25 centímetros

Después de todo, la mayoría de nosotros volvía de los carnavales. Había gente disfrazada de Napoleón, de Cleopatra, de Atila el Huno e incluso de Bob Esponja. Así que no sé por qué debería haberme extrañado que aquel tipo se sentara en la butaca contigua a la mía, que estaba libre, cuando sobrevolábamos el Atlántico.

Yo estaba un poco cansado después de una noche entera bailando la samba, y sí, había bebido un poco, lo que no es excusa para lo que luego sucedió.

El tipo en cuestión debía tener unos treinta años, cabello rubio y un rostro agraciado, pero había algo en él, tal vez aquella expresión crispada, como si estuviese con las puntas de los pies en el vacío, al borde del precipicio, que debería haberme puesto en modalidad de alerta. Pero ya he dicho que estaba cansado y algo bebido, de modo que cuando tras una breve presentación me preguntó a quemarropa si el tamaño importaba, me quedé completamente bloqueado.

“¿El tamaño? ¿El tamaño de qué?”

“El pene. El falo. El miembro viril. La polla.”

“Vale, vale. Lo he pillado a la primera, soy de los que leen el diccionario mientras esperan en la cola del supermercado.”

Al parecer, el tipo había leído en no sé qué blog, “Territorio sin dueño” creo que dijo que se llamaba, que el tamaño del pene, falo, miembro viril, polla era fundamental para el placer femenino, y que sí, que realmente importaba y que ya estaba bien de tanto eufemismo y tanta ñoñería. La autora del blog, en un alarde de valentía divulgativa y un poco a la manera de la iconografía románica, que podía esculpir en un capitel o el tímpano de la fachada de una iglesia un pasaje bíblico para que el populacho analfabeto pudiera entenderlo, había considerado oportuno insertar al comienzo del post una fotografía en la que podía verse en todo su esplendor un cubo repleto de jugosos pepinos. Resumiendo, aquel pobre diablo se había obsesionado de tal manera que no podía pensar en otra cosa, cayendo en picado en una especie de espiral descendente de la que sólo le podría salvar el paracaídas de una autoestima fuerte. No hacía falta poseer los poderes deductivos de un Sherlock Holmes para colegir que aquel tipo no era ningún picha brava. Así que intenté levantarle el ánimo, subirle la moral, hacer de él, de nuevo, un ser humano.

“Créame, el tamaño está sobrevalorado.” 

“Pero la autora del blog…”

“Tonterías. Se trata de un mito, una leyenda urbana. Las mujeres son así, les gusta golpear donde más duele. Debería saberlo, usted ya no es un niño.”

“Pero es la pura verdad. Después de leer aquello me puse a pensar en todas las mujeres con las que me había acostado. Hubo un denominador común en todas ellas: a la hora de desnudarnos siempre se reían. Durante todo este tiempo pensé que se trataba de mi sentido del humor, siempre he sido un tío gracioso, o pensaba que lo era…”

“Vamos, vamos… Usted es un tío la mar de gracioso. ¡Jajaja! ¿Lo ve? Ya me ha hecho reír.”

“¡Se está burlando de mí, negro de mierda!”

Joder, no me esperaba esto, en serio. Uno intenta confraternizar, ayudar, buscar una comunión de almas, ser plenamente humano… y este capullo te sale con el tema racial. Y si hay algo que me saca de quicio es el racismo. En realidad no soy de raza negra, tan sólo me había disfrazado de Nelson Mandela, pero aquel comentario me dolió como si lo fuera.

“Sí, soy negro. Creo que eso salta a la vista.”

“Usted no puede comprenderme. Todo el mundo sabe que los negros tienen penes enormes.”

“Hágase un favor a sí mismo: no crea todo lo que oiga o lea, sobre todo si es un topicazo de ese calibre.” 

“Es fácil decir eso cuando se es un superdotado. ¡A ver, cretino simiesco, dígame cuánto le mide la polla!”

Estaba claro que aquel tipo tenía la cabeza como una jaula de grillos, que necesitaba ayuda especializada o un buen puñetazo en la boca, lo que resultase más rápido y barato. Yo debería haber actuado de otro modo, pero ya he dicho que estaba cansado y, ahora, más que enfadado. Me sentía furioso. Estaba iracundo. Un volcán iba a entrar en erupción en el centro de mi pecho de un momento a otro. Aquel infeliz necesitaba un punto de inflexión en su vida, un cortocircuito sináptico que le hiciese ver la luz al final del túnel. Aquel imbécil necesitaba una verdadera epifanía. 

“Mira esto, eunuco”. Y tras esta invitación, me la saqué ahí mismo, delante de sus narices. Veinticinco centímetros de carne de primera calidad, el orgullo de mi familia, algo digno del dios Príapo. “Cuando estuve en Escocia me dio por bañarme en pelotas en un lago de por allí, y todo el personal empezó a disparar sus cámaras como locos creyendo que habían visto a Nessie, ya sabes, el monstruo del lago Ness. ¿Que si el tamaño importa? Joder, colega, es lo único que importa. Deberías saber que es el motivo número uno en la lista de suicidios masculinos después de la alopecia”. 

Ahora sí que tenía la expresión crispada, y con razón. La bocaza abierta, los ojos desorbitados… No tenía muy buen aspecto, no. Entonces se levantó y por fin pude ver de qué iba disfrazado. El muy capullo se había vestido con un traje de piloto de aerolínea comercial. Luego, con el paso vacilante, se dirigió hacia la cabina de vuelo, abrió, y se metió en ella. Pensé que aquello era imposible, que los pasajeros tenían prohibido el acceso. A no ser que… ¿por eso las azafatas le habían saludado con una risita cuando pasó junto a ellas? Fue entonces, en mitad de estas reflexiones, cuando las alarmas se dispararon y el avión comenzó a perder altura vertiginosamente.

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Jorge Romera 

23 de enero de 2013