Tarde de compras

Esos días de invierno en los que el viento helado sopla como si quisiera apagar las velas de un cumpleaños milenario y el cielo plomizo parece limitar el horizonte y las promesas de futuro pueden llevarnos inadvertidamente a plantearnos preguntas fundamentales del tipo de “¿para qué vivir?”, sin darnos cuenta de que la respuesta se halla más cerca de nosotros de lo que jamás hubiéramos sospechado: ¿por qué no hacer unas compras en esa cadena de supermercados cuyo nombre  rima con “Barcelona”? 

Sí, por qué no. Así que allí estábamos nosotros, Nuria y yo, con la ilusión contenida de un niño a las puertas de una juguetería poco antes de Navidad. El aire acondicionado, que es la marca de clase de la cadena, nos envolvió con su arenosa calidez subsahariana mientras nos miramos con la certeza de que habíamos hecho la elección adecuada. Tras conseguir un carro, pues la idea era hacer la compra de dos semanas y luego encargar el transporte en furgoneta hasta casa, entramos en aquel paraíso del consumo a precios supuestamente asequibles. ¿Cómo expresar aquí la dicha que amenaza con embargar al consumidor medio ante semejante despliegue de bienes perecederos?  O el placer de surcar sus bien abastecidos pasillos (habiendo pasado antes por la sección de perfumería para rociarnos con alguna colonia barata) mientras cedemos educadamente el paso a la encanecida ancianita, acariciamos la coronilla del niño mofletudo y nuestra vista divaga entre distintas clases de fajitas y salsas para burritos, pizzas multicolores o inimaginables variedades de verduras congeladas, procurando no chocar con otros carros, lo que no siempre es posible, y puede dar lugar a emocionantes episodios con roturas de huevos o vertidos de aceite dignos de ser inmortalizados con la cámara del móvil. 

Pero todo lo bueno tiene un final, y allí estábamos nosotros esperando nuestro turno en la cola que engañosamente parecía más corta, nuestro carro cargado hasta los topes. Mucha gente se desespera en las colas de esta cadena de supermercados, sin ser conscientes de que suponen una excelente oportunidad para poner a prueba nuestra paciencia, como modernos imitadores del bíblico Job. Yo, por ejemplo, ya había empezado a templar la mía cuando intenté averiguar las franjas horarias del reparto a domicilio, sin sospechar que aquello podía ser material clasificado. La idea original era que trajeran la compra a partir de las 7 de la tarde del día siguiente.Tuve que repetir mi pregunta a dos empleados, que a su vez tuvieron que consultar ordenadores y llamar telefónicamente a algún oráculo que respondió que “aquí no se hacen milagros”. Una lástima, pues los milagros siempre resultan estimulantes.

Los repartos por la tarde eran de 3 a 5 o de 6 a 8, es decir, a cualquier hora dentro de esas franjas. Si nos iba bien, bien, y si  no también. Todo un lecho de Procustes, pensé para mí mismo. Cuando por fin llegó nuestro turno en la caja registradora el empleado, al enterarse de que queríamos domiciliar la compra, nos advirtió consternado que debíamos pasar por otra caja. No sé por qué me vino a la cabeza la imagen de Kafka babeando de gusto y placer anticipatorio. Nos trasladamos a la caja señalada y nos dispusimos a hacer cola de nuevo. Por suerte para la economía global, la pareja que nos precedía había cargado el carro como si quisieran abastecerse antes de un cataclismo nuclear. Algunas especies de insectos tienen una esperanza de vida más corta que el tiempo que la cajera necesitó para cobrar la cuenta. Luego, increíblemente, llegó nuestro turno. Por fortuna, si domicilias la entrega no necesitas sacar los artículos del carro. Personal               especialmente preparado para ello lo hará más tarde con diligencia y esmero, mientras que el cliente, como tratado con algodones, sólo tiene que hacer el esfuerzo de sacar la tarjeta de crédito y responder algunas preguntas rudimentarias. Pero estaba escrito en alguna parte que aquél no era nuestro día, y la cajera se vio en el duro deber de informarnos acerca de la hora (las 20:35) y la imposibilidad de dejar ahí mismo el carro lleno a partir de las 20:00. Miré mi Rolex de imitación para constatar que, en efecto, eran las 20:35. Obedientemente, como corderillos bien guiados, nos dispusimos a vaciar todo el contenido del carro colocándolo en la cinta transportadora para que la cajera escaneara cada artículo, uno por uno, lo que llevó su tiempo. Después volvimos a colocarlo todo en el carro con cierto cuidado y Nuria se dispuso a pagar, pero antes la cajera le preguntó su dirección. Al oírla arrugó la nariz y sacó de alguna parte una carpeta. Mi parte kafkiana -cómo decirlo- comenzó a experimentar esa sensación indefinible que antecede al clímax. Fue entonces cuando la cajera nos dijo que no podían repartir a domicilio aquella compra: estábamos dos calles por encima del límite. Hubo un cruce de palabras que no llegué a oír y entonces Nuria dijo que ahí se quedaba el carro con toda la compra. ¿Cómo?- musité yo-, la respiración entrecortada, mi musculatura tensándose al tiempo que mi piel empezaba a adquirir un preocupante tono verdoso… Nos vamos con el carro- y al decir esto miré a la cajera como un profesor de geografía miraría a sus alumnos al decir que la Tierra gira alrededor del Sol. La cajera dijo que aquello no estaba permitido pero que miraría para otra parte, lo que de hecho hizo, estudiando la pared de su izquierda como si aquella tarde la dirección de la cadena de supermercados cuyo nombre no quiero recordar, en una pirueta de marketing creativo y tras arduas conversaciones con el Rijksmuseum o el Minneapolis Institute of Arts, hubiese decidido colocar allí algunos lienzos célebres, La ronda de noche, de Rembrandt, tal vez, o algún paisaje tahitiano de Gauguin. Incluso recuerdo que recé para que el tipo de seguridad estuviera en la puerta. Me apetecía un poco de, no sé… contacto físico, pero no hubo suerte. Y así salimos de  la cadena de supermercados que rima con “testosterona”.

Y, podéis creerme, no hay nada como mover Paseo de San Juan arriba un carro lleno para combatir el frío, Nuria subida al estribo con los brazos abiertos y yo empujando desde atrás con tanta fuerza que el viento mecía su dorado cabello y yo me sentía como Leonardo sujetando a Kate en la proa del Titanic. En serio, valió la pena.

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10 pensamientos en “Tarde de compras

  1. ES INCREIBLE ,COMO SE PUEDE TRANSFORMAR ALGO TAN MUNDANO,UNA COMPRA EN UN SUPERMERCADO,EN UN BUEN RELATO.ERES BUENO,SIGUE ESCRIBIENDO.

  2. Gracias colega,acabas de alegrarme una tarde de Domingo!!!.Una hazaña de tal magnitud es merecedora,como minimo,de enorme agradecimiento por mi parte.
    Un abrazo

  3. Una de las cosas que más admiro en los demás, es esa capacidad de verse desde lejos y no tomarse en serio, creo que eso nos protege contra la angustia del existencialismo.En ti además admiro otras muchas cosas,sigue así, creo que vas por el buen camino.

  4. Jaja, ahora entiendo tu reticencia a Mercaroña… El caso es que el que tengo yo a un escaso kilómetro es más pequeño y son todo atenciones. De hecho, por 7 euros me suben la compra a casa (solo por eso merece la pena, pues tengo piso y medio para subir a casa y yo lo de las pesas no lo llevo muy bien mientras subo peldaños).

    Tenías que haber probado con Carre4. Ahí ya lo flipas. Y no te hubieras llevado el carro (así que en el fondo, fueron majos).

    Un abrazo de esos que hacendaño, jajaja

    • En realidad fueron unos atinados comentarios de Juan Roig, mandamás de mandamases en Mercarroña, el Moisés de los catálogos de ofertas, los que me hicieron contemplar MERCADONA con ojos menos cándidos. “Cada vez hay más bazares chinos en España porque hacen la cultura del esfuerzo que nosotros no hacemos”. Ésta y otras perlas por el estilo (ahora, todo sonrisas de cartón-piedra, se ha vuelto un poco más lacónico, posiblemente aconsejado por sus asesores de imagen) inspiran cierta… antipatía por el personaje. Y es que nuestro prohombre, que heredó Mercadona de sus padres, Francisco Roig Ballester y Trinidad Alfonso Mocholí, sabe mucho de esfuerzos heroicos (quizá en la taza de alguno de los baños de su mansión). En fin, este hombre es una inagotable fuente de inspiración para mi vitriólica pluma. ¿Cuál es el producto estrella de la marca HACENDAÑO? Respuesta fácil: las declaraciones del siempre acertado Juan Roig.

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