Reflexiones sobre el precio de las cosas (3ª Parte)

Nos quedamos ayer a la puerta de esa tienda de ropa con nombre de reminiscencias toscanas y bollería francesa. Todo lo cual es una manera elegante de sugerir al lector recién llegado que lea las dos partes anteriores. Al igual que lanzarse a la gélidas aguas de un mar invernal, pedirle al jefe un aumento de sueldo o cambiarse de cola en la caja de un supermercado, las decisiones que se toman en la vida no son más que eso: un factor mental. Y en cuanto crucé la línea que separaba la calle del umbral del establecimiento, Nuria supo que había perdido la apuesta.

El lugar estaba vacío, lo cual no resultaba sorprendente teniendo en cuenta los precios del escaparate. En aquella tienda no había entrado nadie desde que George Clooney fue a inaugurar el local ese que vende cápsulas de café de fantasía al otro lado del Paseo, y se le ocurrió pasar por aquí para comprarse unos calcetines. 

El dependiente, un tipo alto y atractivo que lucía el mentón de Yale, salió a recibirnos como si fuese un oso grizzly que hubiera despertado de su largo letargo invernal. La falta de costumbre, supongo. Se nos quedó mirando  como si estuviéramos fuera de lugar: un par de cagadas de paloma en la carrocería de un Rolls-Royce.

“¿Qué desean?”- preguntó al fin con acento de haber estudiado en alguna universidad de la Ivy League. Y con aquel aspecto mayestático y en medio de todo ese lujo asiático, se me antojó el genio de la lámpara maravillosa concediéndonos tres deseos. 

“Un traje. Me gustaría probarme un  traje”. El dependiente se me quedó mirando como si quisiera hipnotizarme, escaneando mi ropa, evaluando mi corte de pelo, midiendo la longitud y grosor de mis patillas. Yo iba con lo puesto: tejanos “springfield”, chaqueta de piel para todo uso “coronel tapioca” y zapatos “timberland”. Luego miró a Nuria y la afilada punta de una duda pareció abrir una fisura en su armadura de hielo porque… ¿qué diablos hacía una mujer tan hermosa con un tipo como yo? Tal vez fuera un nuevo rico, alguien a quien le había tocado la lotería primitiva la semana pasada con ganas de ampliar el fondo de armario y, bueno, por algún sitio tenía que empezar.

Me sacó un traje de 4.000 euros, y hasta ahí podíamos llegar. ¿Creía de verdad que iba a probarme un traje que costaba menos que el trolley ese que había expuesto en el escaparate? De algún lugar, quizá la caja fuerte, extrajo un conjunto de 9.000 euros y aquello ya me pareció mucho mejor. Y un par de gemelos para los puños de la camisa, por favor. 


Y parece mentira cómo puede cambiar tu aspecto una prenda de calidad. Me miré en el espejo y por un momento me creí Pierce Brosnan en “The Thomas Crown Affair”. Y si hay alguien que sabe llevar un traje, ése es el bueno de Pierce. Mientras que otros hombres supuestamente elegantes parece como si hubieran dormido con el traje que llevan puesto, es como si Pierce hubiese nacido con él.

Me di una vuelta por la tienda con mi nuevo atuendo. ¿Por qué no? No había nadie y, como suele decirse, la elegancia se demuestra en movimiento. Nuria me inmortalizó con unas cuantas instantáneas tomadas con la cámara de su teléfono móvil y luego me cambié de ropa mientras el vendedor empezaba a adquirir cara de gárgola. Entonces, cuando nos disponíamos a salir, le entregué una de mis tarjetas, la última.

Jorge Romera 

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Nunca se sabe.