silencio ensordecedor”. ¿Lo pillas?

-Ah, claro. Un oxímoron, si. ¿En qué estaría yo pensando?

Y no sé qué me fastidia más, el hecho de que un amigo que conozco desde hace quince años no sepa cómo me llamo, o la sospecha de que la he cagado con las tarjetas. Pero no importa, ahora estoy en el Paseo de Gracia, con todo su encanto, su clase y su glamour. 

Me gustaría darme una vuelta por la Casa Batlló, esa joya de la arquitectura modernista. Ahí están los turistas japoneses disparando incansables sus cámaras digitales para dar fe. Le pregunto al tipo de la puerta cuánto cuesta la entrada. 18 euros. Dieciocho. Por Dios Bendito. Por ese precio uno espera que Antonio Gaudí en persona te reciba en la entrada de la casa con un abrazo de bienvenida, como mínimo.

Me detengo frente a una joyería. En el escaparate un Rolex de 14.575 euros me guiña el ojo en forma de destello. SUPERLATIVE CHRONOMETER puede leerse, y a mí no me cabe ninguna duda. Miro mi reloj, un Lotus, y me siento profundamente infeliz. Y eso que antes siempre llevaba Casio, pero la última vez que se me rompió fui al relojero con la idea de comprarme uno nuevo y cuando me enseñó aquellos relojes que parecían sacados del interior de un huevo Kinder Sorpresa me dije a mí mismo que ya estaba bien de relojes digitales, que quería algo distinto. Algo con… clase. El día anterior había visto “Los puentes de Madison” y ansiaba un reloj como el que lucía el bueno de Clint en la película. El relojero, un tipo maduro pero con aquel pendiente en la oreja que le daba un aire juvenil, me sacó un Viceroy y un Lotus. Sopesé ambos, los lucí por unos minutos en mi muñeca y luego, como Descartes, dudé. Entonces el relojero, hábil conocedor del alma humana y consciente del infierno por el que estaba pasando, señaló el reloj Lotus y sentenció: “este peluco es más guapo”. Y me lo compré.

Y ahora mi Lotus languidecía frente a aquel Rolex. SUPERLATIVE CHRONOMETER. Ya lo creo, superlativísimo. Recordé aquel anuncio a toda página de los años 80 en el Selecciones del Reader’s Digest. En él, un juvenil Reinhold Messner, el mejor escalador del mundo, aseguraba: “tendría que estar loco para acometer la ascensión de un ochomil sin mi Rolex”. Me imagino que lo que quería decir es que debería estar loco para subirse ahí arriba sin el patrocinio de Rolex. Y en eso estamos de acuerdo, Reinhold, la pasta es la pasta. Por suerte, al lado del Rolex de 14.575 euros hay otros más baratos que rondan los 6.000, y es que el que no luce un Rolex en su muñeca es porque no quiere. Pero si os apetece seguir mi paseo por el glamuroso Paseo de Gracia, tendréis que acompañarme mañana. Ahora voy a comprobar si esas proteínas son tan buenas como dicen.

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3 pensamientos en “Un paseo por Paseo de Gracia (Reflexiones sobre el precio de las cosas).

  1. Tal vez en lugar de un paseo por el Paseo de Gracia,para la mayoría de los mortales,sería un paseo por el”Paseo de la desgracia”. La desgracia de vivir en una sociedad en la que te crean unas necesidades innecesarias. Porque ¿quién necesita un Rolex de 14.575 euros para vivir,sino se es Messner?
    Seguro que mañana nos seguirás descubriendo la estupidez humana.

  2. Como asevera el tópico: no hay que confundir el valor con el precio. Dicen que las cosas que tienen verdadero valor son gratis.
    El saber paladear la compañía de tu pareja y de tus amigos, disfrutar como un niño de tus hobbies, buscar y elegir tu vocación profesional, profundizar en el autoconocimiento que nos lleva a relativizar bastante esa tragicomedia que vivimos…
    Lo que es gratis tiene una pega, el esfuerzo personal. Un asceta, un científico, un escritor, unos padres abnegados, un deportista…lo saben. Pero el premio dura mucho más que el efímero deleite de la última chuchería que compramos.
    En la época que vivimos parece ser que hay demasiada prisa para meditar esas abstracciones y preferimos ir a lo seguro, a lo rápido a lo tangible. A ver cuánto es?

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