Espejismos en el desierto del alma

Había leído libros de autoayuda antes de la llegada de Internet, en la prehistoria de la información. Entonces descubrió la Red y creyó ver la luz al final del túnel. Se consagró a navegar a través del ciberespacio día y noche, buscando la piedra filosofal en forma de una información  que obrara el milagro… pero no tuvo éxito. Y ahora estaba ahí, haciendo cola en la pequeña y flamante sucursal bancaria. Era un lugar agradable, con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, lo que justificaba la gran cantidad de abuelos que había siempre ocupando los asientos. La cola que se extendía delante de la mesa del cajero se desplazaba con lentitud geológica y un lector medio hubiera podido leerse una novela corta mientras esperaba a que llegara su turno. Por desgracia había dejado la literatura de lado mucho tiempo atrás, y desde luego se veía incapaz de sacar a la calle lo que leía ahora, por el mismo motivo por el cual lo estaba leyendo: “Cómo vencer la timidez. Estrategias fundamentales”.

Tras años y años de lecturas infructuosas y de timidez paralizante y ratonil, su visión del mundo podía resumirse así: La vida es una mierda. En efecto, su existencia estaba pasando delante de sus ojos con la velocidad y la ineludible monotonía de un tío vivo, y con la percepción clara y distinta de que no estaba subido en la atracción sino fuera de ella. 

Y las cosas hubieran seguido así hasta el fin de los tiempos si su madre no hubiera tenido el buen juicio de hacerle prometer algo en su lecho de muerte. Le hizo prometer solemnemente que con el dinero que le legaba acudiría a un buen psicólogo. Y él no tuvo más remedio que aceptar, ¿cómo podía negarse? Por fortuna, todavía quedan personas que saben morirse con estilo.

Y por eso estaba ahí, en la nueva y resplandeciente sucursal bancaria. Algunos abuelos carraspeaban. Otros estornudaban. Un moscardón gordo semejante a una pelota de ping-pong revoloteaba perezosamente aprovechando las corrientes de aire cálido como si fuera un cóndor en el diáfano cielo andino. La cola se arrastraba hacía delante con la velocidad de una procesión de orugas. Y entonces ocurrió. Una mujer que caminaba por la calle sobre unos vertiginosos tacones se lo quedó mirando a través del cristal. Nunca le habían mirado de aquella manera, tan fijamente que su rostro se calentó como si fuera la luneta térmica de su coche. Y tan inesperadamente como el trueno que suena a lo lejos cuando nosotros sólo vemos sobre nuestras cabezas un cielo azul, la mujer le sonrió.

Él se limitó a quedarse allí de pie, inerte, como un pasmarote, y el momento pasó. Aquel acontecimiento, sin embargo, provocó en su cerebro una cascada de pensamientos. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué aquella mujer joven y hermosa le había mirado de esa forma? ¿Acaso el mes y medio que llevaba levantando pesas en el gimnasio estaba ya dando sus frutos? ¿Era la nueva dieta más rica en proteínas? ¿El ginseng coreano? 

La cola delante del cajero se movía con la velocidad de una placa tectónica, lo que dejaba tiempo a la reflexión. Entonces, como la súbita erupción de un volcán, volvió a producirse el milagro. Una joven de piernas inacabables y escote vertiginoso que se desplazaba por la acera como una pantera se detuvo y le miró a través del cristal. ¿Se conocían? ¿Era la vecina del ático? ¿Una antigua compañera de clase? Imposible. Si alguna vez hubiese conocido a una mujer así la recordaría cada minuto del día. Pero cuando quiso reaccionar, la mujer ya se había ido. Uno no puede pretender que algo así, un fenómeno como un eclipse, dure eternamente. ¡Estúpido! Se maldijo a sí mismo. Entonces prometió solemnemente que si volvía a ocurrir  alguna vez algo así, si una mujer hermosa volvía a mirarlo de aquella manera, se arrojaría inmediatamente a sus pies. También es cierto que aquello parecía tan improbable como ver dos veces en la vida el cometa Halley, y la mera toma de conciencia de semejante imposibilidad le tranquilizó.

Por fin llegó su turno, y cuando el cajero de ojos soñadores y bigotillo a lo Errol Flynn le pidió que le repitiese la cantidad de dinero que quería retirar, tuvo una extraña sensación y giró la vista hacia la ventana. Allí mismo, separada por los escasos milímetros del grosor del cristal, una mujer con la tímida hermosura de una flor de montaña que inmediatamente le recordó a Loreena McKennitt se había detenido en la calle para mirarlo. ¿Y era pura casualidad que en su ipod estuviera sonando en ese momento The Mummers’ Dance? Como si aquello fuese un presagio salió corriendo a la calle dejando al viejo Errol con la palabra en la boca. Se acercó a ella con el corazón latiéndole tan deprisa que creyó que le iba a estallar y le dijo que era tan hermosa como un edelweiss, aquella flor de las nieves que había descubierto alguna vez en sus solitarias marchas por las alturas pirenaicas. Y a ella le hizo gracia aquello, nunca nadie le había dicho algo semejante. Por eso sonrió. ¿Y cómo podía negarse a aceptar la invitación a  desayunar viniendo de aquel joven tan decidido y original?

Se alejaron de allí hablando de raras flores de montaña, de cimas coronadas por la nieve, de valles frondosos y lagos de imposible color azul turquesa. Y él ni siquiera se dio cuenta de que aquel ventanal de la nueva y flamante sucursal bancaria, aquel ventanal desde el que le habían mirado tantas mujeres aquella mañana era, si se miraba desde la calle, un espejo.

Jorge Romera

marzo de 2012

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21 pensamientos en “Espejismos en el desierto del alma

  1. Heme aquí con el corazón disparado al ver que habías vuelto a escribir. Heme aquí con el pensamiento lleno de un relato mágico. Gracias.

  2. Genial. El relato nos muestra como un hecho fortuito (el espejo) puede transformar la manera de enfrentarse a la vida.
    Nuestra enfermiza mente especula demasiado sobre lo que los demás esperan de nosotros y sobre lo que nosotros esperamos de nosotros mismos. Es tiempo perdido, nuestro cerebro no da para tanto, o vivimos o pensamos como hay que vivir.
    Igual que tú, Jorge, te enfrentas ante una hoja en blanco, todos tenemos una vida en blanco ahí. Que no nos ocurra eso de que la vida era aquello que pasaba mientras estábamos planeando otras cosas.

  3. Ya me he leído este relato cinco veces. No sé si es porque yo también he leído mucha autoayuda, o por la magistral ambientación de la oficina o porque es una historia más tranquila, más acorde con mi forma de ser.
    Felicidades y gracias por compartir tu trabajo.

  4. Buena ambientación, por un momento me he visto otra vez en mi tugurio bancario, y bien, suerte que tu cajero no tiene barba también. Buen estilo el tuyo, personal y con un aire canalla de fondo que no sé ahora a quien me recuerda, pero esto no es malo, solo una imagen, tal vez también sea un espejo, pero más allá estás tú con tus historias, no cejes, llegarás.
    Me gusta fijarme en los títulos, y este lo he encontrado muy acertado, muy bien.

  5. Es admirable tu capacidad de recrearte en cada una de las acciones y conseguir que en cada relato el lector se sumerja y sienta como si él estuviera viviendo esa experiencia. Estoy deseando leer el libro.
    Un saludo

  6. Buena reflexión sobre la actitud a seguir en el día a día; creo que lo consigues gracias a lo bien que retratas la atmósfera agobiante, densa, lenta de una oficina, en este caso bancaria. Todo un acierto el espejo cuando la vida se escabulle en difusos reflejos.. Un abrazo
    Alej.

    • A veces sólo necesitas creer que vales para ser realmente válido. Esto queda más bonito con la metáfora del espejo.
      Me alegro de que te haya gustado, Alej. Es uno de mis relatos favoritos (de los que he escrito yo, quiero decir).
      Un abrazo.

  7. Ains!! Qué bonito relato, en cuanto llegue a casa el miércoles me paso por mi sucursal bancaria a ver si me pasa algo por el estilo! Me ha encantado, qué bonito es el amor por Dios! ..y yo dejando la vida pasar! Jajajaja habrá que ponerse las pilas! Un beso Jorge, me ha gustado muchísimo!

  8. Tanto me ha gustado que abandono por un rato la lectura y voy a salir a pasear por la Sierra! Lo mismo me encuentro a un bandolero y me monta a lomos de su caballo! Jajajajajajaja lo que hace el frío mi querido amigo! …otro beso más!

    • Sin esos hallazgos afortunados cuando estabas buscando cualquier otra cosa, la vida sería menos sorprendente, y todos sabemos que las sorpresas son la esencia de la vida.
      “¡Un Edelweiss de relato!”. Gracias, Gissele 🙂

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