Cómo cambiar un neumático, o el peligro de ser original.

El otro día llegó a mi bandeja de correo un anuncio a través del cual una empresa buscaba autores independientes. Escribías y te pagaban: no sonaba nada mal. Sólo había que registrarse y redactar un texto de prueba. Las instrucciones eran las siguientes:

“Aquí tiene la oportunidad de demostrar su calidad como escritor. Por favor, tómese su tiempo para escribir sobre alguno de los siguientes tres temas: Su ciudad natal o preferida. Su formación o sus estudios. Cómo desarrollar un trabajo manual (por ejemplo, cómo cambiar un neumático)”.

No me apetecía hablar de mi ciudad natal, y de ningún modo estaba dispuesto a rememorar mis estudios. Así que a pesar de que en mi vida he cambiado un neumático, y de que mi chica no se llama Gladys ni por asomo, escribí lo que viene a continuación. El texto excedía con mucho las 150 palabras exigidas como máximo, pero una vez escrito fui incapaz de recortarlo y lo envié íntegro en su totalidad. Sea porque el evaluador se ciñera al aforismo que asegura que lo bueno, si breve, dos veces bueno (máxima a la que se agarran todos los eyaculadores precoces que en el mundo han sido -salvo, tal vez, Baltasar Gracián), sea porque el evaluador se quedara tirado este fin de semana en la carretera y siguiera al pie de la letra mis indicaciones para cambiar su neumático pinchado, lo cierto es que al cabo de un par de días recibí un correo en el que se me informaba de que, desafortunadamente, no había superado el proceso de selección. No importa, ya me ganaré la vida de otro modo. Y para que no se pierda completamente en el olvido, he aquí el texto.

 

“Cómo cambiar un neumático 

No me gustan las bodas, pero la mejor amiga de mi chica había decidido pasar por el altar y finalmente no tuve más remedio que ceder. Se esperaba una mañana radiante, sin embargo las traviesas líneas isobaras nos jugaron una mala pasada, y cuando asomé la nariz por la ventana diluviaba de tal manera que no me hubiera sorprendido ver aparecer el Arca de Noé cabeceando por el horizonte. Mi chica, que se llama Gladys, se pasó con los tranquilizantes la noche previa ante la perspectiva de ser la dama de honor, y necesité un megáfono para despertarla. Por el aspecto de su semblante parecía que le hubieran disparado uno de esos somníferos que utilizan los del National Geographic cuando quieren dormir a un elefante para llevar a cabo algún estudio peregrino que justifique el documental. Incluso me maravillé de que sólo saliéramos de casa con cuarenta minutos de retraso, un detalle sin importancia si se pilota un poderoso Daewoo como el mío. Pero como suele decirse, los problemas nunca vienen solos, y al cabo de un par de kilómetros pinchamos. Lo que según se mire fue una suerte, teniendo en cuenta que los limpiaparabrisas -concebidos quizá para climas más secos- no daban abasto con aquel caudal de agua digno de las cataratas del Niágara. Nunca había cambiado una rueda, pero me dije a mí mismo que no podía ser peor que pasar por la consulta del dentista, y creo que ahí me equivoqué. Sacar todas las cosas que llevaba en el maletero (los sacos de dormir, la tienda de campaña sin terminar de plegar, las incontables latas de atún que siempre llevo por si me baja el nivel de mercurio en sangre, el caga Tió que compré para sorprender a mi sobrino las pasadas navidades y una máquina de coser -¿una máquina de coser?-) y depositarlas cuidadosamente en la cuneta mientras la lluvia empapaba mi esmoquin de alquiler, hizo que me replanteara mi visión del matrimonio. Sólo había un charco en la carretera y, gracias a algún proceso físico con explicación científica y a una hábil maniobra del conductor del coche que nos adelantó, parte del agua sucia que había en él pasó a mi esmoquin que, como no podía ser de otro modo, era blanco. Por suerte, las salpicaduras de barro que amenizaban mi antes impoluto aunque monótono traje apenas llamaban la atención, si se las comparaba con los enormes lamparones de grasa que el seis-en-uno (antes tres-en-uno) me dejó en mangas y pechera. Fue entonces cuando recordé que el anterior propietario me había confesado antes de vendérmelo, que el vehículo carecía de algo sin importancia, gracias a lo cual obtuve una sustanciosa rebaja sobre el precio original. Y en aquel mismo momento, con esa sensación de triunfo que acompaña a todo descubrimiento, caí en la cuenta de que nunca llegué a comprar el gato. Enfurecido conmigo mismo, con los elementos, con el inventor del automóvil y con los dioses levanté la vista de la carretera y ahí mismo, frente a mí, estaba Gladys. Y nunca sabré si lo que rodaban por sus mejillas eran lágrimas o gotas de lluvia”.

El asceta frente al sibarita (Un experimento mental)

  En un comentario a una entrada de este blog, mi amigo Enric me dice que el mejor hotel es su furgoneta, pues puede ponerla donde quiera. Para él, lo más importante es lo que le rodea, no el lugar en el que pasará la noche.

Nos encontramos aquí ante un problema de tintes filosóficos: qué es mejor, un paisaje de postal o un hotel de cinco estrellas. Dos visiones del mundo enfrentadas, el asceta frente al sibarita. Como siempre, todo es cuestión de perspectiva. Hagamos un experimento mental, como diría mi profesor de Filosofía del Lenguaje. Imaginemos un espacio natural de belleza sublime. Hemos llegado hasta allí, no en furgoneta sino a pie, pues no hay verdadero placer en beber sin auténtica sed, ni descanso merecido sin esfuerzo. Nos disponemos a pasar la noche al raso, rodeados de picos nevados y estrellas de constelaciones remotas. Muy cerca, un lago alpino de aguas azul turquesa nos empuja a reflexionar sobre lo efímero y lo eterno, y acerca de la superioridad de la naturaleza sobre cualquier supuesto milagro tecnológico, a pesar de que no vamos a dormir directamente sobre la hierba sino encima de una esterilla de algún material plástico derivado del petróleo, y dentro de un saco de fibra sintética (convengamos en que un saco de plumón sería una desviación peligrosa hacia el sibaritismo en contradicción con los planteamientos más bien radicales del asceta de nuestro experimento mental).

Ahora imaginemos que, debido a sutiles cambios en la presión atmosférica que sólo los meteorólogos son capaces de comprender, la suave brisa que hace un par de horas nos refrescaba agradablemente y secaba el perlado sudor de nuestra frente se convierte en un viento huracanado. Aquel cielo azul de prístina belleza y profundidad insondable se ha transformado en un cielo plomizo y amenazador. Ceñudos cumulonimbos de aspecto realmente severo nos miran desde las alturas como diciéndonos: “te vas a enterar”. Y en efecto, nos enteramos: los primeros copos de nieve no se hacen de rogar, y nosotros nos hemos dejado en casa el microscopio para deleitarnos con la increíble belleza de su geometría fractal. 

Y ahora la gran pregunta: ¿cuánto tiempo tardaremos en lanzar un juramento contra algún poder divino? Yo tardé un par de horas el día que intenté subir al Puigmal por la vertiente oeste y se puso a diluviar nada más meterme en el saco de dormir, todo un alarde de paciencia y comedimiento que haría cabecear de pura envidia al mismísimo Job, el de la Biblia. Me había dejado la tienda de campaña en casa en aras de la ligereza y una mayor comunión con la naturaleza. Y así, naturalmente, llovió. Igual que mi aventura en el Posets. No sólo casi me mato -porque no llevaba crampones y nunca se me había ocurrido pensar que el hielo, cuando alcanza cierta inclinación la superficie sobre la que se ha formado, y en odiosa confabulación con la fuerza de la gravedad, resbala- sino que además me había dejado la linterna en casa porque “yo-nunca-me-pierdo”. Como no podía ser de otro modo, aquella noche me perdí. Uno de los inconvenientes de ir por ahí solo cuando te pasan estas cosas es que no le puedes echar la culpa a nadie, así que me maldije a mí mismo por creerme un Reinhold Messner y hacer oídos sordos al bueno de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. Gracias a mi astucia, y a la luz de mi reloj de pulsera digital, fui capaz de leer el mapa y encontrar el camino, pero los innumerables tropezones que di aquella noche, como diría Kant, me despertaron de mi sueño dogmático.

Así pues, ¿hotel de 5 estrellas o paisaje de postal? Mientras fuera soplaba un viento helado y contemplaba las tonalidades imposibles de aquel cielo crepuscular a través de los enormes ventanales, apoyado en el borde de la piscina climatizada en el piso 11 del Reina Petronila llegué a la conclusión de que la vida es demasiado breve para perder el tiempo en este tipo de decisiones. ¿Por qué no aspirar a todo? Conjunción en lugar de disyunción. Interior y exterior. Continente y contenido. Hotel de 5 estrellas y paisaje de postal. He aquí la respuesta al dilema. Los dioses ya se encargarán de castigar nuestra ambición.

Fin de semana de 5 estrellas (Tercera Parte)

¿Llegaríamos al Reina Petronila algún día, o por lo menos antes de que cerrarán el spa? -me preguntaba a mí mismo mientras negociaba las curvas cercadas con aquel vallado que anunciaba obras faraónicas en Zaragoza y procuraba no perder más tapacubos en el proceso. Otras reflexiones (¿nos quedaremos sin gasolina? ¿debería tirar el GPS por la ventanilla? o ¿por qué las ruedas de un coche resultan tan feas sin tapacubos?) se agolpaban febrilmente en mi estresado cerebro de conductor en una ciudad desconocida y levantada por las excavadoras. Pero, al fin, vislumbramos recortado en el cielo nocturno el altivo perfil del hotel, nuestros corazones sintiendo la emoción del naufrago que, oteando el horizonte, descubre a lo lejos la silueta de un barco (no necesariamente un crucero de placer).

Ahora tocaba aparcar, pero ¿qué es eso para un conductor como yo? Aquí tenemos un vado; ese hueco es demasiado pequeño; vaya, un sitio reservado; mira por donde aquí está prohibido aparcar. Podéis ponerle música a eso, y ya tenemos  la canción de este verano. Pero entonces se hizo la luz en el cerebro de alguno de los dos, seguramente el de Nuria, y alguien -ella- exclamó: ¿pero no tenía parking propio el hotel? Así que allí estábamos, enfilando la rampa del aparcamiento subterráneo que parecía abrir sus fauces junto al hotel. 

Aparcamos junto a una columna y sólo eran las 8 de la noche. No estaba mal, teniendo en cuenta que habíamos salido a la una y media del mediodía (sí, de ese mismo día). Aún podíamos aprovechar casi una hora de spa. Con ese pensamiento latiendo en nuestros corazones subimos al hotel y entramos en el hall. Naturalmente, yo no sabía lo que era el hall de un hotel hasta que entré en el Reina Petronila. Alfombras mullidas que confieren esa ingravidez reservada únicamente a los entusiastas de los cinco estrellas o a los astronautas, la intimidad de las luces indirectas, una decoración estilosa… Y espacio vacío, mucho espacio vacío. Sin olvidar el factor humano. El recepcionista me trata con tanta deferencia cuando llegamos al mostrador que lo primero que pienso es que me ha confundido con algún descendiente de la familia Onassis, o con algún crítico de la Guía Michelín.

Por desgracia, el parking donde he dejado el coche no es el del hotel, sino que pertenece al centro comercial adyacente. El recepcionista, solícito, me entrega un vale con el cual, antes de que transcurra el razonable periodo de una hora, puedo sacar mi automóvil sin ningún gasto adicional para acto seguido aparcarlo en el aparcamiento privado del hotel, que está junto al del centro comercial. Todo esto me suena a música de harpas y, tras el protocolo de rigor, nos disponemos a dejar el equipaje en nuestra habitación. Aunque no voy a permitir que una mujer, por muy botones que sea, arrastre mi maleta hasta la puerta de nuestro aposento. Nuria me lanza algunas miradas láser que podrían descodificarse como “eres un palurdo sin clase” pero logro esquivarlas con habilidad y pericia.

Al entrar en la habitación caigo en la cuenta de que toda mi riqueza léxica es insuficiente para describirla, pues habría que crear una nueva palabra que uniese el significado de dos conceptos aparentemente enfrentados entre sí: “suntuoso” y “funcional”. La cama es tan ancha que se podría dormir en ella a lo ancho, y la promesa de rituales nocturnos que poco o nada tienen que ver con el sueño, hace que zonas de mi anatomía que parecían aletargadas por el estrés que supone todo viaje en carretera de largo recorrido, despierten con vigor y entusiasmo renovados.

Enardecido por semejantes visiones le digo a Nuria que voy a sacar el coche del aparcamiento del centro comercial Aragonia y llevarlo al del hotel. Con un elegante  arqueo de cejas que es su marca de clase cuando pretende ironizar, me deja caer un “¿serás capaz?” ante lo cual sólo puedo lanzarle mi sonrisa de bond-james-bond que la obliga a replantearse su visión del mundo.

Siguiendo las concisas instrucciones del recepcionista valido mi tarjeta del hotel,  saco mi Daewoo del aparcamiento y salgo de nuevo al exterior. Doy una vuelta a la enorme manzana, enfilo la rampa del nuevo aparcamiento, llego hasta la barrera y me doy cuenta de que me encuentro exactamente en el mismo sitio de antes. ¿Estamos ante un remake en versión española de “Atrapado en el tiempo”? La autosuficiencia de mi sonrisa jamesbondiana comienza a esfumarse de mi cara cuando aparco en el primer sitio que encuentro, salgo del coche a toda prisa en busca de la máquina donde pagar el minuto que llevo ahí y volver a largarme y, sin ver la puerta con célula fotoeléctrica que me separa del cajero automático, me estampo contra la sólida transparencia del cristal como si fuera un dibujo animado y no el hombre de mundo que pretendo ser.

Con la nariz enrojecida y el labio superior tan hinchado que me siento más simiesco de lo habitual llego a la recepción del hotel, mis brazos levantados en señal de rendición. El recepcionista se ofrece a aparcar el coche en el aparcamiento del hotel,no faltaba más, pero he abandonado mi Daewoo a su suerte en algún lugar de las cercanías y finalmente la joven que hace de botones accede a acompañarme. El brillo y esplendor de mi abrigo de corte clásico y mi americana de diseño parecen apagarse en cuanto la chica descubre que no he llegado hasta allí en un Aston Martin, y el hecho de que el maldito motor se me cale dos veces seguidas antes de volver al tráfico rodado tampoco resulta de gran ayuda. Por fin llegamos al aparcamiento del hotel. La joven se ofrece para ayudarme a llevar hasta la habitación algunas cosillas que han quedado en el maletero, pero tampoco es cuestión de que vea que hemos traído hasta leche de soja del Mercadona: mi credibilidad, algo maltrecha hasta el momento, podría quedar herida de muerte. Y cuando finalmente Nuria y yo accedemos al burbujeante jacuzzi ya sólo quedan diez minutos para que cierren la zona de spa, pero qué diablos, estamos en un cinco estrellas.

Fin de semana de 5 estrellas (Segunda parte)

Hay algo en el acto de desplazarse de un lugar a otro que tiende a provocar un cambio en nuestro espíritu. Soy consciente de que se trata de algo psicológico, que los problemas son lo primero que empaquetamos al hacer la maleta,  y que el mero desplazamiento no nos librará de ellos, salvo, tal vez, que el fuego esté devorando nuestra casa. Pero si tengo que escoger entre un hotel de Barcelona, donde vivo, o de cualquier otro lugar para para pasar un fin de semana romántico, elegiré siempre el de una ciudad nunca antes visitada. Lo sé, coger el coche no es ecológico, pero el AVE es extremadamente caro, el avión me cansa con sus horarios estrafalarios, sus soporíferas colas y sus encargados de seguridad omnipotentes, y el barco no es una opción siempre disponible por motivos geográficos. ¿Y qué decir de esa sensación de vuelta a la infancia que nos envuelve cuando nos perdemos en una ciudad desconocida?

Así que ahí estábamos, Nuria y yo, a bordo de mi poderoso Daewoo, “Where the streets have no name” de U2 resonando a través de los altavoces del equipo de audio como un canto a la libertad. Y hubiera sido un viaje idílico, pero la carretera nacional que une Lérida con Zaragoza estaba cortada -agentes de la benemérita con cara de pocos amigos dándonos la buena nueva con imperiosas gesticulaciones- y la caravana de camiones que nos comimos provocó una bajada en nuestro promedio de velocidad que amenazó con acercarnos peligrosamente a cero. Debería haber cogido la autopista, lo sé, pero decidimos reservar todo el lujo para la estancia en el hotel.

En la entrada a Zaragoza, cómo no, mi GPS me hizo una jugarreta -otra más- y tomamos la salida que no era. Un detalle inane en realidad, si la maldita maquinita no me la hubiera vuelto a jugar en la siguiente bifurcación. No me cabe la menor duda: una de las pasiones de mi estúpido GPS es recalcular. Le fascina todo el proceso, con sus porcentajes in crescendo y la pantalla como idiotizada. Sí, le fascina recalcular. Le resulta orgásmico. Y a mí me saca de quicio. Pero yo era un hombre con una misión: llegar al Reina Petronila antes de que cerraran la zona de spa. ¿Para qué pagar por un 5 estrellas si luego te pierdes toda la diversión?

  La visión por fin de Zaragoza patas arriba me tranquilizó. Las obras del tranvía parecían haber erosionado la epidermis de la ciudad y mi GPS se volvió loco de tanto recalcular. Como si le hicieran falta excusas. Ora, cual Tierra Prometida, veía la ansiada banderita de llegada en su pantalla, ora desaparecía. Más que perdernos hicimos un tour turístico. No había dado tantas vueltas desde que me subí a un tiovivo, hace ya algunos años. Y ni siquiera vi esa especie de Muro de Berlín, ese Telón de Acero que alguna luminaria del ayuntamiento ha decidido colocar para separar la calzada del carril bici.  Nuria pensaba que habíamos reventado rueda, pero mi aplomo al volante y mi rostro a lo Daniel Craig revelando su impecable escalera de color en “Casino Royale”, le devolvieron cierta regularidad a sus constantes vitales. Y sí, de acuerdo, perdí el tapacubos de una de las llantas, una cicatriz más en mi poderoso Daewoo, ¿pero qué es eso para un coche curtido en mil batallas?

Continuará…..


Fin de semana de 5 estrellas (Primera Parte)

Mi relación con los hoteles ha sido, como el resto de mi vida, curiosa. Hasta hace sólo un par de años no había pisado jamás un hotel. Sí un hostal, varias pensiones,  algunos albergues y refugios de montaña, y alguna que otra tienda de campaña, pero nunca un hotel. ¿El lujo? No, el lujo no estaba hecho para mí. Yo era un tipo duro, un ex boina verde, un asceta, un eremita. Cuando salía a la montaña mi lecho era la verde hierba, mi techo el cielo estrellado. Estuve viajando por Europa con el Inter Raíl el verano que cumplí veintitrés años y los youth hostels y los trenes nocturnos se convirtieron en mis lugares habituales para pernoctar. 

Pero la vida es cambio, como dijo Heráclito. Y tras veinte años de vegetarianismo, más de seiscientos libros, miles de kilómetros de carrera a pie y  dos decenios de abstinencia sexual, se produjo lo que parecía imposible. Un coche me atropelló y mi vida dio un giro copernicano. Y de eso trata mi novela “Asquerosamente sano”. El tránsito de aquel universo solitario y frío al mundo actual fue un salto en el abismo. Largo y arduo es el camino que conduce del infierno a la luz. Son palabras de Milton. Y no se equivocó. 

Mi primera estancia en un hotel fue en agosto de 2009. Pertenecía a la cadena Guitart y posiblemente era el peor que tenían. Estaba ubicado en Lloret de Mar y poseía esa sordidez característica de los hoteles baratos del litoral mediterráneo. Me tienta decir aquí que era kitsch pero eso lo acercaría pretenciosamente a alguna forma de arte, de modo que lo dejaremos en simplemente cutre. Compartí aquella noche con mi amigo Jordi. Luego he estado en muchos hoteles, pero nunca con un hombre, y nunca sólo. Si tenéis cierta curiosidad al respecto, os sugiero que le echéis un vistazo a mi perfil de tripadvisor: www.tripadvisor.es/members/jurgen64 Sólo tenéis que darle al ratón sobre “Aportaciones”, debajo de mi foto en mi perfil. Ahí están todas las críticas desde mayo de 2011. Antes de eso no conocía tripadvisor y es imposible escribir ahí acerca de un hotel cuya estancia se retrotraiga en el tiempo más allá de un año. Mi última reseña (“El arte de la improvisación: aún hay vida más allá de la red”) mereció una respuesta por parte de la dirección del Sunway Playa Golf Hotel & Apartments, de Sitges, un detalle poco común. Pero la anterior (“Una noche mágica”), sobre una estancia en el Port Sitges Resort, tampoco está mal. Incluso recibí los parabienes de mi crítico amigo Melchor, antropólogo y viajero impenitente.

Pero basta ya de ponerme medallas. Estábamos en el Guitart versión low cost. Supongo que el hecho de que Jordi fuera un especialista en Spinoza y yo hubiera leído algún libro sobre los filósofos estoicos nos ayudó a pasar la noche de un modo menos traumático.  De todos modos, me alegro de haberme iniciado en el estrellado firmamento del universo hotelero a través de un dos estrellas en Lloret. Nunca se debe comenzar la comida por el postre. Lo que nos lleva al fin de semana pasado en el Reina Petronila. 

Nuria y yo queríamos celebrar nuestro segundo aniversario de una forma especial, así que estuvimos navegando por la red independientemente, aunque conectados vía teléfono móvil, mientras nuestros respectivos ratones se caldeaban y nuestros ojos comenzaban a ponerse acuosos de tanta pantalla y tanto leer la palabra “oferta” (quizá uno de los vocablos más usados en la historia de internet). No sé en qué momento surgió la peregrina idea de pasar el fin de semana en un cinco estrellas. Tampoco estoy muy seguro de quién tuvo la audacia de hacer semejante sugerencia, pero en un punto determinado de la noche del miércoles el deseo de un hotel lujoso se hizo fuerte en nuestros corazones. 

Sin embargo, en el más puro estilo victoriano, dejaremos el resto del relato para mañana….

Tarde de compras

Esos días de invierno en los que el viento helado sopla como si quisiera apagar las velas de un cumpleaños milenario y el cielo plomizo parece limitar el horizonte y las promesas de futuro pueden llevarnos inadvertidamente a plantearnos preguntas fundamentales del tipo de “¿para qué vivir?”, sin darnos cuenta de que la respuesta se halla más cerca de nosotros de lo que jamás hubiéramos sospechado: ¿por qué no hacer unas compras en esa cadena de supermercados cuyo nombre  rima con “Barcelona”? 

Sí, por qué no. Así que allí estábamos nosotros, Nuria y yo, con la ilusión contenida de un niño a las puertas de una juguetería poco antes de Navidad. El aire acondicionado, que es la marca de clase de la cadena, nos envolvió con su arenosa calidez subsahariana mientras nos miramos con la certeza de que habíamos hecho la elección adecuada. Tras conseguir un carro, pues la idea era hacer la compra de dos semanas y luego encargar el transporte en furgoneta hasta casa, entramos en aquel paraíso del consumo a precios supuestamente asequibles. ¿Cómo expresar aquí la dicha que amenaza con embargar al consumidor medio ante semejante despliegue de bienes perecederos?  O el placer de surcar sus bien abastecidos pasillos (habiendo pasado antes por la sección de perfumería para rociarnos con alguna colonia barata) mientras cedemos educadamente el paso a la encanecida ancianita, acariciamos la coronilla del niño mofletudo y nuestra vista divaga entre distintas clases de fajitas y salsas para burritos, pizzas multicolores o inimaginables variedades de verduras congeladas, procurando no chocar con otros carros, lo que no siempre es posible, y puede dar lugar a emocionantes episodios con roturas de huevos o vertidos de aceite dignos de ser inmortalizados con la cámara del móvil. 

Pero todo lo bueno tiene un final, y allí estábamos nosotros esperando nuestro turno en la cola que engañosamente parecía más corta, nuestro carro cargado hasta los topes. Mucha gente se desespera en las colas de esta cadena de supermercados, sin ser conscientes de que suponen una excelente oportunidad para poner a prueba nuestra paciencia, como modernos imitadores del bíblico Job. Yo, por ejemplo, ya había empezado a templar la mía cuando intenté averiguar las franjas horarias del reparto a domicilio, sin sospechar que aquello podía ser material clasificado. La idea original era que trajeran la compra a partir de las 7 de la tarde del día siguiente.Tuve que repetir mi pregunta a dos empleados, que a su vez tuvieron que consultar ordenadores y llamar telefónicamente a algún oráculo que respondió que “aquí no se hacen milagros”. Una lástima, pues los milagros siempre resultan estimulantes.

Los repartos por la tarde eran de 3 a 5 o de 6 a 8, es decir, a cualquier hora dentro de esas franjas. Si nos iba bien, bien, y si  no también. Todo un lecho de Procustes, pensé para mí mismo. Cuando por fin llegó nuestro turno en la caja registradora el empleado, al enterarse de que queríamos domiciliar la compra, nos advirtió consternado que debíamos pasar por otra caja. No sé por qué me vino a la cabeza la imagen de Kafka babeando de gusto y placer anticipatorio. Nos trasladamos a la caja señalada y nos dispusimos a hacer cola de nuevo. Por suerte para la economía global, la pareja que nos precedía había cargado el carro como si quisieran abastecerse antes de un cataclismo nuclear. Algunas especies de insectos tienen una esperanza de vida más corta que el tiempo que la cajera necesitó para cobrar la cuenta. Luego, increíblemente, llegó nuestro turno. Por fortuna, si domicilias la entrega no necesitas sacar los artículos del carro. Personal               especialmente preparado para ello lo hará más tarde con diligencia y esmero, mientras que el cliente, como tratado con algodones, sólo tiene que hacer el esfuerzo de sacar la tarjeta de crédito y responder algunas preguntas rudimentarias. Pero estaba escrito en alguna parte que aquél no era nuestro día, y la cajera se vio en el duro deber de informarnos acerca de la hora (las 20:35) y la imposibilidad de dejar ahí mismo el carro lleno a partir de las 20:00. Miré mi Rolex de imitación para constatar que, en efecto, eran las 20:35. Obedientemente, como corderillos bien guiados, nos dispusimos a vaciar todo el contenido del carro colocándolo en la cinta transportadora para que la cajera escaneara cada artículo, uno por uno, lo que llevó su tiempo. Después volvimos a colocarlo todo en el carro con cierto cuidado y Nuria se dispuso a pagar, pero antes la cajera le preguntó su dirección. Al oírla arrugó la nariz y sacó de alguna parte una carpeta. Mi parte kafkiana -cómo decirlo- comenzó a experimentar esa sensación indefinible que antecede al clímax. Fue entonces cuando la cajera nos dijo que no podían repartir a domicilio aquella compra: estábamos dos calles por encima del límite. Hubo un cruce de palabras que no llegué a oír y entonces Nuria dijo que ahí se quedaba el carro con toda la compra. ¿Cómo?- musité yo-, la respiración entrecortada, mi musculatura tensándose al tiempo que mi piel empezaba a adquirir un preocupante tono verdoso… Nos vamos con el carro- y al decir esto miré a la cajera como un profesor de geografía miraría a sus alumnos al decir que la Tierra gira alrededor del Sol. La cajera dijo que aquello no estaba permitido pero que miraría para otra parte, lo que de hecho hizo, estudiando la pared de su izquierda como si aquella tarde la dirección de la cadena de supermercados cuyo nombre no quiero recordar, en una pirueta de marketing creativo y tras arduas conversaciones con el Rijksmuseum o el Minneapolis Institute of Arts, hubiese decidido colocar allí algunos lienzos célebres, La ronda de noche, de Rembrandt, tal vez, o algún paisaje tahitiano de Gauguin. Incluso recuerdo que recé para que el tipo de seguridad estuviera en la puerta. Me apetecía un poco de, no sé… contacto físico, pero no hubo suerte. Y así salimos de  la cadena de supermercados que rima con “testosterona”.

Y, podéis creerme, no hay nada como mover Paseo de San Juan arriba un carro lleno para combatir el frío, Nuria subida al estribo con los brazos abiertos y yo empujando desde atrás con tanta fuerza que el viento mecía su dorado cabello y yo me sentía como Leonardo sujetando a Kate en la proa del Titanic. En serio, valió la pena.

ASQUEROSAMENTE SANO

“Asquerosamente sano” es el título de una novela aún no publicada. Su autor, Jorge Romera, es el mismo que escribe estas líneas y ya empieza a cansarse de hablar de sí mismo en tercera persona como si fuera un megalómano o un tipo endiosado, lo que (todavía) no es el caso.  Así que me permitiréis que me pase a la primera persona en aras de la modestia comunicativa, no necesariamente falsa.

Si escribir una primera novela no es fácil, publicarla parece una gesta inalcanzable. Por eso he decidido comenzar este blog, como una especie de plataforma en la que darme a conocer, así como un modo de calmar mis ansias por escribir. 

Espero que este blog sea una oportunidad para comunicarme con potenciales lectores de mi novela, darle un empujón  y divertirnos todos juntos en el proceso.