ACROFOBIA

Él amaba las alturas. Ella padecía ligeramente de vértigo. Él sugirió la desensibilización sistemática, una progresiva exposición al vacío. Ella recogió el guante; pondría a prueba su fuerza de voluntad.

Decidieron ir a la Serra de Montsant. El día era apacible, y el puro azul del cielo hacía que el ocre de las amenazadoras paredes de roca resultase aún más vivo. Ni siquiera soplaba la más mínima brisa. La calma era tan absoluta  que las inmóviles hojas de las encinas parecían las escamas de un pez pintado en un lienzo. Hacía mucho que habían dejado atrás el poste indicador en el que podía leerse «Camino no apto para personas con vértigo» cuando llegaron al pie de la primera muralla de roca. 

Superaron el primer resalte gracias a una escalerilla metálica atornillada a la roca y a una vieja cuerda de escalada en la que se habían practicado algunos nudos. El corazón de ella palpitaba por el esfuerzo y el miedo, pero fue capaz de ignorarlo. De este modo, un resalte tras otro, consiguieron subir hasta la cresta de la Serra Major, donde andar era fácil y se podía divisar el paisaje a cientos de kilómetros. La tierra era áspera y seca, agostada por el implacable sol, y apenas una florecillas blanquecinas se atrevían a echar raíces en ella.

Caminaban en silencio. Ella abriendo los brazos de vez en cuando, como si quisiera abarcarlo todo con ellos o tal vez volar. Él tropezando de vez en cuando con alguna piedra. Llegaron por fin a la Roca Falconera, una atalaya privilegiada desde donde poder contemplar el horizonte. Él asomó la cabeza al llegar al límite de piedra y ni siquiera pudo ver la base de la enorme y extraplomada pared. Muchos metros más abajo algunos automóviles, apenas unos granos de arena, circulaban por una carretera que parecía tener el grosor de un cabello. Le indicó con un gesto de la mano que  se acercara, y ella sintió de nuevo el tirón del miedo en sus entrañas. Aunque hay veces en que la voluntad, en su estado más puro, puede vencer cualquier temor, y se acercó al borde del abismo con paso vacilante pero irrevocable.

Miró hacia abajo e, inexplicablemente, aquel pánico ancestral había desaparecido como una bestia de pesadilla con las primeras luces del alba;  no pudo contener la carcajada de la alegría inesperada. Fue entonces cuando, surgido de la nada, un violento golpe de viento la arrebató de aquella cima truncando su risa de triunfo en un grito de horror mientras el vacío la engullía con la inexorable avidez de la fuerza gravitatoria.

Cuando despertó estaba bañado en sudor. Había sido sólo un mal sueño, eso era todo. Pero su corazón no dejaba de latir como si fuera a partírsele en dos. Apenas eran las cinco de la mañana y sintió que la amaba como no la había amado jamás. Estuvo a punto de llamarla por teléfono pero sabía que ella se levantaba a las seis y media para ir a trabajar, así que esperó pacientemente a que llegara esa hora. Nunca antes había sentido con tanto dolor el aguijonazo del segundero de un reloj, y cuando dieron las seis y media marcó su número de teléfono de memoria, tan sólo para decirle que la echaba de menos. Pero por primera vez desde que se conocían, ella no respondió a la llamada.

Jorge Romera 

 junio de 2012.