Memorias de África

Nunca había estado en aquel banco, pero el cajero de la sucursal de su barrio le confesó en tono profesional, e incluso didáctico, que allí no podían suministrar semejantes sumas en el acto. Así que volvió a su casa, vistió a su madre, subieron al maltrecho Daewoo y se dirigieron a la central.

Tuvo suerte con el aparcamiento, si se le puede llamar tener suerte al hecho de verse obligado a pagar casi tres euros por dejar el coche estacionado en plena calle, pero ya había asumido que vivía en una sociedad de borregos. De modo que salió del coche, insertó obedientemente las monedas en el parquímetro y dejó el trozo de papel con la hora marcada bien visible en el salpicadero.

Cogió a su madre del brazo y cruzaron despacio la calle, el cuello de la gabardina levantado mientras la lluvia empezaba a caer con fuerza. El vigilante de seguridad apostado en la entrada saludó a la anciana a la vieja usanza, tocándose la visera de la gorra. Por fortuna todavía quedaba gente educada. En el interior del edificio, que pertenecía por entero a la entidad bancaria, otros vigilantes de seguridad armados con revólveres miraban con ojos de Argos a todo aquel que entraba. Hacía mucho que los vigilantes armados habían desaparecido de las sucursales bancarias y cajas de ahorros, pero estaba claro que aquí aún sobrevivían las viejas costumbres.

Se pusieron a la cola, su anciana madre siempre asida a su brazo. Estaban ahí para sacar los ahorros de toda una vida, aquel dinero que la mujer había logrado ahorrar limpiando casas desde que el marido desapareciese para siempre con el viejo ardid de ir al estanco a comprar tabaco. Su pensión, ya de por sí escueta, había sido reducida a la mínima expresión a base de tijeretazos perpetrados aquí y allá por un gobierno que empezaba a parecerse a un parvulito en la clase de trabajos manuales. Él había dejado un trabajo basura harto de que no le pagaran la mayor parte de los meses, y de que cuando le pagaran sólo fuera a razón de cuatro euros la hora. Soñaba con escribir una novela y hacerse rico, pero cuando por fin la terminó se estrelló contra el inexpugnable telón de acero del mundo editorial. “En este país la cultura no vende, hágase conductor de ambulancias”, le aconsejó un viejo profesor de sus tiempos universitarios.

Los clientes parecían estar pegados a la ventanilla del cajero, absortos como si les estuvieran echando las cartas del Tarot. Y hablar con su madre era inútil, hacía años que padecía la enfermedad de Alzheimer. Dejó que su cerebro divagara sin rumbo fijo, como un tronco arrastrado por la corriente de un río, hasta que las aguas le llevaron a África. Fue su último viaje. Decidió quemar las naves, gastarse el poco dinero que le quedaba del miserable subsidio de desempleo. Tal vez de esa forma encontraría la inspiración que necesitaba para terminar su novela. Allí fue testigo de crepúsculos y amaneceres como nunca antes había visto, escuchó lenguas ininteligibles y descubrió el verdadero significado de la miseria. Cómo un continente tan rico podía ser tan sumamente pobre se alzó ante él como una grotesca paradoja hasta que comprendió que la paradoja no era tal. La explicación se escondía, como siempre, en la innata maldad del ser humano. Había estado leyendo el Leviatán en el barco que le llevó hasta las costas de Argelia y nunca le pareció más certera la frase de Hobbes: “el hombre es un lobo para el hombre”.

Recordó la calurosa noche en que conoció a aquel muchacho. Fue su insistencia la que terminó por llamarle la atención. Siempre había considerado la práctica de pedir limosna como la más absoluta negación del ego, el último peldaño en el descenso a los infiernos de lo humano, y se negó a soltar ni una sola moneda. Pero aquel niño no quería limosna, o al menos eso entendió él cuando el pequeño le sostuvo la mirada con orgullo.

Le llevó fuera del cochambroso poblado como si conociera cada piedra y cada hoyo del camino de memoria, hasta que llegaron a un lugar apartado y se puso a escarbar en la tierra con sus pequeñas manos como un perrillo que hubiese escondido allí su hueso favorito.

El vigilante que antes estaba en la puerta entró a calentarse un poco y se apiadó de aquella pobre anciana agarrada al brazo del tipo de la gabardina, seguramente su hijo, como si fuese el último objeto flotante de un naufragio. Era una vergüenza que nadie le ofreciese una silla. Pero él no podía hacer nada para remediarlo y se limitó a dedicarle una sonrisa. La anciana pareció devolverle la sonrisa, o quizá sonriera siempre como si se tratara de una mueca perenne. El hijo se quedó mirándolo fijamente con aquellos ojos hipnóticos mientras se desabotonaba la gabardina, como si tratara de decirle algo, pero ¿qué? Y cuando quiso reaccionar era ya demasiado tarde. El frío metálico del kalashnikov absorbió todo lo que había a su alrededor, como un gran agujero negro.

Jorge Romera

 abril de 2012

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19 pensamientos en “Memorias de África

  1. Tú te harás rico con la novela, estoy segura. Aún y así, es tentadora la idea de sacar un kalashnikov y robar un banco, o tal vez……poner en su sitio a unos cuantos. Muy bueno el relato, a este paso dentro de nada vas a tener un segundo libro: Relatos de Jorjune.

  2. Me gusta la idea de atraco con anciana con alzhéimer, tiene todas las ventajas:
    – Nadie se atreverá a disparar a semejante escudo humano.
    – Su situación límite despertaría las simpatías de cualquier jurado.
    – Siempre se puede decir que era ella el cerebro de la operación pero que se le olvidó como continuar.
    – Si le dejas el arma a ella mientras recoges el dinero la gente todavía estará más aterrorizada que si la llevas tú.
    – Se puede alegar que tú le dijiste que trajera el paraguas pero que ella saco de un viejo armario el kalashnikov y tu te diste cuenta demasiado tarde, ya en el banco donde el malentendido era inevitable.
    -En fin, siendo optimistas, hasta podría pasar que con tanto ajetreo y excitación el cerebro de la anciana tuviera un segundo renacer y quedara curada, hecho que además podría servir de justificación para el atraco.

  3. Be, ja saps que això dels relats bancaris m’impresiona bastant, per la part que em toca. Molt bon estil en aquest relat, descrit amb to distant i fred i mostrant a la perfecció tot el seguit de detalls no explicats de l’ambient, però que queden ben clars i diàfans. Tot el relat porta el segell de la desesperació i el neguit del cul del got on no hi queda ni una gota d’aigua, o de vida, segons com li vulguis girar el tema a la vida, i al got. Em sap greu pel pobre vigilant, però els escriptors tenim sempre el poder de fer desaparèixer el que més nosa ens fa.
    Molt bon relat, i molt ben ambientat.

    Ferran

  4. Tengo que decirte que, para un devorador de historias mas que lector, tus relatos estan empezando a ser adictivos…hasta me estan dando ganas de leer tu libro pagando !!!…bromas aparte….enhorabuena compañero….no pares.

  5. ¡Y parecía un tipo tranquilo!
    Nunca se sabe qué hay detrás de una mente y mucho menos si está acompañada de otra mente enferma.

  6. Me ha gustado. Es cierto, es más que posible que unos parvulitos con sus tijeras de puntas redondeadas nos estén obligando a sacar nuestros viejos kalashnikov del fondo del armario. No se trata de un acto de rebeldía o desesperación puntual. Pienso que se trata de un “NO” rotundo a eso que permite que, al amparo de la ley, la gente muera de hambre no solo en Africa… habría mucho que hablar… El personaje de la madre es del todo un acierto aunque la enfermedad bien podria ser una estratagema bien ensayada… Un auténtico placer.
    Alej

    • Me alegro de que te haya gustado el relato, Alej. Como bien dices, habría mucho que hablar. Y si bien el personaje de la madre podría ser una estratagema, lo cierto es que me he inspirado en alguien muy cercano…

  7. Explotar la desesperación, es un lucrativo negocio global : el hambre, los conflictos armados, el tan demandado y millonario tráfico de seres humanos (ahora digital, con manual en Facebook y vía smartphone), la falta de viviendas, la corrupción, entre otros. Una feria que exhibe la más sórdida expresión de la miseria humana, la misma que el frío metal refleja y en ocasiones, gatilla. Tu cuidado en los detalles, Jorge, es delicioso, ¡hace tan fácil meterse bajo la piel de los personajes! la dama que detiene el tiempo, del brazo de la prisa; la buena voluntad y la justicia, con sonrisa de manos atadas que la necesidad y el cálculo, aniquilan. Aún bajo la piel de cada uno, es imposible adivinar un próximo paso y menos, el desenlace. ¿cómo lo haces?

    • Compartimos el asco por el abuso, Gissele. Nos pone enfermos la maldad organizada. Y si la magia de la lectura estriba en sentirse identificado con lo que lees, el secreto de la escritura es exactamente el mismo. Sin ese sentimiento de identificación en el corazón, es como leer el prospecto de un medicamento o escribir el manual del usuario de un teléfono móvil por encargo. Pero si te sientes como el protagonista del relato, si te conviertes en ese protagonista… entonces surge eso: ¡la emoción!
      Gracias por tus palabras, Gissele.

      • Magia! Esa palabra me gusta, solía pedirla cuando niña a La Befana por bajada de reyes pero creo, que no cabía en una media así que tuve que inventarla y a veces, tomar la reserva del corazón. Y hablando de encargos, aún no he cumplido con la tarea que dejó la musa. Gracias por el secreto: la crónica de un viaje escrita con la tinta de la propia vida y la emoción! Te abrazo, Jorge. Que la magia te regale una gran semana.

      • No conocía la leyenda de La Befana. Me he puesto al día con la wikipedia 🙂
        La mejor magia es que la que brota del corazón, pero seguro que eso ya lo sabes. Te deseo una gran semana, Gissele.
        Un fuerte abrazo.

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