Ferrari

Con cincuenta años cumplidos, su encanto comenzó a marchitarse como un ramo de rosas abandonado en mitad del desierto por una novia despechada. Los chulazos de treinta y tantos, de cuerpos anabolizados y abdominales con tabletas de fantasía, habían empujado a Pedro al borde del precipicio de la invisibilidad cibersexual, si no se había estrellado ya en el fondo del abismo.

En la era de internet, el espíritu de los tiempos había cambiado hasta relegar al género masculino al papel de mera comparsa en el cortejo sexual. Los sitios de citas, las páginas de contactos, florecían como amapolas en un campo de trigo antes de la siega estival. Y en esa situación de proporciones globales, las mujeres se habían convertido en las reinas absolutas, diosas indiscutibles y todopoderosas del Valhalla cibersexual. 

Tipos poco agraciados que antaño podrían haber ligado en una discoteca de pueblo con un poco de suerte y mucha labia, se veían ignorados como si fuesen parias, verdaderos intocables de las páginas de contactos. Tras abrirse un perfil en cualquiera de aquellos sitios web, henchido su pecho por la ingenua ilusión del principiante, eran desterrados al limbo de los perdedores en menos tiempo del que tardaban en redactar “cuatro cosas sobre mí”. Con sus cutis cenicientos, sus papadas incipientes, sus bolsas bajo los ojos y sus caretos de pringao, eran carne de psiquiatra o de foros de puteros donde se daban ánimos en un patético quid pro quo, o intercambiaban bienintencionados consejos sobre esta o aquella mercenaria del amor. Corrían tiempos duros para los carrozones sin pasta. 

Desempleado, cincuentón, viviendo con su madre enferma, invisible en la red, Pedro decidió urdir una estrategia ganadora. Acababa de ver “El precio del poder” y aquel dirigible surcando el cielo nocturno de Florida con la célebre frase en letras de neón, The world is yours, reverberó en su retina durante días. El mundo es tuyo. Estudió sus posibilidades y se dijo a sí mismo que había que intentarlo. Invirtió todos sus ahorros en un buen traje, unos zapatos hechos a medida, una camisa que no pareciera comprada en el mercadillo que había los miércoles por la mañana cerca de su casa y un buen corte de pelo. Luego se dirigió al concesionario Ferrari de aquella ruidosa y post-olímpica ciudad y preguntó por el director.

–Estoy buscando trabajo.

–¿Tiene experiencia con la mecánica de estos motores?

–No, pero hablo inglés y trabajaré por la mitad del salario mínimo interprofesional.

Aquella era una oferta que un buen director difícilmente podría rechazar. La mitad del salario mínimo interprofesional. ¿Quién dijo que la esclavitud había sido abolida? Además, la mayoría de sus clientes eran rusos, chinos y árabes, una clientela muy selecta que no hablaba una palabra de castellano y con la que siempre tenía problemas de comunicación.  

En apenas un año se había ganado la confianza del director del concesionario, y con ella las llaves del taller. El mismo día que recibió aquellas llaves se abrió un perfil en bambú, una de las páginas de citas más rabiosamente calientes y populares de la red, y en el espacio destinado a informar sobre su profesión escribió “empresario”. 

Como por arte de magia su caché subió exponencialmente. De la noche a la mañana había pasado de ser un pobre diablo a un soltero de oro. Abreviando: su bandeja de correo se colapsó. Ah, ¿qué fue del romanticismo…? Las citas empezaron a sucederse sin solución de continuidad, una tras otra, como si en la vida no hubiese hecho otra cosa. Y su modus operandi era siempre el mismo: quedar con la belleza de turno en alguna terraza y llegar cinco minutos tarde con el último Ferrari reparado en el taller. El efecto era sencillamente demoledor. Las mujeres se desmayaban como Stendhal tras la contemplación de la Basílica de la Santa Croce en Florencia. Luego iban a cenar a un restaurante caro y él siempre se olvidaba la cartera en la guantera del Ferrari… Y tras una noche de placer -y no solo gastronómico- desaparecía sin dejar rastro. 

Pero aquella cita era diferente. Ella pareció ver en él algo especial, algo que ninguna otra parecía haber visto antes, y con esa sensación en la mente estuvo a punto de acudir a pie. Los hábitos, sin embargo, terminan por convertirse en cadenas de hierro que nos esclavizan, y al final no pudo vencer la tentación de presentarse al volante del último Ferrari, sus 900 caballos rugiendo como dragones de cuento. Ya lo dijo Oscar Wilde, la mejor manera de vencer la tentación es caer en ella. 

Ella estaba soberbia, tan deslumbrante que el Ferrari pasó desapercibido para la concurrencia, eclipsado por aquella belleza sobrenatural. Y en la mesa ella demostró un apetito insaciable que denotaba cierta inclinación por los placeres mundanos. Solo de pensarlo notó un tirón allá abajo, una promesa de lujuria que provocó que su boca se inundara de saliva y la sangre fluyera hacia lugares predecibles de su anatomía. Tras la opípara cena ella se disculpó, se levantó de la mesa y se dirigió al baño. Sí, quizá se había pasado un poco con la langosta. Él sintió la irresistible e inequívoca sensación del placer anticipatorio y se dejó llevar por ella, hipnotizado por el pensamiento de lo que vendría a continuación. El camarero, impecable durante toda la cena, se acercó a la mesa y le entregó una nota:

Ha sido una velada maravillosa y tú eres un hombre tan interesante… Pero odio los Ferrari, me recuerdan demasiado a mi ex-marido, en especial si tienen exactamente la misma matrícula que el suyo…

Pedro miró al camarero y esbozó una sonrisa:

–¿Dónde está la cocina?

 

 

 

Jorge Romera 

22 de enero de 2015

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Dientes

“Tienes los dientes feos”, le dijo la mujer que acababa de romper su relación con él, “no es que eso haya sido determinante, pero quería que lo supieras”.

 Al llegar a casa una fuerza invencible le arrastró hasta el cuarto de baño, se miró en el espejo y sonrió. De acuerdo, no era la sonrisa de Tom Cruise, ni siquiera la de Simon Baker dejando caer que ha hecho una de las suyas en la serie “El Mentalista”, pero por Dios, eran sus dientes de toda la vida. Y nunca había tenido ningún problema con ellos. ¿O sí? Un momento, aquella chica de Mallorca, ¿cómo se llamaba? Sí, Estrella. Había tenido una primera cita con ella cuatro años atrás tras conocerse en una página de contactos. Tuvo que coger un avión desde Barcelona y sobrevolar el Mediterráneo invadido por esa mezcla de duda y placer anticipatorio para conocerla en persona. Ella no dejó de vanagloriarse en todo momento de su dentadura perfecta como la pieza clave de su tesis según la cual su vida y su visión del mundo eran científica y teológicamente superiores, al mismo tiempo que atacó frontalmente la dentadura de él como síntoma de un sistema filosófico erróneo y trasnochado. Todo lo cual, dicho sea de paso, no fue óbice para la locura de sexo y lujuria que se desató en las tres noches siguientes.

Pero de aquello hacía ya cuatro años. Estaba olvidado, bien doblado y metido en un cajoncito remoto de su memoria. O no. Y ahora aquello. Lo cierto es que empezó a no sonreír cuando se cruzaba con algún conocido por la calle, y al cabo de unas semanas ya apenas hablaba con nadie. Se dijo a sí mismo, para lo cual no tenía que mover la boca, que había que buscar una salida al problema. En la clínica odontológica que inundaba de publicidad su buzón le dijeron que con unos treinta mil euros -precios anticrisis- aquello tenía fácil solución. Estaba claro que su concepto de la expresión “fácil” no coincidía exactamente con el suyo. 

Semanas después, leyendo un artículo sobre ventriloquia, descubrió que podía hablar sin mover los labios. Entusiasmado, empezó a ensayar delante del espejo y al cabo de unos días ya dominaba la técnica. Rebosante de valentía y optimismo, acudió a una primera cita con una chica que había conocido a través de Internet con su mejor traje. “Voy un momento al baño a empolvarme la nariz”, susurró ella mientras esperaban a que el camarero les llevase un gintonic para ella y un vaso de leche para él. Pero ya no volvió. Desmoralizado, miró a su muñeco. Lo había comprado a buen precio en una tienda dedicada a la magia, y sin duda era un muñeco excelente. Incluso le había cogido cariño en aquellas semanas previas, repletas de errores y pequeños éxitos en aquel difícil arte. 

Pero era un hombre tenaz y acudió a todas las citas que siguieron a aquélla con su muñeco. Todos aquellos encuentros, huelga decirlo, fueron un estrepitoso fracaso. Las chicas se excusaban para ir al baño, o para pedir un azucarillo más al camarero, o recibían inesperados mensajes en sus odiosos whatsapp y luego desaparecían como si se las hubiese tragado la tierra. 

No era un hombre que tirase fácilmente la toalla, pero se dijo a sí mismo que la próxima sería su última cita. Vistió a Flaneto, que así había bautizado cariñosamente a su muñeco, con un bonito traje de marinero y acudió a aquel café con el corazón encogido de quien intuye su final. Se sentó a una de las mesas de la terraza mientras los nubarrones del cielo amenazaban tormenta, y esperó. Diez, quince minutos. Y cuando estaba a punto de levantarse para irse de allí, vio llegar a una mujer joven que le saludó con la mano. En uno de sus brazos llevaba cogida una muñeca.

 

Jorge Romera

Barcelona, 23 de septiembre de 2013