Ira y fuego. Reflexiones de un conductor.

El fin de semana había sido tranquilo y el tiempo apacible como una promesa de primavera. Salió del peaje de la autopista con la rápida e inexorable sucesión de marchas hasta poner la quinta, la velocidad estancada en 110 kilómetros por hora. Solía circular por el carril central pero ahora estaba en el de la izquierda, por qué no. ¿Sólo podían circular por la izquierda los Audi, los Mercedes y los BMW? Como si ese carril se hubiese inventado exclusivamente para ellos, señores feudales del asfalto. Fue entonces cuando sucedió algo completamente inesperado: una masa de acero y cristal pasó como una exhalación por su izquierda en el pequeño espacio que quedaba entre  su coche y el quitamiedos que delimitaba la mediana de la autopista. 

¡Hijo de puta!- se oyó gritar a sí mismo, el corazón latiendo desbocado por el miedo y la ira. Tuvo suerte. Si hubiese girado leve e inadvertidamente el volante hacia la izquierda para centrar un poco más la posición del vehículo en el carril, aquel todoterreno rojo y su Daewoo hubieran entrado en colisión lateral produciéndose posiblemente un choque de aquél con la barrera y un rebote inmediatamente posterior que habría catapultado al Daewoo hacía la derecha chocando a su vez con el vehículo que circulaba en ese momento por el carril central.  Un potente saque inicial en una mesa de billar americano. La mecánica newtoniana en acción. Caos y destrucción.

Podríamos haber muerto- no cesaba de repetir. Apretó el volante con todas sus fuerzas y pisó el acelerador tan a fondo que empezó a dolerle la planta del pie. El todoterreno rojo había salido disparado hacia adelante como el Halcón Milenario de Han Solo, y el Daewoo de diecisiete años, aquella chatarra con ruedas, se pegó a él como si estuvieran unidos por una cadena. Los flashes de las cámaras de los radares iluminaron la noche como si estuvieran en la gala de los Oscar, pero le importaba una mierda. Iba a dar caza a aquel hijo de puta sí o sí, ésa era ahora su misión en la vida. Y cuando al fin llegaron al siguiente peaje, se detuvieron ambos vehículos delante de una de las cabinas, tiró del freno de mano con tanta fuerza que estuvo a punto de arrancarlo y abrió la puerta para correr hacia el otro vehículo ya no era un conductor: era un soldado de Gengis Kan entrando como un poseso en una aldea antes del saqueo; era un ángel vengador; era la diosa Némesis.

Abrió la puerta del todoterreno rojo con tanta fuerza que a punto estuvo de sacarla de sus goznes, asió por el cuello al conductor y levantó su pesado puño. Entonces, como un rayo de sol abriéndose paso entre nubes de tormenta, vio a un niño sentado en su sillita. Lloraba desconsolado, presa de un miedo ancestral. Y él también se sintió triste. Triste y vacío. Perdone- se oyó decir a sí mismo antes de aflojar su presa y volver arrastrando los pies a su viejo Daewoo.  

Jorge Romera

febrero de 2012

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3 pensamientos en “Ira y fuego. Reflexiones de un conductor.

  1. CUANTO CAOS Y DESTRUCCIÓN PUEDE GENERAR UN ESTÚPIDO AL VOLANTE.CUANTA RABIA SE SIENTE CUANDO LA PREPOTENCIA DE UN CONDUCTOR PONE EN PELIGRO TU VIDA.LA DIOSA NÉMESIS PARECERÍA JESUCRISTO PONIENDO LA OTRA MEJILLA… PERO EL INCREÍBLE HULK TIENE UN CORAZÓN, LA MIRADA ASUSTADA DE UN CHIQUILLO HIZO QUE SE DESINFLARA.
    UN BUEN RELATO, CÓMO NO.

  2. Muy bien descrito el proceso por el cual una ofensa cualquiera puede llegar a una escalada de venganzas y contra-venganzas de consecuencias letales.
    Éste pique, tan típicamente masculino, sólo puede entenderse por el peculiar funcionamiento de nuestro cerebro monográfico que sobrevalora el objetivo sin importarle los daños colaterales. Esto tiene sus ventajas, si estás salvando a alguien de las llamas o descubriendo la penicilina, pero es nefasto en la violencia casual de baja intensidad.
    El relato da la solución al problema. La situación se ha salido tanto de madre que una simple grieta la desmorona. Esto se produce al ver, Jorjune, lo que está pasando a través de los ojos de un niño.

  3. Nunca es tarde para arrepentirse de cometer una venganza, pero esos instantes de debilidad al ver los ojos del pequeño pueden ser utilizados por el enemigo para arruinarte la vida que no te quitó antes.
    Entrar en razón sí, pero sin bajar la guardia.
    Pepe

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