Adiós

Soñó que estaban de nuevo en Grecia, con aquel sol bajo cuya maravillosa luz meridional volvieron a reencontrarse. Soñó que estaban en una isla, tal vez Egina, pues creyó reconocer el templo de Afea después de la dura subida desde la playa. Ella iba por delante, como siempre, con sus gráciles brazos abiertos, como si quisiera abrazarlo todo a su paso: el musgo de las rocas, los árboles, el susurrar del viento que mecía las espigas del trigo silvestre, el canto de los pájaros.

 Pero era ya tarde y el templo estaba cerrado al público, así que ella siguió andando por aquel camino que parecía conducir a un bosquecillo. Él no podía mantener el paso de ella, siempre más rápido y elástico, y cuando quiso darse cuenta ella ya había desaparecido en el interior del bosque. La llamó por su nombre, Airune, aquellas letras que juntas evocaban el susurro del viento entre árboles frondosos, o el tintineo de una gota de agua en un pequeño lago de una cueva, mas ella no respondió. Llegó por fin a la linde del bosque, pero ella no estaba. Y más allá sólo quedaban el acantilado y el ancho y oscuro mar.

Se despertó a las tres y cuarto de la madrugada con una confusa pero inevitable sensación de pérdida, y tras unos minutos dando vueltas en la oscuridad, recordó, como si fuera un mazazo, la inapelable despedida de la tarde anterior. Entonces, y sólo entonces, cayó en la cuenta de que nunca más volverían a caminar de la mano bajo el hermoso sol de Grecia.

Para Airune

Jorge Romera

 15 de junio de 2012