Somos lo que comemos (¿o no?)

Al final aceptó la invitación. No tuvo más remedio. Su última excusa -la muerte de su madre- empezaba a vislumbrarse algo lejana en el tiempo, y se había quedado ya sin parientes por el mero abuso de este eficaz aunque limitado método de postergación. Era dolorosamente consciente de que su renuencia a aceptar las continuas invitaciones a cenar por parte de su jefe comenzaba a atentar contra la etiqueta que toda persona de bien debe siempre respetar. ¡Maldita sea! Inmediatamente se reprendió a sí mismo por tener pensamientos impuros. Aunque, ¿acaso la mentira no lo era?

Así que cuando su jefe, aquel capitán de empresa, filántropo y pilar de la comunidad, James Fitzgerald, Jim para los amigos, le propuso acudir a cenar en su ático de Park Avenue por enésima vez, no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer. 

Mientras se encaminaba a casa de su jefe recordó fragmentos de la conversación mantenida el día anterior. ¿Le habría quedado suficientemente claro su condición de vegetariano que, además, seguía una estricta dieta macrobiótica? Estuvo a punto de darle esta crucial información por escrito, pero eso hubiese despertado las suspicacias de Mr. Fitzgerald, Jim -¿cómo diablos iba a llamar por su nombre de pila a un tipo cuyo despacho era más grande que la Capilla Sixtina y más o menos igual de decorado?- . Para colmo el bueno de Mr. Fitzgerald, Jim, se tenía por poco menos que un lince. ¿Y qué si tenía un MBA por una universidad de la Ivy League? Le daban ganas de ir un día a su despacho y exponerle el Teorema de Incompletud de Gödel en aquella pretenciosa pizarra que ocupaba toda una pared y reservaba para sus estúpidos «brainstormings», sólo por el placer de ver qué cara se le ponía.  ¡Joder! Se recriminó una vez más a sí mismo por usar expresiones soeces, aunque fuese sólo de pensamiento. Había hecho grandes progresos desde que se hiciera vegetariano, por no hablar ya de la dieta macrobiótica, que le catapultó a las alturas siderales del equilibrio entre el Yin y el Yang.

Salió a recibirlo el mismo Mr. Fitzgerald, Jim, apestando a aquel after shave barato capaz de anestesiar a un rinoceronte adulto. ¿De qué servía ganar millones si luego eras incapaz de comprarte un after shave decente? Le aseguró que había dado la noche libre al servicio en aras de una mayor intimidad. ¿Una mayor intimidad? Tuvo que carraspear fuerte y adoptar una pose a lo John Wayne para dejar patente su condición de hetero, por si acaso. Luego pasaron al salón, y nada de bebidas espirituosas, por favor, por mucho que puedan proceder de la destilación de cereales. 


-¿Un gin tonic?- interrogó Mr. Fitzgerald- es muy Yin… 

Mr. Fitzgerald rió casi imperceptiblemente. Menudo cretino. Y encima se permitía juegos de palabras con algo tan serio y profundo. Detuvo esa corriente de pensamiento en seco. ¿De qué servía toda aquella dieta purificadora si luego no era capaz de encajar una pequeña broma? El equilibrio lo era todo. 

-Gracias, Mr. Fitzgerald, Jim, pero soy abstemio.

-¿Un cigarrillo, pues?

-Gracias, no fumo. Creía que ya lo sabía.

-¿No bebe, no fuma? ¿Tampoco nada de lo otro?- Y al decir esto Mr. Fitzgerald emitió una breve risita e hizo un gesto con la mano que no dejó ningún margen a la duda.

Comenzó a preguntarse si la única motivación de esta cena por parte de Mr. Fitzgerald era poner a prueba su estatura moral, el vertiginoso nivel espiritual alcanzado tras años de disciplina y abstinencia. Entonces, sobre una mesa disimulada tras un biombo, pudo ver la cena que le aguardaba: langosta, caviar, ostras crudas y algo asado que muy bien podría ser faisán. Mr. Fitzgerald aguardó unos segundos, flemático, y cuando la cara de su invitado comenzó a adoptar un tono rojizo anunció que todo era un lamentable error, que había olvidado que le había dicho el día anterior que era vegetariano. ¿Y ahora tenía que comerse todo aquello? ¡Años de esfuerzo y renuncia tirados por la borda por un error! Aquello había sido planeado, era una conjura en toda regla.  Pero estas oscuras reflexiones se disolvieron como volutas de humo en la noche en cuanto la puerta del comedor se abrió de par en par. En la nueva mesa, adornada con sobriedad  ascética, sólo había alimentos que un explorador espiritual riguroso aceptaría llevarse a la boca. Sopa de verduras con shiitake y daikon, sopa de miso, tempeh, seitán… ¿Y qué era aquello? ¿Alga kombu?

-Querido amigo, tendrá que perdonarme. He tenido que improvisar esta cena en apenas una hora.

Respiró aliviado. Todo había sido fruto de un malentendido y, quizá, del peculiar sentido del humor de Mr. Fitzgerald, Jim. Hablaron de la renuncia a comer animales muertos, de la falta de ética del ser humano, de la dieta macrobiótica, del equilibrio entre el Yin y el Yang, de la influencia de la alimentación en la percepción de la realidad. Y bebieron té Mu, elaborado con una combinación de dieciséis plantas nada menos. Luego, a la hora del postre, Mr. Fitzgerald trajo de la cocina una bandeja con unos deliciosos bizcochos caseros. Y sí, eran deliciosos, tuvo que reconocer su invitado. Aunque la cena, a pesar de su perfecto equilibrio, le había dado algo de sed. No hacía falta que Mr. Fitzgerald, Jim, le trajera una jarra de agua mineral. Él mismo se levantó y se dirigió a la cocina, feliz por el curso que habían tomado los acontecimientos, mientras su jefe apoyaba su espalda en el respaldo de la silla y esbozaba una sonrisa burlona. Fue en el suelo de la cocina, mientras bebía con delectación un vaso de agua fresca, donde vio el celofán que supuestamente recubría uno de aquellos deliciosos bizcochos caseros. Lo recogió del suelo por educación y leyó su composición por pura curiosidad. «Puede contener trazas de frutos secos, productos lácteos y pescado». Luego dejó el vaso sobre el hermoso mármol y salió de la cocina, el frío acero de la hoja del cuchillo destilando equilibrio y entendimiento.

Jorge Romera Pino

Barcelona, mayo de 2012

Ser famoso o no serlo. El nuevo dilema hamletiano.

Desde que podía recordar, siempre había querido ser famoso. Siendo un niño se pasaba las tardes del sábado y del domingo en los cines de barrio cercanos a su casa, viendo sesiones dobles mientras se metía en la piel de los personajes que interpretaban Humphrey Bogart, Kirk Douglas o Burt Lancaster y devoraba palomitas como si no existiera un mañana. Ahí estaban el hoyuelo de Kirk y su fisonomía rocosa desbordando ambición y seguridad en sí mismo. O el bueno de Humphrey, con su mirada melancólica y sus ojos soñadores.

Los actores fueron cambiando con el paso de los años, pero no su sueño de llegar a ser un día tan famoso como ellos. La vida, sin embargo, no siempre es como uno quiere, y en lugar de convertirse en actor acabó siendo conductor de metro. Incluso ser empleado de pompas fúnebres era más glamuroso que aquello, al menos siempre existe la posibilidad de asistir al entierro de un famoso. Pero ser conductor de metro… ¡Diablos! Hasta conducir un autobús era mejor. Por lo menos algún viajero habitual terminaba saludándote de vez en cuando. 

Luego llegaron los reality  y todos aquellos programas del corazón, y se subió al carro. Cuando no era Fulanita pidiendo el divorcio a Menganito, además de unos cuantos millones de euros en concepto de compensación económica, era Zutanito haciendo lo propio con Zutanita para, inmediatamente después, irse a las islas Caimán con aquella modelo tan esbelta como una escultura de Giacometti. Vaya vida se pegaban los famosos. Y sus fantasías no se reducían a conducir un Porsche escoltado por una valquiria rubia, cenar en restaurantes de moda, vestir ropa de diseño, bañarse en Chanel (pour homme) y navegar a bordo de un velero cerca de la costa para que los paparazzi le pudieran fusilar con sus benditos flashes. No. Quería más, mucho más. Codearse con la flor y nata de la jet set, ser invitado a la puesta de largo de las hijas de la nobleza, beber Dom Perignon con el inquilino del Elíseo, irse de cacería con el rey. Se imaginaba a sí mismo en las portadas de las revistas, su lifteado rostro en papel satén, y podía tener un orgasmo. ¡Joder!

Pero lo que más deseaba, lo que ansiaba por encima de todo… era que las jovencitas suspirasen por él. Soñaba que legiones de quinceañeras le perseguían, le pedían autógrafos, lloraban, gritaban su nombre, se volvían histéricas, se desmayaban. John, Ringo, Paul y George en una sola persona: él mismo. Y si la beatlemanía había constituido todo un fenómeno, él quería tener el suyo propio. Y lo ansiaba con toda su alma.

Siendo esto así, ¿resulta extraño que una noche -en ese momento brumoso  entre la vigilia y el sueño en el que las cosas del mundo real se vuelven vaporosas e inciertas, y las cosas más irreales se tornan evidentes- el diablo se le apareciese con una oferta que difícilmente podría rechazar? 

Y no era un ser extraño de miembros finos y alas de dragón como el diablo que se le aparece a San Agustín en la pintura de Michael Pacher. Después de todo, su parecido con el bueno de Agustín («Señor, hazme casto y puro, pero todavía no») era nulo: él ya estaba más que harto de ser casto y puro. No, su demonio se le apareció en la forma de Al Pacino. ¿Y qué tenía eso de raro? Le propuso un trato ventajoso: sería famoso por un día. Luego, la muerte inmediata y la eterna noche infernal. 

Cuando despertó se sintió exhausto, como si hubiesen pasado días, tal vez meses o años desde que se fuese a dormir, y al entrar en el cuarto de baño y mirarse en el espejo sintió de lleno el impacto de lo extraordinario: se había transformado en… Brad Pitt!!! Se duchó y se vistió con sus mejores ropas, su corazón desbocado por el placer anticipatorio, y se dispuso a salir a la calle. ¿Para qué molestarse en desayunar? No podía dejar de mirarse en los espejos, y el del ascensor fue el último antes de cruzar el umbral de la puerta que daba entrada al edificio en el que vivía. Se sentía nervioso, ansioso, expectante. Se sentía feliz y más vivo que nunca. Le esperaba un baño de multitudes. Le esperaba la fama. Pero al pisar la calle descubrió que todo el mundo andaba cabizbajo, sin reparar en él ni, a decir verdad, en nadie más. En todo ese tiempo que había permanecido dormido había surgido un nuevo concepto de comunicación. Acababa de nacer el WhatsApp.

 10 de mayo de 2012

Jorge Romera 

Memorias de África

Nunca había estado en aquel banco, pero el cajero de la sucursal de su barrio le confesó en tono profesional, e incluso didáctico, que allí no podían suministrar semejantes sumas en el acto. Así que volvió a su casa, vistió a su madre, subieron al maltrecho Daewoo y se dirigieron a la central.

Tuvo suerte con el aparcamiento, si se le puede llamar tener suerte al hecho de verse obligado a pagar casi tres euros por dejar el coche estacionado en plena calle, pero ya había asumido que vivía en una sociedad de borregos. De modo que salió del coche, insertó obedientemente las monedas en el parquímetro y dejó el trozo de papel con la hora marcada bien visible en el salpicadero.

Cogió a su madre del brazo y cruzaron despacio la calle, el cuello de la gabardina levantado mientras la lluvia empezaba a caer con fuerza. El vigilante de seguridad apostado en la entrada saludó a la anciana a la vieja usanza, tocándose la visera de la gorra. Por fortuna todavía quedaba gente educada. En el interior del edificio, que pertenecía por entero a la entidad bancaria, otros vigilantes de seguridad armados con revólveres miraban con ojos de Argos a todo aquel que entraba. Hacía mucho que los vigilantes armados habían desaparecido de las sucursales bancarias y cajas de ahorros, pero estaba claro que aquí aún sobrevivían las viejas costumbres.

Se pusieron a la cola, su anciana madre siempre asida a su brazo. Estaban ahí para sacar los ahorros de toda una vida, aquel dinero que la mujer había logrado ahorrar limpiando casas desde que el marido desapareciese para siempre con el viejo ardid de ir al estanco a comprar tabaco. Su pensión, ya de por sí escueta, había sido reducida a la mínima expresión a base de tijeretazos perpetrados aquí y allá por un gobierno que empezaba a parecerse a un parvulito en la clase de trabajos manuales. Él había dejado un trabajo basura harto de que no le pagaran la mayor parte de los meses, y de que cuando le pagaran sólo fuera a razón de cuatro euros la hora. Soñaba con escribir una novela y hacerse rico, pero cuando por fin la terminó se estrelló contra el inexpugnable telón de acero del mundo editorial. «En este país la cultura no vende, hágase conductor de ambulancias», le aconsejó un viejo profesor de sus tiempos universitarios.

Los clientes parecían estar pegados a la ventanilla del cajero, absortos como si les estuvieran echando las cartas del Tarot. Y hablar con su madre era inútil, hacía años que padecía la enfermedad de Alzheimer. Dejó que su cerebro divagara sin rumbo fijo, como un tronco arrastrado por la corriente de un río, hasta que las aguas le llevaron a África. Fue su último viaje. Decidió quemar las naves, gastarse el poco dinero que le quedaba del miserable subsidio de desempleo. Tal vez de esa forma encontraría la inspiración que necesitaba para terminar su novela. Allí fue testigo de crepúsculos y amaneceres como nunca antes había visto, escuchó lenguas ininteligibles y descubrió el verdadero significado de la miseria. Cómo un continente tan rico podía ser tan sumamente pobre se alzó ante él como una grotesca paradoja hasta que comprendió que la paradoja no era tal. La explicación se escondía, como siempre, en la innata maldad del ser humano. Había estado leyendo el Leviatán en el barco que le llevó hasta las costas de Argelia y nunca le pareció más certera la frase de Hobbes: «el hombre es un lobo para el hombre».

Recordó la calurosa noche en que conoció a aquel muchacho. Fue su insistencia la que terminó por llamarle la atención. Siempre había considerado la práctica de pedir limosna como la más absoluta negación del ego, el último peldaño en el descenso a los infiernos de lo humano, y se negó a soltar ni una sola moneda. Pero aquel niño no quería limosna, o al menos eso entendió él cuando el pequeño le sostuvo la mirada con orgullo.

Le llevó fuera del cochambroso poblado como si conociera cada piedra y cada hoyo del camino de memoria, hasta que llegaron a un lugar apartado y se puso a escarbar en la tierra con sus pequeñas manos como un perrillo que hubiese escondido allí su hueso favorito.

El vigilante que antes estaba en la puerta entró a calentarse un poco y se apiadó de aquella pobre anciana agarrada al brazo del tipo de la gabardina, seguramente su hijo, como si fuese el último objeto flotante de un naufragio. Era una vergüenza que nadie le ofreciese una silla. Pero él no podía hacer nada para remediarlo y se limitó a dedicarle una sonrisa. La anciana pareció devolverle la sonrisa, o quizá sonriera siempre como si se tratara de una mueca perenne. El hijo se quedó mirándolo fijamente con aquellos ojos hipnóticos mientras se desabotonaba la gabardina, como si tratara de decirle algo, pero ¿qué? Y cuando quiso reaccionar era ya demasiado tarde. El frío metálico del kalashnikov absorbió todo lo que había a su alrededor, como un gran agujero negro.

Jorge Romera

 abril de 2012

Diálogo nocturno con tintes anacrónicos

"Nighthawks", Edward Hopper, 1942

«Nighthawks», pintado por Edward Hopper en 1942

-¿Vienes mucho por aquí?- le preguntó él con fingido aplomo.

-¡Por Dios!- exclamó ella con una risa que pretendía ser cantarina y le salió algo ronca. ¿Cuántas veces se había propuesto dejar de fumar?

-¿He dicho algo gracioso?

-¿De dónde sales, cielo? Ya nadie pregunta cosas así. Se nota que hace tiempo que no intentas ligar. ¿Cuál iba a ser tu siguiente pregunta, si estudio o trabajo? Te contestaré a las dos: vengo mucho por aquí porque trabajo aquí.

-Disculpa, no pretendía ofenderte- farfulló él, su supuesto aplomo derritiéndose como mantequilla en una sartén caliente.

-Tranquilo, no es eso. Es que simplemente me ha hecho gracia. La otra noche un tipo cogió un cubito de hielo de la cubitera, lo dejó caer frente a mí y lo destrozó con el tacón de su bota. Luego puso cara de Bogart y me dijo: «ahora que hemos roto el hielo podrías decirme cómo te llamas, nena». Y no hubiera estado mal, si no hubiese visto ya el mismo numerito varias veces. Creo que circula por ahí en un manual de seducción para memos.

-Bueno, yo…

-Llámame Airune.

-Pero ése es tu alias en el sitio web en el que nos hemos conocido.

 -Cierto, pero para una primera cita ya está bien. ¿Debería llamarte yo a ti «príncipe_de_la_noche»?

-Hay tanta gente metida en estas páginas de contactos que encontrar un alias decente es prácticamente imposible. Puedes llamarme Andrés.

-Y bien, Andrés, estuviste algo parco en los dos o tres chats que mantuvimos. ¿Eres siempre tan lacónico? ¿Es ésta tu primera cibercita? ¿Vas a contestar sólo en presencia de tu abogado?

Andrés sonrió con timidez, como si el exceso de público allí presente le intimidara, un detalle que no escapó a la fina capacidad de observación de Airune.

-No te preocupes, cielo. Ese cliente se irá dentro de diez minutos, o su mujer vendrá a buscarlo con la maza y el mortero de mármol de su cocina. Conozco bien a mis parroquianos. Y en cuanto al barman….  ¡Bertie, ya puedes irte a casa. Esta noche cerraré yo!

Andrés pareció relajarse. Estaba realmente pálido. Pero esperó a que el  último cliente apurara su copa y pagara, y a que Bertie se despidiera de Airune hasta el día siguiente para continuar con la charla.

-Lo siento, soy algo tímido, ya te habrás dado cuenta.

¡¡¡Noooo!!! Y, chico, deberías tomar más el sol y comer zanahorias de vez en cuando. Eres guapo, pero pareces un cadáver. ¿Eres fotofóbico o algo por el estilo?

-Bueno, ya te conté en el chat que padezco alguna fobia. Y no soy fotofóbico. Tengo miedo a contraer un cáncer de piel, o peor aún, un melanoma maligno.

-Vaya, maligno, con ese adjetivo de acompañante no puede ser nada bueno. ¿Alguna otra fobia de la que deberías informar a una damisela?

-Verás… esto no es fácil para mí. Ya te dije que llevo varios años sin mantener relaciones… sexuales. Hace mucho tiempo que tengo una especie de fobia a contraer el SIDA.

-¿Y para qué crees que sirven los preservativos?

-Pero ya en la caja advierten que no son infalibles al cien por cien contra las enfermedades de transmisión sexual.

-Esto es la vida, chico, no existen garantías.

-Lo sé, aunque tú me confesaste que te habías hecho la prueba del VIH seis meses atrás.

-Cierto. ¿Y es por eso que estás aquí? 

-¡Claro que no! Cómo sois las mujeres…

Y al decir esto, Andrés no pudo evitar soltar una carcajada. Fue entonces cuando Airune reparó en los colmillos.

Para Nuria


Jorge Romera

abril de 2012

La importancia del universo del discurso

No fue fácil encontrar la entrada. La tupida vegetación y lo angosto de la fractura hacían invisible lo que ahí se ocultaba, y un caminante absorto en abstrusas meditaciones bien podría desaparecer como si se lo hubiera tragado la tierra. Literalmente. Habían pasado treinta años y sin embargo reconoció el lugar en cuanto lo vio. La estrecha grieta en la roca calcárea como una profunda herida producida por colosales fuerzas geológicas; la enorme roca encajada entre las dos paredes de la profunda garganta, suspendida a más de veinte metros del fondo del abismo como si un gigante juguetón la hubiera colocado ahí a modo de travesura infantil; sí, aquél era el lugar, no había la menor duda.  

«Es aquí», sentenció él con aire de satisfacción. Anclaron la cuerda de escalada al tronco de un pino y rapelaron hasta el fondo del abismo, primero ella y a continuación él. En cuanto pusieron el pie en tierra firme la sensación de haber entrado en otro mundo se hizo innegable. El calor canicular que habían experimentado durante todo el día había desaparecido en cuestión de segundos. La luz del sol apenas llegaba en forma de sutiles rayos que conferían a las paredes de la garganta un aspecto irreal, onírico. 

Caminaron por el fondo de aquella grieta gigantesca, laberíntica, sus pupilas dilatadas por la súbita ausencia de luz, sus corazones palpitando con mayor fuerza, sintiéndose los únicos habitantes de un nuevo mundo. Si se detenían y dejaban de respirar por unos segundos, el silencio era tan absoluto que les producía una especie de pitido en los oídos, algo insólito para un par de urbanitas.

Entonces vieron algo: una abertura en la roca. La entrada de una cueva. Hace treinta años, cuando él visitó aquel lugar por vez primera, no vio ninguna cueva. Y era improbable que nadie del grupo se diera cuenta de algo así. Pero aunque treinta años es un buen periodo de tiempo en la vida de una persona, apenas es un suspiro a nivel geológico. Era imposible que esa cueva se hubiese formado en ese lapso temporal. Tal vez había permanecido oculta por una roca. Pero, ¿dónde estaba ahora la roca?

Se dejaron de elucubraciones y encendieron sus linternas frontales. Un estrecho túnel les condujo a una sala de grandes dimensiones donde se alzaba una estalagmita que a ambos les recordó un falo ciclópeo. Siguieron por un corredor hasta una bifurcación y decidieron tomar el pasillo de la derecha. Atravesaron alguna gatera y al llegar a la entrada de una sima cuyo fondo no alcazaba a iluminar la luz de sus frontales optaron por regresar. 

Por algún fenómeno de percepción sensorial, el camino de vuelta siempre nos parece distinto al de ida. Súmese a esto la oscuridad total, la ausencia completa de sonidos y un terreno resbaladizo y obtendremos dos personas desorientadas al final de la ecuación. ¿Habían encontrado dos bifurcaciones o acaso eran tres? Por desgracia, a ninguno de los dos se le ocurrió llevar consigo un cordel, aunque ambos conocían de memoria la historia de Ariadna y Teseo.

En el momento en el que la desesperación comenzaba a hacer mella en el ánimo oyeron una voz.  Tal vez eran otros excursionistas. Justo en el centro de una nueva intersección un hombre viejo y delgado cuya única ropa parecía ser su larga barba estaba recitando algo, un poema, una saga, Dios sabe qué en una lengua que ninguno de los dos había oído jamás. Al oírlos llegar se detuvo súbitamente y los examinó con sus ojillos de pez abisal. Ella dijo que se habían perdido y el viejo, usando la misma lengua que ellos, les confesó que él mismo se había perdido en esa cueva mucho tiempo atrás. Había llegado hasta allí huyendo de la gente, la jauría humana, según sus propias palabras. No sólo era un misántropo convencido y un anacoreta, sino un apóstol del pesimismo. Ella replicó que no era posible ser apóstol y anacoreta al mismo tiempo, pues ¿a quién iba a convertir si evitaba todo contacto humano? El viejo lanzó un silbido espantoso y ambos pensaron que, de existir, ésa sería la risa de un reptil.

«Muy bien, jovencita. Os propondré un acertijo. Si cualquiera de vosotros dos da la respuesta correcta, saldréis de aquí». Aquello les sonó a los pasatiempos de Raymond Smullyan, pero no tenían nada que perder. Así que aceptaron, ¿qué otra cosa podían hacer?

«El rey de los optimistas es el optimista perfecto. Piensa que todo saldrá siempre bien, y acierta. El rey de los pesimistas es el pesimista perfecto. Piensa que todo saldrá siempre mal, y acierta. El rey de los optimistas y el rey de los pesimistas se enfrentan en combate singular. ¿Quién vencerá?».

Ambos se miraron a los ojos y se quedaron inmediatamente ciegos debido a la luz de la linterna frontal del otro. Se frotaron los ojos, pensaron, lanzaron hipótesis de trabajo, elaboraron argumentos, contrastaron conclusiones. Finalmente, ella habló. 

«El rey de los pesimistas nunca puede ganar. Si pensara que va a ganar, entonces no sería el rey de los pesimistas. Por tanto tiene que pensar que va a perder. Y como es el rey de los pesimistas, acierta. De modo que pierde». El viejo les indicó el angosto corredor que se abría a su izquierda, ellos lo tomaron y al cabo de unos minutos estaban fuera de la cueva. Sonrieron y se felicitaron por su inteligencia. Caminaron hasta el lugar en que habían rapelado, sacaron unos cordinos de la mochila y después de hacer un par de nudos Prusik empezó a subir él por la cuerda fija mientras ella le animaba desde el fondo de la grieta. Estaba claro que bajar era mucho más fácil que subir, pero la vida es así. Ya veía el tronco del pino al que habían atado la cuerda horas antes. Un poco más y estaría arriba. Fue al llegar al borde de la pared cuando descubrió que el cabo de la cuerda de escalada no estaba atado al tronco del pino, sino que era el viejo de la cueva quien lo tenía asido por ambas manos.

«Es una imposibilidad lógica que el rey de los optimistas y el rey de los pesimistas coexistan en el mismo universo del discurso. Ésa era la respuesta al acertijo», sentenció el viejo. «Sin embargo, sí es concebible un universo del discurso en el que exista un rey del pesimismo. Y siempre piensa que si algo puede acabar mal, infaliblemente acabará mal». Entonces abrió ambas manos y la cuerda desapareció.

Jorge Romera

 abril de 2012

 

Espejismos en el desierto del alma

Había leído libros de autoayuda antes de la llegada de Internet, en la prehistoria de la información. Entonces descubrió la Red y creyó ver la luz al final del túnel. Se consagró a navegar a través del ciberespacio día y noche, buscando la piedra filosofal en forma de una información  que obrara el milagro… pero no tuvo éxito. Y ahora estaba ahí, haciendo cola en la pequeña y flamante sucursal bancaria. Era un lugar agradable, con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, lo que justificaba la gran cantidad de abuelos que había siempre ocupando los asientos. La cola que se extendía delante de la mesa del cajero se desplazaba con lentitud geológica y un lector medio hubiera podido leerse una novela corta mientras esperaba a que llegara su turno. Por desgracia había dejado la literatura de lado mucho tiempo atrás, y desde luego se veía incapaz de sacar a la calle lo que leía ahora, por el mismo motivo por el cual lo estaba leyendo: «Cómo vencer la timidez. Estrategias fundamentales».

Tras años y años de lecturas infructuosas y de timidez paralizante y ratonil, su visión del mundo podía resumirse así: La vida es una mierda. En efecto, su existencia estaba pasando delante de sus ojos con la velocidad y la ineludible monotonía de un tío vivo, y con la percepción clara y distinta de que no estaba subido en la atracción sino fuera de ella. 

Y las cosas hubieran seguido así hasta el fin de los tiempos si su madre no hubiera tenido el buen juicio de hacerle prometer algo en su lecho de muerte. Le hizo prometer solemnemente que con el dinero que le legaba acudiría a un buen psicólogo. Y él no tuvo más remedio que aceptar, ¿cómo podía negarse? Por fortuna, todavía quedan personas que saben morirse con estilo.

Y por eso estaba ahí, en la nueva y resplandeciente sucursal bancaria. Algunos abuelos carraspeaban. Otros estornudaban. Un moscardón gordo semejante a una pelota de ping-pong revoloteaba perezosamente aprovechando las corrientes de aire cálido como si fuera un cóndor en el diáfano cielo andino. La cola se arrastraba hacía delante con la velocidad de una procesión de orugas. Y entonces ocurrió. Una mujer que caminaba por la calle sobre unos vertiginosos tacones se lo quedó mirando a través del cristal. Nunca le habían mirado de aquella manera, tan fijamente que su rostro se calentó como si fuera la luneta térmica de su coche. Y tan inesperadamente como el trueno que suena a lo lejos cuando nosotros sólo vemos sobre nuestras cabezas un cielo azul, la mujer le sonrió.

Él se limitó a quedarse allí de pie, inerte, como un pasmarote, y el momento pasó. Aquel acontecimiento, sin embargo, provocó en su cerebro una cascada de pensamientos. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué aquella mujer joven y hermosa le había mirado de esa forma? ¿Acaso el mes y medio que llevaba levantando pesas en el gimnasio estaba ya dando sus frutos? ¿Era la nueva dieta más rica en proteínas? ¿El ginseng coreano? 

La cola delante del cajero se movía con la velocidad de una placa tectónica, lo que dejaba tiempo a la reflexión. Entonces, como la súbita erupción de un volcán, volvió a producirse el milagro. Una joven de piernas inacabables y escote vertiginoso que se desplazaba por la acera como una pantera se detuvo y le miró a través del cristal. ¿Se conocían? ¿Era la vecina del ático? ¿Una antigua compañera de clase? Imposible. Si alguna vez hubiese conocido a una mujer así la recordaría cada minuto del día. Pero cuando quiso reaccionar, la mujer ya se había ido. Uno no puede pretender que algo así, un fenómeno como un eclipse, dure eternamente. ¡Estúpido! Se maldijo a sí mismo. Entonces prometió solemnemente que si volvía a ocurrir  alguna vez algo así, si una mujer hermosa volvía a mirarlo de aquella manera, se arrojaría inmediatamente a sus pies. También es cierto que aquello parecía tan improbable como ver dos veces en la vida el cometa Halley, y la mera toma de conciencia de semejante imposibilidad le tranquilizó.

Por fin llegó su turno, y cuando el cajero de ojos soñadores y bigotillo a lo Errol Flynn le pidió que le repitiese la cantidad de dinero que quería retirar, tuvo una extraña sensación y giró la vista hacia la ventana. Allí mismo, separada por los escasos milímetros del grosor del cristal, una mujer con la tímida hermosura de una flor de montaña que inmediatamente le recordó a Loreena McKennitt se había detenido en la calle para mirarlo. ¿Y era pura casualidad que en su ipod estuviera sonando en ese momento The Mummers’ Dance? Como si aquello fuese un presagio salió corriendo a la calle dejando al viejo Errol con la palabra en la boca. Se acercó a ella con el corazón latiéndole tan deprisa que creyó que le iba a estallar y le dijo que era tan hermosa como un edelweiss, aquella flor de las nieves que había descubierto alguna vez en sus solitarias marchas por las alturas pirenaicas. Y a ella le hizo gracia aquello, nunca nadie le había dicho algo semejante. Por eso sonrió. ¿Y cómo podía negarse a aceptar la invitación a  desayunar viniendo de aquel joven tan decidido y original?

Se alejaron de allí hablando de raras flores de montaña, de cimas coronadas por la nieve, de valles frondosos y lagos de imposible color azul turquesa. Y él ni siquiera se dio cuenta de que aquel ventanal de la nueva y flamante sucursal bancaria, aquel ventanal desde el que le habían mirado tantas mujeres aquella mañana era, si se miraba desde la calle, un espejo.

Jorge Romera

marzo de 2012

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Extraños en un bar. Para Nuria.

Ocurrió esta noche, hace apenas una hora. Entré en un garito muerto de sed y pedí una cerveza. No es que me entusiasmen las zonas portuarias, pero tenía que hacer un trabajito por allí y el bocadillo de anchoas que me había metido entre pecho y espalda a mediodía estaba teniendo ciertas repercusiones en mi organismo a nivel celular.

Entró en el bar un tipo con una cara tan graciosa que se me escapó una risotada. Nada demasiado estridente, pero el menda se dio cuenta y me miró fijamente. La verdad es que con aquel careto se habría hecho rico trabajando como modelo en una escuela de caricaturistas. Se sentó junto a mí en la barra y pidió un vaso de leche. Yo ni siquiera sabía que en estos sitios tuvieran leche, y no pude evitar un comentario jocoso. Lo siento, es mi sentido del humor.

El tipo, que dijo ser vegetariano, no pareció molestarse y me invitó a sentarme en una de las mesas. Por su acento hubiera dicho que era norteamericano, tal vez de Missouri o Kentucky. En realidad no tenía ni idea de su procedencia, pero esos nombres me parecían lo suficientemente exóticos como para juguetear con ellos. «You look like a platypus»- le dije para fardar un poco de inglés, y es que no todo el mundo sabe cómo se dice «ornitorrinco» en ese idioma. Luego me levanté para ir al servicio y cuando volví tenía otra jarra de cerveza bien fría sobre la mesa cortesía de mi nuevo amigo cara de ornitorrinco. Le agradecí el gesto y la apuré de un golpe, malditas anchoas. Entonces empezó a contarme una extraña historia.

Años atrás había estado trabajando en una inmobiliaria. Eran tiempos duros para ese sector y aquel mes ningún miembro del equipo había vendido absolutamente nada. Los mandamases de arriba llamaron al jefe de ventas y le debieron dar tal repaso que cuando bajó parecía Barbarroja arengando a sus hombres antes de un abordaje. Toda su elocuencia fue, sin embargo, infructuosa pues las ventas siguieron estancadas en la más absoluta nulidad. Al fin, el jefe de ventas decidió hacer un nuevo fichaje, un tal Frank, quien años atrás había trabajado allí demostrando tener la escasez de escrúpulos necesaria para cerrar cierto tipo de ventas.

El tal Frank era un tipo enorme de unos noventa y cinco kilos de peso y una cara cuadrada picoteada por la viruela. El primer sábado por la mañana que trabajaron todos juntos, el tal Frank decidió arrogarse el papel de líder y, para aunar las voluntades y subir la moral de la tropa, tuvo la genial idea de invitar al equipo a una especie de catering a base de productos cárnicos. 

Mi amigo cara-de-ornitorrinco anunció que él no comía carne y el bueno de Frank respondió que qué mariconadas eran ésas. Normal. Finalmente decidieron arrinconarlo en una solitaria mesa mientras el resto se ponía hasta arriba de grasas saturadas y colesterol del malo. 

A partir de ahí las cosas fueron de mal en peor para mi amigo, un verdadero descenso a los infiernos. Comenzó el bueno de Frank con sus bromitas bienintencionadas cuyo blanco era invariablemente el vegetariano, el diferente, y el resto del equipo no tardó mucho en secundarlo. En un mes en el que las ventas no despegaban del suelo y los de arriba no hacían más que amenazar con el despido, mi amigo se convirtió en el cabeza de turco, el chivo expiatorio, un saco de boxeo.

Yo hubiera cogido al bueno de Frank por la corbata en el lavabo de la empresa y le habría puesto la punta de mi bolígrafo Bic naranja delante de la pupila de cualquiera de sus ojos. Luego le habría roto la tapa de la taza del wáter en la cabeza. Se acabaron las bromas, Frank. ¿Lo pillas, Frank? Pero mi amigo no tenía lo que hay que tener. No sé qué me dijo de tasa de testosterona baja. Tonterías.

Un buen día, coincidiendo con su onomástica, mi amigo decidió invitar a todo el equipo a un desayuno especial. Trajo el chocolate de su casa en termos, bien caliente, y cuando empezó a verterlo en los vasos de plástico aquella maravillosa fragancia inundó de tal manera el despacho que los jugos gástricos de todos los miembros del equipo comenzaron a danzar en una especie de ballet sincronizado. Y los bizcochos parecían recién horneados.

Mi amigo dijo que había olvidado algo, un ingrediente muy especial, que empezaran sin él, que bajaba un momento al supermercado de la esquina y volvía en seguida. Pero no volvió. No volvió nunca más. En realidad no había olvidado ningún ingrediente especial. El cianuro estaba ya ahí, bien disuelto en el chocolate. Después de todo, también él tenía sentido del humor, ¿no? Y al decirme esto, en aquel bar, después de haberme bebido la cerveza a la que me había invitado minutos antes, sonrió de una forma que no me gustó. Y ahora, mientras escribo estas líneas, comienzo a sentir una sensación extraña en el estómago. Sí…, me siento extraño….

Jorge Romera

marzo de 2012

Ira y fuego. Reflexiones de un conductor.

El fin de semana había sido tranquilo y el tiempo apacible como una promesa de primavera. Salió del peaje de la autopista con la rápida e inexorable sucesión de marchas hasta poner la quinta, la velocidad estancada en 110 kilómetros por hora. Solía circular por el carril central pero ahora estaba en el de la izquierda, por qué no. ¿Sólo podían circular por la izquierda los Audi, los Mercedes y los BMW? Como si ese carril se hubiese inventado exclusivamente para ellos, señores feudales del asfalto. Fue entonces cuando sucedió algo completamente inesperado: una masa de acero y cristal pasó como una exhalación por su izquierda en el pequeño espacio que quedaba entre  su coche y el quitamiedos que delimitaba la mediana de la autopista. 

¡Hijo de puta!- se oyó gritar a sí mismo, el corazón latiendo desbocado por el miedo y la ira. Tuvo suerte. Si hubiese girado leve e inadvertidamente el volante hacia la izquierda para centrar un poco más la posición del vehículo en el carril, aquel todoterreno rojo y su Daewoo hubieran entrado en colisión lateral produciéndose posiblemente un choque de aquél con la barrera y un rebote inmediatamente posterior que habría catapultado al Daewoo hacía la derecha chocando a su vez con el vehículo que circulaba en ese momento por el carril central.  Un potente saque inicial en una mesa de billar americano. La mecánica newtoniana en acción. Caos y destrucción.

Podríamos haber muerto- no cesaba de repetir. Apretó el volante con todas sus fuerzas y pisó el acelerador tan a fondo que empezó a dolerle la planta del pie. El todoterreno rojo había salido disparado hacia adelante como el Halcón Milenario de Han Solo, y el Daewoo de diecisiete años, aquella chatarra con ruedas, se pegó a él como si estuvieran unidos por una cadena. Los flashes de las cámaras de los radares iluminaron la noche como si estuvieran en la gala de los Oscar, pero le importaba una mierda. Iba a dar caza a aquel hijo de puta sí o sí, ésa era ahora su misión en la vida. Y cuando al fin llegaron al siguiente peaje, se detuvieron ambos vehículos delante de una de las cabinas, tiró del freno de mano con tanta fuerza que estuvo a punto de arrancarlo y abrió la puerta para correr hacia el otro vehículo ya no era un conductor: era un soldado de Gengis Kan entrando como un poseso en una aldea antes del saqueo; era un ángel vengador; era la diosa Némesis.

Abrió la puerta del todoterreno rojo con tanta fuerza que a punto estuvo de sacarla de sus goznes, asió por el cuello al conductor y levantó su pesado puño. Entonces, como un rayo de sol abriéndose paso entre nubes de tormenta, vio a un niño sentado en su sillita. Lloraba desconsolado, presa de un miedo ancestral. Y él también se sintió triste. Triste y vacío. Perdone- se oyó decir a sí mismo antes de aflojar su presa y volver arrastrando los pies a su viejo Daewoo.  

Jorge Romera

febrero de 2012

Duelo de Titanes (Versión tuneada)

Vaya mierda. El gilipollas del jefe lo tuvo haciendo fotocopias toda la santa tarde como si fuera un puto becario y no el tercero de su promoción. Una licenciatura en Económicas, un MBA de campanillas y un nivel de inglés que haría palidecer de envidia al mismísimo Shakespeare, y aquel cretino lo había tenido pegado a la máquina fotocopiadora como si fuera Prometeo encadenado. Y encima una avería en la línea 4 del metro. Cómo no. 

Seguro que cuando llegara a casa ya habría empezado el partido. ¡Joder! ¿Resulta extraño que cuando por fin entró en el ascensor del edificio de apartamentos en el que vivía estuviera de un humor de perros? ¿Y qué miraba el vecino del quinto? ¿Acaso no le había dado las buenas tardes? Majadero. Entonces ocurrió. Así, sin más ni más. El ascensor se detuvo entre dos pisos. 

Veamos. No era un problema del fluido eléctrico puesto que había luz. Ergo… tenía que ser una avería del aparato. Se turnaron para pulsar el botón de la alarma. Nada. La niña de dos años que vivía en el tercero la hacía sonar cada vez que su papi divorciado venía a buscarla y la bajaba en el ascensor y ahora aquello parecía el cuento de Pedro y el lobo. Ergo… ¡mierda! 

Bueno, se acabó. Del bolsillo de su pantalón extrajo su móvil de ultimísima generación como si fuera un mago sacando un conejo de la chistera, sonrió como el Bond interpretado por Roger Moore después de soltar una gracia y se dio cuenta de que no tenía cobertura. No me jodas. La telefonía móvil más cara de toda Europa con las prestaciones del Cuerno de África. Por supuesto, el vecino no tenía teléfono móvil. Y lo dijo con orgullo, como si acabara de anunciar que había corrido el maratón en menos de dos horas o la milla por debajo de los cuatro minutos. Retrógrado.

Se quedó mirando a su compañero de cautiverio con cara de asco mal disimulado. De todas las personas que vivían en aquel inmueble tenía que tocarle aquel palurdo. ¿Por qué no podía haber subido con la tía buena del ático? Aquella rubiaca llevaba mirándolo con ojos de sexadora de pollos experimentada desde hacía meses, y él le devolvía la mirada poniendo cara de póquer. Vamos. No era hombre de ir diciendo piropos por ahí como si fuese un obrero de la construcción desesperado. Él era un tipo duro.  Se había educado en el cine negro americano de los años 40, ¿y alguien había visto alguna vez a Humphrey silbando a una rubia platino? Ni de coña. 

Se oyó una fuerte detonación en las inmediaciones. Uno de los dos equipos acababa de marcar. «El Madrid, sin duda», sentenció el vecino con la autosuficiencia de un gañán pronosticando el tiempo por el vuelo de un pájaro. «Y una mierda», contestó él. «Ha sido el Barça».

Hacía calor ahí dentro, una verdadera sauna Se quitó el jersey, y le importaba un ardite si debajo llevaba la camiseta de Messi. El día anterior había habido mucho tira y afloja en la oficina entre los seguidores de ambos equipos y decidió vestir la camiseta de su ídolo para ayudar a cristalizar la fuerza de los barcelonistas, y de paso hacerle la pelota al jefe. El vecino se lo quedó mirando con ojos que traslucían odio e incomprensión: «Messi», bufó. «Debería haberlo supuesto». «No usarás el nombre de Dios en vano», se oyó decir entonces a sí mismo con la convicción de un nuevo apóstol. Y ante la mirada de escepticismo de aquel rufián, sentenció: «Messi es Dios». 

Entonces el palurdo, el gañán, el badulaque se quitó aquella enorme mochila de la espalda -¿y qué diablos podía tener ahí dentro?- , se desabotonó la camisa y  con arrogancia y desprecio mostró lo que llevaba debajo: la camiseta de Ronaldo. «Ronaldo es Dios», contestó, subrayando las cursivas. «Cristiano Ronaldo. ¿Lo pillas?». De nuevo las cursivas. Pedante de mierda. Y el hecho de que ninguno de los dos sufriera claustrofobia no impidió que la temperatura en el interior del habitáculo subiera unos cuantos grados Celsius.

Cuando horas más tarde el equipo de bomberos consiguió abrir con una sierra radial las puertas del ascensor y aquellos esforzados profesionales descubrieron lo que había dentro, no  pudieron dar crédito a lo que veían sus ojos: los clones de Leo Messi y Cristiano Ronaldo jugando una partida de ajedrez.

Jorge Romera

febrero de 2012

¿De verdad que Dios no juega a los dados con el universo?

Tarde o temprano tenía que suceder. Y aún así, todavía le costaba hacerse a la idea. Se miró en el espejo una vez más, como llevaba haciendo desde hacía meses, y sonrió. Director general, quién lo iba a decir. Y con aquella cara de gilipollas. No había sido nada fácil. Había sabido estar en el lugar apropiado en el momento justo, y no una ni dos, sino unas cuantas veces. Y sí, es cierto, había tenido que chupar unas cuantas pollas y poner algunas zancadillas en el camino, pero sólo sobreviven los más fuertes. Es ley de vida. Darwinismo social puro y duro.

Volvió a mirar su cara reflejada en el espejo y lo que vio no terminó de gustarle. Aquellas ojeras. Él, que siempre había dormido como un niño. Pero ya se sabe, ser director general de una de las empresas más importantes del sector conlleva siempre ciertas tensiones. Como el problema del coche de empresa. Toda su vida soñando con tener dinero para comprarse un cochazo, y ahora que ganaba dinero de verdad, auténtica pasta gansa, resulta que el coche lo pagaba la empresa. ¿No era irónico? 

Pero como suele decirse, no es oro todo lo que reluce. Él había fantaseado con un deportivo, rojo, por favor. Le importaba una mierda si algún psicoanalista de pacotilla que se había sacado el diploma en un cursillo por correspondencia le diagnosticaba un complejo cualquiera. ¿Y qué si un deportivo rojo era un sustituto del pene o un símbolo fálico? Él quería un Ferrari, o por lo menos un Porsche. Pero le dijeron que no podía ser. Bueno, fue más bien una sugerencia. Nadie le dice que no a todo un director general. Al parecer, no resultaba muy apropiado que el director general de una empresa que acababa de despedir a mil trescientos trabajadores alegando problemas de liquidez apareciera delante de las cámaras de televisión con un Ferrari 458 Spider color fuego mientras algunos ex empleados suyos despotricaban a las puertas de la empresa con aquellas ridículas pancartas. Una lástima. Con lo buena que estaba la reportera aquella.

Así que ahora se veía en la difícil tesitura de tener que elegir entre el Jaguar XJ y el Mercedes clase S. Y si sólo fuera eso. Luego estaba el apartado «equipamiento y accesorios». Por ejemplo, Mercedes proponía diferentes tipos de cambio: el automático de 5 velocidades AMG Speedshift, el 7G-Tronic o el 7G-Tronic Plus. Pero también podías elegir un cambio deportivo de 7 velocidades, o el cambio Direct Select, con levas de cambio en el volante. Para volverse loco. Completamente neurótico.

Quizá fuera a causa de todo ello, pero últimamente no se encontraba nada bien. Las digestiones se habían vuelto pesadas como el plomo y ya no solía dormir de un tirón. Él, que era sólido como una roca. Y a la hora de firmar aquellos documentos mediante los cuales se ponía de patitas en la calle a mil trescientos trabajadores el pulso no le tembló. ¿Por qué nadie pensaba nunca en los accionistas? ¿Acaso no eran también hijos de Dios?

Bueno, en realidad no fueron mil trescientos trabajadores, sino mil trescientos uno. No pudo evitarlo. Vio la oportunidad y la tentación fue demasiado fuerte. Rupérez había sido siempre una piedra en el zapato. Todavía recordaba aquel día en el que durante una reunión de alto nivel quiso ilustrar mejor sus argumentos y sacó a colación unas palabras que había leído en algún libro de Sócrates. La audiencia había quedado gratamente impresionada con su vasta cultura cuando, de repente, Rupérez tuvo que abrir su bocaza afirmando que Sócrates no había escrito libro alguno. Menuda gilipollez. Los ánimos se crisparon un poquito aquella tarde, cierto. Le hubiera machacado la cara a aquel imbécil. Luego resultó que tenía razón, el muy vago no había escrito nada en su puta vida. Y qué. Cualquiera puede confundirse. 

Pero esta vez, cuando tuvo a Rúperez sentado frente a él en su despacho, aquel despacho que tenía tanta caoba que habría sido necesario talar un bosque entero para amueblarlo, esta vez no se confundió. Y hasta se puso a llorar, el muy mariconazo. Lee ahora un poquito de filosofía, mamón.

Y entonces, cuando se encontraba en la cima del mundo, en la cúspide de su propio Everest, el cardiólogo le venía con el cuento de que habían visto una irregularidad en su corazón. Venga ya. Su padre había muerto a los noventa bien cumplidos y tenía el corazón como el motor de un tanque.

Pero con el paso del tiempo empezó a sufrir ciertas molestias. Al principio pensó que era simple aprensión, una ligera hipocondría impropia de un capitán de empresa como él. Por eso, cuando se despertó en una camilla entubado por todas partes, creyó que se encontraba en mitad de una pesadilla. Según le contaron, la dominicana a la que pagaba tres euros la hora por limpiarle el dúplex de cuatrocientos metros cuadrados se lo encontró tirado en mitad de aquel salón grande como el vestíbulo de un aeropuerto. Hubo suerte con la ambulancia y más suerte aún con el cirujano, una eminencia que había estudiado nada menos que en la universidad Johns Hopkins. La operación no fue fácil, y hubiera sido imposible salvar su vida, por muy rápido que fuera el conductor de la ambulancia y muy tocado por el dedo de Dios que fuese el cirujano aquel, si no hubiera habido un corazón sano disponible. Su portador ingresó aquella misma tarde en el hospital, ya cadáver. Un padre de familia acosado por las deudas y el paro que había tirado la toalla y su propia vida desde aquel ático que ya no podía pagar. Se llamaba Rupérez.

Jorge Romera

febrero de 2012