El nacimiento de la tragedia, o el azar y la necesidad

Al igual que el degradado capitán Yossarian de Trampa 22, la genial novela de Joseph Heller, Jorjune tomó la decisión de vivir para siempre o morir en el intento. Pero quién sabe por qué tomamos las decisiones que tomamos en la vida.

Un buen día creyó haber encontrado el elixir de la eterna juventud en un artículo de la revista Integral que hablaba del ayuno terapéutico. Y como es natural, llegó hasta esa revista por puro azar. 

Jorjune era un joven dinámico y musculoso, y cuando un compañero del gimnasio le sugirió que se pasara por su estudio para hacerle unas fotos que le inmortalizarían en papel couché, la idea se le antojó sensacional. La revista Salud Total no le pagaría un duro por posar para aquel artículo sobre ejercicios de tonificación para hombres, pero qué diablos, no todos los días te preguntan si quieres posar para una revista.


La sesión fotográfica, que fue más agotadora de lo esperado, dio pie a cierta camaradería entre Jordi, que así se llamaba el fotógrafo, y Jorjune, de modo que cuando aquél invitó a éste a cenar una noche en su casa, Jorjune no sólo no pudo negarse sino que aceptó la idea con el entusiasmo de quien cree haber hecho un nuevo amigo.

Jorjune llegó a la cena con tiempo de sobras, pues no era persona a la que le gustase hacerse de rogar. Eso no era problema en casa de Jordi y Fina, la mujer del fotógrafo, donde había numerosos ejemplares de las revistas para las que trabajaba con los que poder entretenerse. Aquella primera noche Jorjune escogió un número de la revista Integral. La temática de aquella publicación giraba en torno a la ecología, la salud y la vida natural, y aunque Jorjune era un entusiasta de las pesas, y un apóstol de la proteína animal y los aminoácidos ramificados, su espíritu era lo suficientemente ecléctico como para correr el riesgo de adentrarse en otros campos del conocimiento. 

Aquel artículo sobre el ayuno terapéutico chocaba frontalmente con una visión del mundo basada en ejercicios anaeróbicos, crecimiento muscular y  dietas hiperprotéicas, pero estaba bien argumentado y parecía lo suficientemente revolucionario y contraintuitivo como para que alguien con una mente abierta le otorgase el beneficio de la duda. Y tal vez la cosa hubiese terminado así, con una simple lectura nocturna antes de la cena que sería borrada de su mente por las luces de un nuevo día, pero hubo otras invitaciones a cenar y aquellas revistas estaban siempre ahí, incitando a la lectura, atrayendo a Jorjune con sus cantos de sirena y sus promesas de inmortalidad. 

¿Cómo era posible que, según algunos experimentadores, ratones sometidos a dietas tan escasas en calorías que rozaban el ayuno viviesen el doble que sus congéneres alimentados ad libitum en una especie de frenesí pantagruélico? Y luego estaban los ejemplos de poblaciones humanas: los vilcabambas de los Andes ecuatorianos, los hunzas que viven en lo más profundo de la cadena del Karakorum del Himalaya occidental, los abkazianos de las montañas del Cáucaso, los indios tarahumara de las montañas de Sierra Madre…. Todos aquellos pueblos tenían en común la pobreza calórica de sus dietas y la increíble longevidad de sus habitantes.

Aquella información supuso una auténtica epifanía para Jorjune, que vio como su visión del mundo se tambaleaba por momentos. Buscó bibliografía, realizó incursiones en librerías especializadas y bibliotecas públicas, leyó sobre el higienismo, las incompatibilidades alimenticias, el crudivorismo, las dietas macriobióticas, el budismo, el jainismo y la filosofía zen, y cuando quiso darse cuenta había sustituido los batidos de proteínas y los pollos a l’ast por los copos de avena crudos, la levadura de cerveza, el germen de trigo y las zanahorias. Jorjune se había convertido al vegetarianismo. Y como en una de esas figuras de fantasía llevadas a cabo con fichas de dominó, cuando la primera pieza cayó, el resto hizo lo mismo con la inexorabilidad de la cadena de eslabones que explica un fenómeno físico, un suceso histórico o una trayectoria vital. El destino no está en las estrellas, sino en nosotros mismos. Pero eso ya lo dijo Shakespeare.