La luz del conocimiento

Las cosas no iban a cambiar, nunca lo harían. El personal estaba aborregado por siglos de sumisión. La tecnología se había convertido en el arma predilecta del poder, oculta siempre tras un espejismo de diversión o simple comodidad, ¿y existe algo que reblandezca más el cuerpo y el espíritu que la comodidad? Los niños que tenían la Play 6 ya soñaban con la Play 7, que aún no existía ni en las mentes de sus creadores, pero por sus cerebros infantiles ya corría el veneno del estúpido consumismo. De mayor todos querían ser creadores de vídeojuegos o youtubers, o quizá participantes de realities. Los adultos bien posicionados –profesionales liberales, empresarios con suerte, ejecutivos poco escrupulosos– trabajaban en pos de sus zanahorias, fueran éstas IPhones de ultimísima generación, automóviles más potentes y vistosos, cruceros de placer, casas suntuosas, yates siempre fondeados, ropa de diseño o cualquier otra estupidez que viniera rubricada por los cantos de sirena de la novedad o la moda. La plebe, en condiciones laborales esclavistas, trabajaba interminables horas por un mísero salario para pagar la hipoteca, el alquiler o, en la mayoría de casos, la habitación compartida, los impuestos y la comida haciendo del estoicismo su credo mientras los precios, que la inflación hinchaba cada vez más, se catapultaban hacia alturas siderales. Legiones de desarrapados pululaban como zombies buscando algo que llevarse a la boca en los contenedores de basura de las grandes urbes al tiempo que musitaban como una letanía el mantra oficial: “es lo que hay”. Los políticos medraban estafando, prevaricando, amañando, evadiendo al fisco, campando a sus anchas por las altas e invisibles esferas del poder. La prensa estaba comprada por los políticos y los políticos eran simples fantoches, muñecos de trapo de los bancos y las multinacionales. Los jueces, la policía, los médicos… todo era un colosal teatro de marionetas donde hasta un ciego vería la tosquedad de sus hilos. Los terrenos se recalificaban y se vendían al mejor postor para convertirlos en zonas residenciales, en casinos o en parques temáticos. La Naturaleza había desaparecido engullida por el tráfico rodado, que lo invadía todo. Edificios enteros, rascacielos mastodónticos, se destinaban a aparcamientos. El subsuelo de las ciudades era un gigantesco queso de gruyere. La televisión con sus estupidizantes rayos catódicos se encargaba de jibarizar más si cabe los narcolépsicos cerebros de sus babeantes espectadores. Ya no existía la telebasura porque toda la televisión lo era: los realities de hiperbólica zafiedad, el bostezante fútbol y sus inteligentes comentaristas, la información torpemente manipulada, los estúpidos concursos, las series para encefalogramas planos, la publicidad omnipresente. Todo atisbo de espíritu crítico era castigado en las escuelas, segado de raíz por la implacable guadaña de la estupidez. Los maestros eran meros acólitos, adoctrinados desde el poder para perpetuar el status quo. Era el triunfo aplastante del Neoliberalismo, la victoria sin concesiones de la privatización, el consumismo, el darwinismo social, la estrechez de miras, la corrupción, la superficialidad, el materialismo y el despilfarro absurdo. Una orgía cósmica de egoísmo. 

Y entonces sucedió. Una broma del azar, un giro inesperado del pool genético, una mutación imposible. Un niño con espíritu crítico abrió sus ojos a un mundo que estaba a punto de colapsar bajo su colosal peso de estupidez. Un niño que no querría jugar a la play ni ser youtuber de mayor. Un niño así podría constituir una auténtica amenaza para el sistema, y las autoridades, convenientemente informadas, intentaron convencer a sus padres de que el pequeño entrara a formar parte de un pionero programa de investigación, una magnífica oportunidad para su futuro. Pero los padres no cayeron en tan torpe celada y huyeron muy lejos. Cambiaron de identidad, encontraron un lugar remoto en el que aún había árboles y vivieron de la tierra. Aquel niño que no veía la televisión ni consecuentemente quería juguetes, poseía un don natural para imaginarse historias ante la atónita mirada de unos padres que se preguntaban cómo era posible que un niño tan pequeño pudiera hablar de cosas que parecían pertenecer a otro mundo. Y el niño se convirtió en un  muchacho que carecía de smartphone pero era capaz de hablar con los pájaros o abrazar a los árboles y sentir su milenaria sabiduría, entender el lenguaje del agua que salta cantarina entre las piedras del arroyo o descifrar el roce de la brisa entre las altas ramas del haya y el pino, leer el secreto del musgo con la yema de sus dedos, oír la lejana voz de las estrellas cuando la negra noche lo cubre todo con su manto oscuro.

Pero un día el joven quiso ver mundo. Sus padres sabían que no podrían detenerlo; su destino estaba marcado mucho antes de que naciera, escrito en las inacabables arenas del tiempo. Llegó a una gran ciudad, una megalópolis. Multitudes en cada calle se cruzaban sin verse. La noche ya había caído; siempre la noche, era el momento del día en que más vivo se sentía. Entró en un bar. Una mujer joven lo miró. Era hermosa, no como un amanecer en las montañas o un edelweiss brotando humilde entre las rocas, pero era hermosa, no podía negarlo. Se aproximó a ella y le preguntó su nombre. Ella le habló de su nuevo reloj, capaz de recibir correos electrónicos, hacer fotografías, resolver ecuaciones diofánticas y hasta construir elaborados hologramas. Sí, también daba la hora. Él le confesó que acababa de llegar a la ciudad y no tenía dónde ir. Ella le invitó a que la acompañara a casa en su potente deportivo, regalo de su padre. Se besaron apenas entrar en el ascensor que subía directamente desde el aparcamiento, ¿por qué no?  Y al traspasar el umbral, con la casa en penumbra por la luz de las farolas que se filtraba a través de las cortinas, él abrió la boca y le mordió en el cuello. No fue algo erótico, la antesala del efímero placer, sino un mordisco brutal, la dentellada del licántropo, la feroz acometida de la bestia. Retuvo sus colmillos sobre la herida abierta hasta que ella dejó de debatirse, su corazón latiendo por última vez. Y entonces, después de unos instantes, ella inspiró profundamente y abrió los ojos como si hubiera despertado de un largo sueño. Y en sus ojos había espíritu crítico y lucidez. Aquellos ojos irradiaban la luz del conocimiento.

 

 

Jorge Romera

18 de febrero de 2016

 

 

Misantropía

Yo estaba atravesando una mala racha. Tras la implacable reducción de plantilla en la empresa en la que trabajaba desde hacía más de diez años, lo que condujo a mi fulminante despido, el divorcio a petición de mi mujer me estalló en plena cara como uno de esos cigarrillos de broma. Y aunque nunca creí que hubiese una conexión causal entre ambos hechos, lo cierto es que su concatenación temporal me dejó como si una apisonadora me hubiera pasado por encima.

Uno de los aspectos más incomprendidos de ser una persona con un estilo de vida saludable es que, al no beber alcohol ni consumir ningún tipo de drogas, la evasión resulta un poco más complicada. Así que me volqué en el deporte, mi viejo talismán, con la esperanza de aprovechar hasta la última molécula de endorfinas vertidas en mi torrente sanguíneo por cortesía de mi propio esfuerzo. Un nómada perdido en el desierto que acabase de encontrar un sucio charco entre la ardiente arena no se habría mostrado más insaciable que yo en ese aspecto, ni más sibarita. Entrené duro, disfrutando de cada gota de sudor, de cada latido, de cada inspiración de oxígeno y cada exhalación de dióxido de carbono. Corrí, nadé y pedaleé como si me fuese la vida en ello, lo que era el caso. Y como es lógico, me lesioné. 

Las malas rachas tienen el inconveniente de que no sabes cuándo terminarán, lo que hace que no sea difícil sentirse como la proverbial hoja a la deriva. Eso era mi vida, una hoja seca en la corriente de un río, una bolsa de supermercado empujada por la caprichosa ventisca. Hasta que me telefoneó mi amigo George. 

Seré claro y conciso en este punto: yo no tengo muchos amigos. Ser un misántropo supone la existencia de ciertos efectos colaterales, y el hecho de carecer de una agitada vida social es uno de ellos. Pero George…, bueno… Conocía a George desde que éramos niños. Una tarde invernal en la que la señorita Duphrey estaba machacando nuestros jóvenes e impresionables cerebros con las declinaciones latinas hasta el punto de coquetear con una especie de narcolepsia colectiva, hubo un repentino corte en la corriente eléctrica que dejó la clase a oscuras. Se oyó un grito femenino y en cuanto se hizo la luz, Eva Melonsky, una belleza local, acusó a George, que se sentaba siempre a mi lado, de haberse tomado con ella ciertas libertades durante el breve apagón. La señorita Duphrey, una solterona cuyo armonioso rostro hubiese inspirado a los escultores de gárgolas del periodo gótico, se mostró tajante en un aspecto: irían juntos a ver al director. 

George, justo es decirlo, se había ganado cierta reputación en el arte del magreo clandestino, dando lugar a varias amonestaciones por parte del director, el señor Melonsky, que fueron in crescendo hasta culminar en la amenaza de que, si aquello se producía una vez más, sería relegado al escarnio del ostracismo, expulsado del colegio para siempre. Con aquella espada de Damocles suspendida sobre su cabeza no acierto a imaginar por qué George hizo aquello en la clase de la señorita Duphrey, y el hecho de que el aula se quedase tan oscura como la boca de un lobo y de que, en rigor, no hubiese testigos fidedignos de lo ocurrido, no iban a sacarle del apuro, pues como ya he dicho, se había labrado su reputación a pulso y, lo que era aún peor, el director y la belleza local compartían apellido.

Los rugidos del director podían escucharse desde la clase. El señor Melonsky estaba iracundo, fuera de sí, su voz reverberando por los pasillos del edificio como la voz del Dios del Antiguo Testamento. Por no mencionar al padre de George, que también había acudido al despacho y cuya sola cabeza, del tamaño de una boya náutica, podría imponer respeto al inspector de Hacienda más osado. En conjunto, una combinación poco auspiciosa para George. 

Aún hoy no sé porqué lo hice, pero nunca sabemos de lo que somos capaces hasta que llega el momento. Abrí la puerta del despacho del señor Melonsky sin llamar previamente y me declaré culpable de los hechos. Todavía recuerdo la cara de George cuando se volvió hacia mí. 

Pero de aquello hacía ya muchos años, y cuando recibí la llamada de George interesándose por mi estado de salud sólo pude sentir el alivio de saber que todavía quedaba alguien al otro lado del hilo. 

–Qué tal Pete, amigo, cómo te va la vida.

–Bueno…, he vivido tiempos mejores…

Y puse al corriente al bueno de George, ¿qué otra cosa podía hacer? Prometió llamarme al cabo de una semana, y lo hizo. 

–Te estás oxidando metido día y noche en tu cubil, con un libro de Schopenhauer siempre abierto en tu ragazo. Necesitas ampliar horizontes, ver mundo, expandir tu mente, Pete, abrirte.

–No te digo que no.

–Podría presentarte a alguien. Por cierto, Pete, ¿te apetece asistir a una pequeña fiesta?

A mí me gustan las fiestas tanto como andar con un par de zapatos del mismo pie. Durante toda mi vida me había mantenido apartado de bodas, verbenas, cumpleaños, guateques, despedidas de soltero y cualquier evento que oliese de lejos a confeti y serpentinas, pero supongo que siempre hay una primera vez. 

George acudió a recogerme un sábado a las 9 de la noche. Bajé a pie los cinco tramos de escaleras que me separaban de la calle para no volver a mirarme en un espejo y allí estaba él, eternamente bronceado, modelo de inspiración y faro para almas masculinas a punto de zozobrar en las procelosas aguas del océano marital. 

–Por Dios, George, ¿has hecho un pacto con el diablo?

–El diablo nunca hace pactos. No los necesita. 

Cualquiera habría imaginado que George conduciría un Porsche, un Aston Martin o por lo menos uno de esos descapotables de juguete que tanto odio, pero mi amigo huía de los tópicos como de la peste. Al menos teníamos algo en común. 

–Si tienes que viajar a bordo de un automóvil de lujo para seducir mujeres, no eres un auténtico seductor. Tu verdadera potencia no debe estar nunca en el motor de tu coche– afirmó categóricamente mientras giraba la llave de contacto de su viejo Honda.

–¿De verdad crees que a ellos les importa?

–No, claro que no. Pero a mí sí.

Una hora más tarde llegamos a una casa situada junto a la playa. Junio estaba profiriendo todavía sus primeros balbuceos y la promesa del verano parecía posarse con suavidad sobre un mundo hastiado ya del frío de una decepcionante primavera: las palmeras, el macizo de buganvilla que colgaba de la terraza de la casa, el rumor de las olas, la fragancia a jazmín, el roce de la brisa nocturna en mi piel, todo confluía en esa especie de optimismo pre-estival. Los coches aparcados en la entrada, sin embargo, denotaban cierta discrepancia entre la visión del mundo de sus propietarios y la de George. 

El espacio entre la verja de entrada y la escalinata que conducía a la puerta bajo el frontón estaba cuajado de flores y árboles ornamentales, ni siquiera faltaba un jardín zen.Todo aquello olía a lujo y ostentación, pero no me esperaba que nos abriese la puerta una mujer desnuda. El ambiente reinante en el interior de la enorme casa recordaba a la tabla central del tríptico de El Bosco, El Jardín de las Delicias. La lujuria parecía haberse desatado entre los participantes de aquella… fiesta. Hombres y mujeres entrelazados, desnudos, moviéndose rítmicamente como si una sola pulsión invisible los uniese, sudando, gimiendo, gritando. No sé cuánto tiempo permanecí allí de pie, hasta que divisé el cuerpo de George, los músculos de su espalda tan tensos como las cuerdas de un velero impulsado por el viento mientras copulaba como una bestia con una mujer cuyos cabellos ocultaban su rostro. Fue en el momento del orgasmo cuando descubrí en aquella mujer la cara de mi ex-esposa. Luego sentí un fuerte dolor en el pecho y perdí el conocimiento. 

Dicen que estuve muerto durante unos segundos, intentando atisbar la misteriosa luz al final del túnel mientras el desfibrilador funcionaba a pleno rendimiento sobre mi pecho. ¿Y George? Todo fue idea suya, el bueno de George. Tan sólo quería que saliese de mi torre de marfil, que me fundiese con el mundo, que me olvidase de mí mismo. Buscaba para mí el satori, un reseteo sináptico, una epifanía, lo que fuera. Y lo consiguió. Ya no soy un misántropo.

 

Jorge Romera

16 de junio de 2015

 

Compañeros de habitación

Apenas me quedaban unos pavos en el bolsillo, pero el frío arreciaba de tal manera que decidí buscarme un hotel. Nunca me han gustado los lujos, el glamour de los hoteles de cinco estrellas me produce acidez de estómago y peligrosos picos de misantropía, pero con aquella ola de frío polar los cajeros estaban a rebosar, y la semana previa a la Navidad había sido inesperadamente fructífera. El buen corazón, aparentemente larvado durante el resto del año, parece despertar de su bostezante letargo en cuanto las luces de las calles se iluminan, los niños piden juguetes como si no existieran las comas y la megafonía de los grandes almacenes se empecina en inundar nuestras embotadas mentes con villancicos de nostalgia contrastada y gusto cuestionable. 

Un compañero de la calle poseía un smartphone -según él para comunicarse vía whatsapp, no me pregunten con quién- y se lo pedí para buscar un hotel. Por aquel entonces hacía mucho que no poseía una tarjeta visa, pero nunca está de más echar un vistazo a las críticas. En realidad esto no era más que una tontería, una costumbre inútil que se negaba a desaparecer, pues mi capacidad de selección era directamente proporcional a mi poder adquisitivo. Pero la ilusión de que aún podía elegir resultaba extrañamente reconfortante, como a ese condenado a muerte al que preguntan qué desea cenar la noche antes de la ejecución. ¿De cuántas maneras podemos engañarnos a nosotros mismos?

La recepción del hotel parecía la cubierta de un barco fantasma que hubiese navegado a la deriva durante siglos. Y si toqué la campanilla que se apoyaba sobre la polvorienta mesa fue para romper el encantamiento más que nada, pues la recepcionista tardó eones en materializarse, y no era una de esas bellezas que aparecen siempre en los halls de los hoteles para dar la bienvenida a Bond precisamente.  

La habitación no estaba mal. Una cama individual, una mesita, un lavabo… Sobre la mesilla de noche descansaba un cenicero de cristal de cuyo interior asomaban dos condones usados. Ah, ¿qué sería de los hoteles sin estas amenities?  Y sí, había televisión, como la recepcionista me había asegurado, pero era tan diminuta que hacían falta unos prismáticos para verla, y la habitación no era muy grande. Probé el aire acondicionado, que era el plato fuerte de mi fantasía, pero no funcionaba. Quién lo hubiera dicho. El cuarto de baño era de concepción minimalista. La bañera era tan estrecha que había que bañarse de lado. Si te sentabas en la taza no podías cerrar la puerta, y no podías cerrarla antes de sentarte porque el lavamanos -tan pequeño que había que lavarse las manos por separado, lo que desautorizaba el uso del plural- estaba delante de la puerta. 

Aquella noche me costó conciliar el sueño. El olor a pies en la habitación era espantoso. Las paredes eran tan delgadas que no es que se oyera todo lo que acontecía en las habitaciones adyacentes, es que incluso podía olerse. Una de aquellas camas chirriaba como si estuviesen ensayando sobre ella acrobacias circenses. Y se entrenaban en serio, a juzgar por la intensidad de los jadeos. La voz femenina era siempre la misma aunque, curiosamente, la del hombre cambiaba cada media hora. ¿Es posible que además de acróbata fuese ventrílocuo? 

Tras aquella noche toledana decidí quejarme enérgicamente a la dirección del hotel. La directora, que no era otra que la recepcionista, me aseguró que no me devolvería el importe de la semana que yo, tan cándidamente, había pagado por adelantado. Le exigí una solución de compromiso y me propuso alojarme en otra habitación, la única que le quedaba. Pero tendría que compartirla con otro huésped.

Aquel hoyuelo en la barbilla me recordó inmediatamente a Kirk Douglas, aunque no desprendía su carisma sino más bien cierto tufo a confesionario que daba algo de grima. Pero el aire acondicionado funcionaba, y el tipo al menos no roncaba. Algo es algo. Se empeñaba en cerrar los ojos y guardar silencio con las manos muy juntas cada vez que se proponía comer cualquier cosa, aunque fuese un donut, y una vez me preguntó si creía en Dios.

–Dime, ¿qué es para ti Dios, hijo mío?

–Cuando estoy durmiendo en la calle muerto de frío y sin nada que llevarme a la boca, cierro los ojos y ruego por que todo cambie… El tipo que me ignora, ése es Dios.

Se enfadó mucho cuando le di esa respuesta, como si no fuese lo que piensa la mayoría de la población, y a partir de entonces me apremiaba con acritud cada vez que entraba yo en el lavabo.

–¿Qué hago yo compartiendo un mísero aseo? ¿Cómo he podido terminar así? Yo, que he tenido para mi uso exclusivo cuatro cuartos de baño. ¡Cuatro!

Y yo me preguntaba para qué diablos quiere cuatro cuartos de baño alguien que vive solo, si no es porque sufre de incontinencia urinaria. Pero el tipo era un megalómano de cuidado, siempre hablando de palacios, cónclaves, sínodos, Pastores Supremos y cosas por el estilo. A veces se le iba la pinza y se ponía a perorar en latín, como aquella vez que irrumpió en el baño pensando que estaba solo y me encontró sentado en la taza mientras hojeaba una revista pornográfica. Se puso como loco. Yo no tengo ni idea de latín -aparte de fellatio cunnilingus; ah, sí, y quid pro quo pero por la algarabía que montó yo diría que no me estaba dorando la píldora precisamente. 

Aunque lo que me decidió a marcharme de allí, aún quedándome una noche pagada, fue algo de lo que me enteré al oír clandestinamente un fragmento de conversación entre dos huéspedes del hotel.  Aquel santurrón que parecía usar desodorante con olor a incienso había estado a punto de ir a la cárcel acusado de pornografía infantil y pedofilia, allá por el año 2019. Sí, ya ha llovido mucho desde entonces. Algún pez gordo movió los hilos para que los cargos quedaran en nada, pero el tipo del hoyuelo perdió todas sus prebendas. Y si hay algo que no soporto en este mundo es la hipocresía.

¿Cómo se llamaba? No logro recordarlo, pero sí recuerdo que una noche en la que había bebido más vino Don Simón de la cuenta –in vino veritas- me dijo su nombre, y yo me tomé la libertad de hacer una burda asociación de ideas con su nombre y el de un famoso actor porno, Rocco Siffredi, el semental italiano, lo que previsiblemente le sacó de quicio. No, no era Rocco, pero sonaba muy parecido… 

 

 

Jorge Romera

23 de febrero de 2015

 

 

San Valentín (la historia jamás contada)

Mucho antes de ser canonizado, San Valentín era simplemente Valentín, a secas. De pequeño había visto muchas películas de aventuras, de piratas, del Oeste e, inspirado por las gestas legendarias de todos aquellos intrépidos héroes, siempre soñó con ser valiente. Por eso empezaron a llamarle Valentín en su pueblo, por eso y porque nunca fue muy alto. 

Valentín era un muchacho enamoradizo, un romántico empedernido. Amante de la literatura, acostumbraba a dejar hermosas poesías en los bolsillos de las batas de sus compañeras de clase más bonitas, con un éxito descorazonadoramente nulo. Más tarde, su rostro picoteado por el acné, su ridícula estatura, su incipiente calvicie y su cuerpo birrioso lo relegaron al último puesto en la lista de los chicos más deseados del instituto. Es más, ni siquiera estaba en la lista. 

¿No fue Sigmund Freud quien dijo que estamos condicionados por nuestra fisiología? A la mierda con el viejo Sigmund, pensó Valentín en un arranque de desafío a la autoridad. Y cansado de ser ignorado hasta la náusea, Valentín decidió pasar a la acción.  Si Demóstenes, tartamudo desde su más tierna infancia, había logrado convertirse en el orador más aclamado de la Antigua Grecia por el método de intentar hablar introduciéndose piedras en la boca, él saldría de la invisibilidad social o moriría en el intento. 

Inspirado por la tenacidad del orador ateniense, Valentín se apuntó al gimnasio del pueblo, se rapó la cabeza al cero, leyó cientos de manuales sobre seducción, se aplicó todos los productos de uso tópico que encontró en la farmacia para combatir el acné, vio todas las películas de Jason Statham y se transformó en un nuevo hombre. Un tipo duro, un artista marcial, un guerrero, un Adonis, un semidiós. Sin embargo, las mujeres siguieron ignorándolo. 

“¿Por qué no me metí en política? Era feo, pequeño, birrioso, tenía todo lo necesario para triunfar. Las mujeres se habrían visto atraídas como mariposas nocturnas ante el brillo cegador del poder. Ahora ya es demasiado tarde”, meditaba taciturno Valentín.

Inmune al desaliento, decidió dar un giro copernicano a su gris y anodina vida. Empezó a leer libros sobre nigromancia, sobre alquimia, magia negra, ocultismo. Devoraba página tras página como si no hubiera un mañana, y una noche tuvo un sueño. En él Valentín aparecía postrado ante una gran vela votiva rodeada de pétalos de rosa, seiscientos sesenta y seis, para ser exactos. La gran vela tenía una sugestiva e inequívoca forma fálica, lo que denotaba que Valentín era romántico, pero solo hasta cierto punto. De repente, el silencio se vio rasgado por una voz tan profunda que sólo podía proceder del abismo del mal y, entonces, despertó.

A la mañana siguiente todo el pueblo hablaba de Valentín. Sobre su cabeza se mantenía, como levitando, un halo dorado. Se lanzaron hipótesis, burdas explicaciones de lo incomprensible. Algunos hablaron de que Valentín había consumido muchos suplementos de hierro en el pasado, lo que combinado con las fuerzas telúricas planetarias podría haber propiciado una especie de campo magnético que mantenía en el aire aquella especie de corona. Otros fantasearon con la idea de que Valentín estaba usando técnicas mentales ninja avanzadas, o tal vez algún arcano truco Jedai, pues era un apasionado de “La Guerra de las Galaxias”.  En cualquier caso, las mujeres, siempre tan sensibles ante lo extraordinario, caían rendidas a sus pies como si les hubieran tapado la boca con un paño impregnado en cloroformo. 

Los hombres hablaban con envidia de Valentín. Las mujeres suspiraban. Los más ancianos del lugar se rasgaban las vestiduras. Los perros ladraban al verlo pasar. Los niños, en fin, pedían consolas y vídeo juegos a sus padres. Sin embargo, Valentín no era tan feliz como todos creían, pues cuando estaba frente a una hermosa mujer en todo el esplendor de su desnudez era incapaz de consumar el acto amoroso (¡el acto!). El halo y la erección eran incompatibles. Podía tener una o la otra, pero no ambas cosas a la vez. ¿Tendría esto algo que ver con el principio de incertidumbre de Heisenberg? Y las mujeres son tan exigentes… Aquello  era un castigo digno de un mito griego. Se sentía como Tántalo. 

En los pactos con el Diablo, al igual que con la Patronal, con el banco, o con un partido político siempre, siempre hay que leer la letra pequeña. Y el Diablo se había burlado de Valentín (como la Patronal, los bancos o los partidos políticos). El humor de Valentín cambió dramáticamente. Se volvió más huraño y solitario. Daba largos paseos por los alrededores del pueblo en los que maldecía su estupidez. Hasta que un día una tormenta le sorprendió en una de sus caminatas y un rayo lo alcanzó fulminándolo. Tras su muerte hubo voces que hablaron de castigo divino. Otros, poseedores de una concepción del mundo más científica, vieron en el halo de Valentín un poderoso imán para la descarga eléctrica de un rayo. Pero fue el párroco del pueblo quien tuvo una mayor visión de futuro. Amigo de la infancia del director de unos grandes almacenes de la capital, vio en Valentín un verdadero filón para incrementar las ventas en un mes tan deslucido como febrero. El director de los grandes almacenes, que tenía línea directa con el Papa, expuso algunos argumentos de peso para la canonización de Valentín, cantos de sirena a los que el Santo Padre no pudo resistirse. Y así, Valentín, aquel romántico empedernido, fue catapultado a la posteridad santoral y el párroco del pueblo a las altas esferas cardenalicias, donde no faltaron palacios episcopales, suites con jacuzzi y masajes con final feliz. Como éste.  

 

 

Jorge Romera

5 de Febrero de 2015

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Ferrari

Con cincuenta años cumplidos, su encanto comenzó a marchitarse como un ramo de rosas abandonado en mitad del desierto por una novia despechada. Los chulazos de treinta y tantos, de cuerpos anabolizados y abdominales con tabletas de fantasía, habían empujado a Pedro al borde del precipicio de la invisibilidad cibersexual, si no se había estrellado ya en el fondo del abismo.

En la era de internet, el espíritu de los tiempos había cambiado hasta relegar al género masculino al papel de mera comparsa en el cortejo sexual. Los sitios de citas, las páginas de contactos, florecían como amapolas en un campo de trigo antes de la siega estival. Y en esa situación de proporciones globales, las mujeres se habían convertido en las reinas absolutas, diosas indiscutibles y todopoderosas del Valhalla cibersexual. 

Tipos poco agraciados que antaño podrían haber ligado en una discoteca de pueblo con un poco de suerte y mucha labia, se veían ignorados como si fuesen parias, verdaderos intocables de las páginas de contactos. Tras abrirse un perfil en cualquiera de aquellos sitios web, henchido su pecho por la ingenua ilusión del principiante, eran desterrados al limbo de los perdedores en menos tiempo del que tardaban en redactar “cuatro cosas sobre mí”. Con sus cutis cenicientos, sus papadas incipientes, sus bolsas bajo los ojos y sus caretos de pringao, eran carne de psiquiatra o de foros de puteros donde se daban ánimos en un patético quid pro quo, o intercambiaban bienintencionados consejos sobre esta o aquella mercenaria del amor. Corrían tiempos duros para los carrozones sin pasta. 

Desempleado, cincuentón, viviendo con su madre enferma, invisible en la red, Pedro decidió urdir una estrategia ganadora. Acababa de ver “El precio del poder” y aquel dirigible surcando el cielo nocturno de Florida con la célebre frase en letras de neón, The world is yours, reverberó en su retina durante días. El mundo es tuyo. Estudió sus posibilidades y se dijo a sí mismo que había que intentarlo. Invirtió todos sus ahorros en un buen traje, unos zapatos hechos a medida, una camisa que no pareciera comprada en el mercadillo que había los miércoles por la mañana cerca de su casa y un buen corte de pelo. Luego se dirigió al concesionario Ferrari de aquella ruidosa y post-olímpica ciudad y preguntó por el director.

–Estoy buscando trabajo.

–¿Tiene experiencia con la mecánica de estos motores?

–No, pero hablo inglés y trabajaré por la mitad del salario mínimo interprofesional.

Aquella era una oferta que un buen director difícilmente podría rechazar. La mitad del salario mínimo interprofesional. ¿Quién dijo que la esclavitud había sido abolida? Además, la mayoría de sus clientes eran rusos, chinos y árabes, una clientela muy selecta que no hablaba una palabra de castellano y con la que siempre tenía problemas de comunicación.  

En apenas un año se había ganado la confianza del director del concesionario, y con ella las llaves del taller. El mismo día que recibió aquellas llaves se abrió un perfil en bambú, una de las páginas de citas más rabiosamente calientes y populares de la red, y en el espacio destinado a informar sobre su profesión escribió “empresario”. 

Como por arte de magia su caché subió exponencialmente. De la noche a la mañana había pasado de ser un pobre diablo a un soltero de oro. Abreviando: su bandeja de correo se colapsó. Ah, ¿qué fue del romanticismo…? Las citas empezaron a sucederse sin solución de continuidad, una tras otra, como si en la vida no hubiese hecho otra cosa. Y su modus operandi era siempre el mismo: quedar con la belleza de turno en alguna terraza y llegar cinco minutos tarde con el último Ferrari reparado en el taller. El efecto era sencillamente demoledor. Las mujeres se desmayaban como Stendhal tras la contemplación de la Basílica de la Santa Croce en Florencia. Luego iban a cenar a un restaurante caro y él siempre se olvidaba la cartera en la guantera del Ferrari… Y tras una noche de placer -y no solo gastronómico- desaparecía sin dejar rastro. 

Pero aquella cita era diferente. Ella pareció ver en él algo especial, algo que ninguna otra parecía haber visto antes, y con esa sensación en la mente estuvo a punto de acudir a pie. Los hábitos, sin embargo, terminan por convertirse en cadenas de hierro que nos esclavizan, y al final no pudo vencer la tentación de presentarse al volante del último Ferrari, sus 900 caballos rugiendo como dragones de cuento. Ya lo dijo Oscar Wilde, la mejor manera de vencer la tentación es caer en ella. 

Ella estaba soberbia, tan deslumbrante que el Ferrari pasó desapercibido para la concurrencia, eclipsado por aquella belleza sobrenatural. Y en la mesa ella demostró un apetito insaciable que denotaba cierta inclinación por los placeres mundanos. Solo de pensarlo notó un tirón allá abajo, una promesa de lujuria que provocó que su boca se inundara de saliva y la sangre fluyera hacia lugares predecibles de su anatomía. Tras la opípara cena ella se disculpó, se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Sí, quizá se había pasado un poco con la langosta. Él sintió la irresistible e inequívoca sensación del placer anticipatorio y se dejó llevar por ella, hipnotizado por el pensamiento de lo que vendría a continuación. El camarero, impecable durante toda la cena, se acercó a la mesa y le entregó una nota:

Ha sido una velada maravillosa y tú eres un hombre tan interesante… Pero odio los Ferrari, me recuerdan demasiado a mi ex-marido, en especial si tienen exactamente la misma matrícula que el suyo…

Pedro miró al camarero y esbozó una sonrisa:

–¿Dónde está la cocina?

 

 

 

Jorge Romera 

22 de enero de 2015

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El narcisista y el espejo

El otro día estaba vagabundeando por una librería, observando si había algún sillón donde poder sentarme y leer un rato sin pasar por caja mientras la lluvia teñía de gris la mañana, cuando me tropecé con la siguiente cita en un libro de autoayuda:

“Me gustaría ser una mujer para poder ser besada por unos labios tan bonitos como los míos”.    Un narcisista a su novia

Un poco molesto conmigo mismo porque a alguien antes que a mí se le hubiera ocurrido una frase tan brillante (después de todo, no debo ser tan narcisista como creía), estuve dándole vueltas al concepto de narcisismo en mi cada día más dispersa psique, y así, poco a poco, fue surgiendo el siguiente relato. Los caminos de la inspiración son inescrutables.

George era un hombre guapo y lo sabía. Más aún, sabía que el resto del mundo lo sabía, y eso le hacía sentirse dichoso. Incluso sospechaba que el resto del mundo sabía que él lo sabía, lo que aumentaba su felicidad exponencialmente. Para no morir de felicidad, decidió detener el análisis lógico en ese punto pues las regresiones infinitas le producían dolor de cabeza desde que era un niño.

George reunía en su persona todos los síntomas del narcisista clásico: acudía al gimnasio todos los días, vigilaba su dieta con mano de hierro, tomaba levadura de cerveza por las mañanas – sin olvidarse jamás del germen de trigo-, mimaba su bonito pelo ondulado como si fuese su hijo más querido, ingería a diario megadosis de vitaminas y minerales antioxidantes, consideraba a los cirujanos plásticos como los representantes de Dios en la Tierra y se miraba en todas las superficies reflectantes, lunas de coche y escaparates que se cruzaran en su camino, incluyendo las gafas de espejo de los policías uniformados. Y aunque frecuentaba las discotecas y los bares de copas, nunca lo hubiera hecho para seducir; le bastaba con sentirse deseado. Todo lo cual se puede resumir en una sentencia: George se miraba más a sí mismo que al resto del mundo. O si se prefiere, el mundo era sólo una excusa para contemplarse a través de él.

Había, sin embargo, una circunstancia en la que George no se sentía feliz y dichoso contemplándose a sí mismo, y era cuando se veía en el rostro de John, su hermano gemelo. Qué irónico. Alguien tan indescriptiblemente hermoso como él se veía obligado a compartir el mundo con su hermano gemelo. Joder. ¿Cuál era la probabilidad de ese suceso? ¿Y acaso no habían llegado a un acuerdo? John se quedaría en Inglaterra y él emigraría a Estados Unidos. Pero no, el estúpido de John tuvo que seguir sus pasos. Siempre lo mismo. Desde pequeños, John había ido a la zaga de George, mayor que aquél por un par de minutos, y aquellos ciento veinte segundos acabaron convirtiéndose en una auténtica losa, un peso digno de los hombros de Atlas.

Sólo había un hecho que mitigase aquel odio, un detalle insignificante que lograra aplacar la bíblica ira de George: su hermano gemelo era ciego. Otra ironía de la vida, por una vez, justa. Siendo tan hermoso, nunca lo sabría. Jamás podría experimentar la inconcebible dicha de ver su rostro reflejado en un espejo. Delicioso.

Pero un día todo cambió. El azar, esa fuerza oscura e inesperada, se presentó en la forma de una compañera de oficina de George. Aquella estúpida mecanógrafa lo había confundido con su hermano. “Te saludé el sábado por la tarde en Central Park y ni siquiera me miraste. Eres un desconsiderado, George”. ¿Qué sería lo próximo? ¿Su hermano John recibiendo felicitaciones por ser nombrado el hombre más sexy del planeta? Aquello tenía que terminar.

Aquel fin de semana los hermanos alquilaron un coche y se dirigieron hacia una región boscosa que se extendía al oeste de Vermont. Había sido idea de George. Caminar sobre las hojas muertas, escuchar el rumor milenario del agua corriendo por arroyos y ríos, respirar el aire transparente de los bosques. John objetó que era temporada de caza, pero George acalló sus temores apelando a las chaquetas reflectantes que habían comprado como medida de precaución. 

Dieron un largo paseo, John siempre cogido del brazo de George, confiado, el crepitar de las hojas secas bajo sus pies, el susurro del viento meciendo las ramas más altas de los abetos. George le pidió que le prestase sus gafas oscuras y esperase allí un momento, había visto algo moviéndose entre la espesura pero el sol del mediodía no le dejaba ver bien de qué se trataba. Tras dejar a su hermano junto al tronco de un cedro se acercó al lugar en el que semanas antes había enterrado una Beretta Urika 2 comprada en el mercado negro por un precio que le pareció irrisorio. Desenterró la escopeta, que ya estaba cargada, la sacó de la bolsa de plástico y apuntó a la cara de su hermano. Fue la última vez que vio su propio rostro en otra persona. Luego disparó. 

Nunca encontraron el arma. ¿Fue un accidente de caza? ¿Un cazador despistado que se dio a la fuga? George, ahora John tras ponerse sus gafas oscuras y usurpar la identidad de su hermano, quedó inmediatamente fuera de toda sospecha. ¿Qué ciego podría disparar a la cara de alguien a una distancia de treinta metros y acertar de pleno?

John, antes George, se fue a vivir a casa de su difunto hermano. Falsificar la firma no fue ningún problema para él, y después de cobrar el dinero del seguro y aguardar un tiempo prudencial, emigraría a algún país extranjero, tal vez Australia, donde poder comenzar de nuevo, por fin liberado. Tuvo que reconocer la espantosa falta de gusto de su hermano a la hora de decorar la casa, ¿pero qué se puede esperar de un invidente? Aunque con un par de detalles aquí y allá la casa sería de nuevo habitable.

El inspector de policía que llevó el caso de aquella muerte, un entusiasta de las novelas de Arthur Conan Doyle,  tenía que realizar un reconocimiento cerca de allí y pensó que era mejor llevársela en persona que volver a citarlo en comisaría. Ya era demasiado duro para un hombre ser ciego y perder a la única familia que tenía en el mundo de una forma tan horrible. El día que George, ahora John, fue a firmar todo el papeleo que genera una muerte así se dejó la pluma sobre una de las mesas de la comisaría. Al inspector no le pasó por alto que un ciego tuviese una pluma tan ostentosa, aunque seguramente se tratara de un regalo.

Encontró la puerta del edificio abierta, pues otro inquilino estaba saliendo en ese momento y subió en el ascensor pensando en cómo sería su vida sin el sentido de la vista. Hizo sonar el timbre e inspiró. La puerta se abrió. Volvió a ver aquel tipo de indescriptible belleza que había tenido la desgracia de quedarse ciego y no se le escapó la ironía. Sin embargo, hubo algo que le pareció todavía más paradójico: todas las luces de la casa parecían estar encendidas. Más aún… ¿qué diablos hacían en la casa de un ciego todos aquellos espejos?

 

 

Jorge Romera Pino

12 de Enero de 2015

“ASQUEROSAMENTE SANO”, la novela

selfie 199Entro en el ascensor y me miro en el espejo. ¿A quién se le ocurrió la gran idea de poner espejos en los ascensores? A un narcisista, eso te lo digo gratis. Es tan deprimente el rollito espejo, a no ser que seas un chulazo de calendario, un Aznar, gente así… Voy a mirarme los abdominales cuando entra un tipo justo en el último momento, qué oportuno.

El tipo lleva un libro en la mano y se pone a leerlo en cuanto se cierran las puertas del ascensor. Debe de estar preparando un examen para ese Máster en Gilipollez al que se apuntó porque su mujer quiere que progrese en la vida, comprarse un apartamento en la costa como su cuñada, vestirse en Brioni por el puro placer de pagar más, conducir un deportivo como cualquier camello de extrarradio, salir en el google en la primera búsqueda, joder… 

Convencido de que el patán está memorizando alguna estupidez, y simplemente con ánimo de molestar, le pregunto de qué va la cosa:

–¿Qué? ¿Aprovechando el último minuto antes del examen? ¿Ya no se estila lo de las chuletas?

–¿Examen? ¿Qué examen?

–Oye, no quiero que pierdas la concentración, a lo mejor estabas memorizando la raíz cuadrada de 25. Duro con ello– levanto el pulgar para insuflarle un poco de ánimo– lo tienes en el bote. 

–¿Qué examen ni que niño muerto? Soy abogado.

–Oh, my God! Abogado… ¿En serio? Impresionante– pongo los ojos en blanco y hasta finjo una lipotimia –¿Y qué estás leyendo con tanto interés, el “Código Civil”, el catálogo de El Corte Inglés?

El tipo cabecea, su cuello bovino chirriando por el esfuerzo pues tiene una cabeza de tamaño considerable. 

–Es una novela.

–Histórica, supongo…

–Pues no.

Y ahora sí que estoy alucinando de verdad. Una novela no-histórica, nada menos, in Spain!

–Pero eso no es… ¿ilegal? Una novela no histórica publicada en este país es como… no sé… ¿que los norteamericanos no se echen la mano al pecho y se pongan a derramar lágrimas en cuanto suenan los primeros acordes del himno nacional? Me he quedado sin palabras. ¿Y de qué va?

–De un joven que a los veintidós años tiene un cruce de cables y se hace vegetariano, corredor de fondo, estudiante de filosofía y célibe, cuando estaba en la flor de la vida.  Y el tipo era un mujeriego de la hostia. En fin, una epifanía. 

–Una epifanía… ¿Y ya está? 

–El tipo se pega más de veinte años sin echar un polvo, sufre un accidente de tráfico y experimenta otra epifanía.

–Joder, para que la gente no crea luego en los Reyes Magos…–vale, no puedo evitar hacer un chiste.

–El tío está hecho un neurótico de manual, lleno de fobias, atiborrado de lecturas, escuálido, tímido como un ratón, un marginal, un pobre diablo, un paria social.Y de repente quiere volver al  mundo de las relaciones, conocer mujeres. Flipante.

–Qué argumento tan rebuscado, ¿no? 

–Pero lo mejor viene ahora: está basado en una historia real. Después de tres años intentando superar sus fobias devorando libros de autoayuda como si fuese Don Quijote leyendo libros de caballerías, el tipo se mete en internet y se crea un perfil en varias páginas de contactos. 

–¿Y triunfa?–  cómo no preguntarlo, me tiene embelesado.

–Oye… ¿Por qué no te compras la novela?– Pero ya hemos llegado a su piso. Es entonces cuando me muestra la portada. Le cojo el libro, lo abro por la primera página, saco mi pluma de juguete y le firmo una dedicatoria: “A Tontoelculo, un fisonomista nato, con cariño”. Y se lo entrego con una sonrisa.

–Deberías mirar la solapa. Hay una foto del autor– le aconsejo mientras sale del ascensor. Pero el muy ególatra ni siquiera lee lo que le he puesto, está demasiado ocupado en hablar de sí mismo para haberse dado cuenta de que tiene al autor de esa joya de la literatura delante de sus narices. Es entonces cuando me dice que además de abogado es productor cinematográfico y que está pensando muy seriamente en comprar los derechos para una adaptación al cine. Y un segundo después… se cierran las puertas del ascensor.

 

Jorge Romera

23 de noviembre de 2014

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PORTADA LIBRO

Mi viejo Daewoo

La vida está llena de sucesos inexorables: el envejecimiento, la enfermedad, la muerte… tener que pasar la ITV. Como cada año, la cita con la inspección técnica de vehículos llamó a mi puerta como la vieja y oscura Parca con su afilada, letal y gastada guadaña. Llamé por teléfono para pedir día y hora, intentando retrasar aquel lance lo máximo posible, pero al final todo llega. 

Mi viejo Daewoo y yo nos dirigimos hacia allí aquella mañana con el ánimo del soldado que sabe que no regresará de la batalla. “Si muero, llévale esta carta a mi mujer, dile que la quiero, que siempre la querré…”. No falla, en todas las pelis en que uno de los personajes dice algo así, ineluctablemente, como el día sucede a la noche, la caga. 

Las señoritas de recepción parecían tan amigables y cordiales que podrían oscurecer el buen ánimo del único acertante del euromillón, apagar las velas de una tarta de cumpleaños sin necesidad de soplar, o romper en mil pedazos un espejo con sólo mirarse en él. 

–¿De quién es ese coche?– interrogó con cara de asco una de las recepcionistas, la antipatía rezumando por cada poro de su piel, como si en lugar de mi poderoso Daewoo hubiese aparcado allí un carrito del súper lleno de chatarra.

–Es mío, ¿no le gusta el color?– respondí yo intentando hacerme el gracioso. 

–Retírelo ahora mismo de ahí o tendrán que llevárselo– ordenó imperativamente la señorita de la cara de asco disfrutando de cada segundo de su diminuta parcela de poder. 

Solícito como un lacayo de librea, salté a los mandos de mi Daewoo para ponerme en la fila que me habían señalado perdiendo así varios puestos en la cola. Pero no importa, a mandar, la ITV es cosa seria. Después de pagar los 40 euros preceptivos, una parte de los cuales iría a engrosar las arcas de algún político corrupto (esto último, ¿no es un pleonasmo?), esperé a que me llamaran. Un silbido del primer mecánico y allá vamos. Y hoy nada de “¿Es a mí? ¿Estás hablando conmigo?”. Dejaremos las imitaciones de Robert de Niro para otra ocasión.

Los operarios de la ITV son como agentes de la autoridad, y uno les debe respeto y temor reverencial, un poco como al temible Dios del Antiguo Testamento. Ellos ordenan y yo obedezco. Una tontería, un desliz, un quítame allá esas pajas… y eres carne de cañón. Y si tu coche no pasa la ITV…, entonces no queda más remedio que ir al otro mecánico. Y ése… ése sí que da miedo. Con su capucha de verdugo medieval y su enorme hacha a punto de caer sobre tu mísera cuenta corriente de parado de larga duración, el mecánico de taller es el nuevo hombre del saco, la Santa Inquisición, la Gestapo… todo junto. Cuarenta euros la hora de mano de obra sin IVA es como para pensárselo a la hora de tontear con los chicos de la ITV. Poca broma.

La cosa va bien, hasta que en la segunda prueba el operario mete la mano en mi salpicadero para coger la ficha técnica y en lugar de ese importante documento agarra algo que no debería estar allí, pero soy tan desordenado…

–¿Qué cojones es esto?– pregunta mirando lo que tiene en la mano. 

–Una caja de condones vacía. Son suecos, en la etiqueta dicen que son irrompibles…– contesto yo, que no puedo evitar hacer un chiste ni en un funeral.

La cara que pone el operario no augura un final feliz y le cuento una anécdota para quitarle hierro al asunto. Cómo mi sobrino, el pequeño Gabi, se puso a estudiar un par de semanas atrás la misma caja que tiene ahora el operario en las manos y me acribilló a preguntas:

–¿Qué es esto, tito?– inquiere mi sobrino con voz infantil.

–Una caja de profilácticos– contesto yo en tono didáctico.

–¿Qué dices? Venga, tito, no me seas tan técnico…

–Ya tienes nueve años, chaval. No me vaciles. Es una caja de condones.

–¿Y qué esto que tiene en la punta?– el chaval está estudiando el dibujo de la caja como si fuesen a preguntárselo en el examen final.

–¿A ti qué te parece? ¿Lo flipas o qué? Eso de la punta es el depósito, hombre.

–¿Y para qué sirve?– el chaval es inmune al desaliento.

–Vale, si lo prefieres te dibujo unos diagramas y unas flechas a ver si lo pillas. El de-pó-si-to…

–¿Pero para qué es, tito? ¿Es por si se te escapa un poco de pipi mientras lo estás haciendo con tu novia?

Mi sobrinillo Gabi…, es un cabroncete de mucho cuidado. Pero conseguí despertar la hilaridad del operario… Prueba superada. Y las demás, bueno, fueron sucediéndose una tras otra hasta llegar al final. Y cuando quise darme cuenta, una mano curtida y generosa estaba ya pegando en el interior del parabrisas el adhesivo que le otorgaba a mi viejo Daewoo un año más de vida, el preciado salvoconducto que me permitiría circular con el beneplácito de los agentes de la ley y el orden… Ni siquiera recordaba desde cuándo no pasaba la ITV a la primera. Acababa de ahorrarme un pastizal en el taller más cercano. Me sentí eufórico, henchido de júbilo y éxtasis, un hombre renacido. Sí, amigos, a  veces la vida también puede ser hermosa.

Metí la primera, puse el intermitente y salí de allí. Hasta el año que viene. Dicen que el amor es ciego. ¿Y acaso el júbilo, la euforia y el éxtasis no son un estado de conciencia parecido al amor? Supongo que por eso no vi el camión que me embistió por la izquierda… 

 

Jorge Romera

30 de octubre de 2014

 

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Aire acondicionado

Cuando llegué al tanatorio con mi madre ya tenía ganas de volverme a casa. Y es un lugar acogedor, no crean. En la entrada incluso hay coronas de flores con los escudos del Barcelona, el Español y el Real Madrid para esos difuntos para los cuales el fútbol era algo más que una pasión. Son detalles que me enternecen, que me empujan a meditar sobre la materia de la que estamos hechos.

El finado, un nonagenario vecino de la escalera, estaba en un féretro colocado en una sala adyacente, y mientras los familiares departían sobre el siempre emocionante comienzo de la liga, yo opté por dedicarle unos minutos al verdadero protagonista. 

Se estaba bien allí, el sofocante calor apartado momentáneamente gracias a la tecnología. ¿Qué sería del verano sin aire acondicionado? Sí, lo sé, la industria de los desodorantes todavía obtendría mayores beneficios. Una lástima.

De pie, frente al difunto, no pude evitar pensamientos graves, profundos, realmente trascendentes. Algunas de las preguntas fundamentales que me empujaron a matricularme en Filosofía se colaron en mi embotado cerebro como polizones en un barco. Luego fueron descartadas, echadas al océano de la basura mental, sí, como polizones pillados in fraganti. Ah, las preguntas fundamentales… Supongo que por eso abandoné la carrera. De todos los tipos de onanismo, el mental es el menos satisfactorio…

Así que ahí estábamos, el difunto y yo, sólo separados por un cristal. El placer del aire acondicionado me llevó a pensar que, quizá, en la zona en la que estaba el féretro el aire debía de ser más fuerte, por una pura cuestión de higiene sanitaria. Ese pensamiento pareció quedar en estado latente, flotando en esa especie de limbo al que van a parar esos impulsos eléctricos que son nuestras más tontas ideas hasta que, durante un ocioso examen de la indumentaria del difunto, me pareció percibir algo que sobresalía del bolsillo superior de su traje. Me acuclillé, agucé la vista y…, no había duda, aquello era un billete de 500 euros.

Sin duda la potencia del aire acondicionado había provocado, merced a cuestiones físicas susceptibles de ser traducidas a sesudas ecuaciones, un movimiento lateral del billete hasta sobresalir del bolsillo. Quizá el finado lo guardó en aquel traje, lejos de los ojos de Argos de su esposa, a la espera de una ocasión propicia para gastarlo, quién sabe en qué, eh, viejo tunante… Pero allí estaba, esperando a que alguien con verdaderas necesidades le echara el guante. Después de todo a él ya no iba a hacerle ninguna falta, y el mito de las monedas para Caronte, el barquero de la laguna Estigia, estaba un poco desfasado. ¿Me siguen?

Intenté abrir la puerta de la sala donde estaba el féretro, pero estaba cerrada con llave. ¿Qué podía hacer? Pensándolo ahora me avergüenzo de mi proceder, pero supongo que fue el calor. No lo sé, a veces hacemos cosas que ni siquiera imaginamos que haríamos jamás.

-¡El difunto! ¡Acaba de moverse!- me oí gritar.

Los hijos del finado entraron como en tromba, su viuda se desmayó. Gritos, pisotones, carreras, exabruptos. Exclamaciones de “¡Milagro” y “¡Aleluya!” sonaron por todo el tanatorio como el eco de una salva de cañonazos.

Llegó el encargado con las llaves. Enfermeros con desfribiladores apartaron al respetable. Allegados de otros difuntos se agolpaban en la puerta de la sala. Helicópteros de la televisión local sobrevolaban la zona. Me introduje como pude en el interior de la habitación y, con la rapidez de un camaleón atrapando una mosca, me hice con el billete.

Mi corazón palpitaba, mis manos eran un torrente de sudor, verdaderas cataratas del Niágara convertidas en fluidos corporales. Salí a la terraza, ahora vacía de gente. Respiré hondo y me sentí como Dios, un lugar apropiado para ello. Entonces desarrugué el billete y ahí estaba: 500 eurazos contantes y sonantes. Y en el reverso podía leerse: “Imprenta Bermúdez. Fotocopias láser, flyers, serigrafía. Precios anticrisis”.

 

Jorge Romera

7 de Octubre de 2014

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Quien tiene un amigo tiene un tesoro

Quien tiene un amigo tiene un tesoro, o eso dicen. A mí estas perlas de sabiduría popular siempre me han parecido una majadería. A quien madruga Dios le ayuda. No por mucho madrugar amanece más temprano. ¿En qué quedamos? 

Ahí estaba yo, en aquel bar inmundo sin saber muy bien qué estaba haciendo en él. Benditos bares, dicen los de Coca-Cola. Venga ya. 

-¿Puedo sentarme?- preguntó un tipo bajito y calvo.

-Estamos en un país libre- siempre había querido decir esa frase, a fuerza de escucharla en las pelis americanas, aunque aquí, en Spain is different, no resultaba tan cantarina.

-¿Buscas compañía?- volvió a interrogarme el desconocido.

-Femenina, principalmente, pero todavía puedo hablar con un hombre.

-No, tranquilo, es que tu cara me resulta familiar. 

Resultó que habíamos crecido en el mismo barrio. El tipo era un par de años más joven que yo y quizá por eso nunca reparé en él, cosas de juventud. Comenzamos a evocar recuerdos en tonos sepia: cómo había cambiado todo, nuestros grupos musicales favoritos de aquella época… Hasta habíamos compartido amores platónicos de la gran pantalla. Le confesé aquel oscuro episodio con Ágata Lys, la deslumbrante Ágata. Yo estaba viendo una de aquellas películas llamadas “de destape” en el anfiteatro de un cine de nuestro barrio, ahora convertido en un Mercarroña. Siempre iba al anfiteatro porque era más barato que una butaca de platea. Además, desde arriba las pelis se veían mejor. Me encontraba solo, en primera fila, con la exuberante Ágata en la pantalla. Yo tenía diecisiete años a la sazón y, bueno, mi sistema hormonal debía funcionar como la turbina de un Boeing 747, porque en un momento dado de la proyección me bajé los pantalones y me dejé llevar por la visión de aquellas turgentes redondeces. Ni siquiera pensé que allá abajo, en la platea, podría haber alguien. Ah, la inconsciencia de la juventud. Y mira por dónde, Julián, que así se llamaba el tipo calvo y bajito, vio esa misma peli. Y acostumbraba a comprar butacas de platea, el muy clasista… ¿Estaría allí aquella tarde? A lo mejor fue él quien puso de moda el uso de gomina en el barrio… Jajaja. No podía dejar de reírme ante aquella idea. 

-Oye, Julián, ¿tú antes de quedarte calvo usabas gomina?

-Pues sí, ¿por qué lo preguntas?

-Por nada, pura curiosidad.

-¿Qué te hace tanta gracia?

Aquello me enterneció y le di cancha, olvidando mis intenciones predatorias iniciales, un golpe de suerte para las mujeres que empezaban a pulular por allí. Resultó que Julián trabajaba en el Tesoro. 

-¿Estás de coña? ¿Dónde hacen los billetes?

Bueno, yo no acostumbro a beber nada aparte de leche de soja y zumo de zanahoria, pero aquella noche hice una excepción. Ahora entiendo lo de bebedor social. 

-La verdad es que no sería imposible hacerse con un kilo.

-¿Un millón de euros? Has bebido demasiado…

-Soy yo quien lleva el registro. ¿No lo pillas? Cuando descubrieran el pastel ya estaríamos en las Bahamas. O en las Caimán…

-No, ahí no. Demasiados políticos, y aún no se ha inventado un antihistamínico eficaz contra ellos.

Urdimos el golpe allí mismo, con servilletas de papel manchadas de cerveza. Mal momento para empezar a beber alcohol. Dibujamos diagramas, trazamos flechas, ideamos contraseñas… El resto es historia, hasta salió en la prensa. Los billetes que logramos sacar estaban impresos por una sola cara, pero nos trincaron igualmente, en el puto aeropuerto. Y ahora compartimos celda. Bueno, al menos yo duermo en la litera de arriba.

 

En agradecimiento a Inma por la concesión del “Premio al mejor blog amigo”.

Jorge Romera

6 de septiembre de 2014

 

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