¿Una fábula imposible?

Tres poderosos Audi 8 de color negro llegaron al pie de la escalinata como un trío de buitres gigantescos. Guardaespaldas enfundados en traje de diseño, cráneo rasurado y pinganillo en la oreja se apresuraron a abrir las puertas traseras con ese aire servicial que sólo posee quien ha nacido para ser un lacayo. Los altos cargos posaron sus lustrosos y carísimos zapatos en el asfalto como si estuvieran comprobando la temperatura del agua de la bañera. Policías uniformados y escogidos con sumo cuidado tras una rigurosa selección rodearon los teutónicos Audi como si de una nueva gran muralla china se tratase. Sus negros uniformes remangados por encima del bíceps exhibían brazos esculpidos en gimnasios exclusivos, y un observador imparcial habría deducido fácilmente que el resto del cuerpo tenía que ir a la par. De vez en cuando, con ese gesto que pretende cierta inconsciencia natural sin terminar de conseguirlo, alguno de ellos bajaba el brazo y tensaba un tríceps de montañosa y escarpada herradura que parecía desafiar no sólo a la gravedad sino a todos, altos cargos incluidos, como queriendo decir estoy-aquí-porque-quiero esto-sólo-es-algo-temporal. Otros policías, con tríceps de corte menos cinematográfico, intercambiaban irónicas miradas de inteligencia entre ellos, lo que no siempre es fácil a través de gafas de sol de espejo estilo Rayban, aunque por dentro rabiaran de envidia y confusión pues, ¿acaso no estaban tomando todos la misma marca de proteínas?

En un momento dado los altos cargos hicieron acto de presencia, erguidos, solemnes, mayestáticos, graves. La brisa matinal intentó enmarañar sus leoninas cabezas inútilmente, no en vano una legión de peluqueros y estilistas había depositado en todos y cada uno de aquellos regios cabellos toda su experiencia y sabiduría capilar. Ya en la cima de las escalinatas, el presidente del gobierno se giró y lo que vio le gustó: espacio vacío. Él no era ningún césar hambriento de multitudes jaleando su nombre. No, con sus pretorianos tenía más que suficiente. Por cierto, tendría que averiguar quién era aquel policía de los tríceps inverosímiles. Últimamente se había estancado en su rutina de entrenamiento y un poco de, cómo decirlo, asesoramiento técnico no le vendría mal. Nada como unos brazos fuertes para seguir podando con sus tijeras, se dijo para sí mismo, riéndose mentalmente a la vez que sintiéndose orgulloso de su deslumbrante y vitriólico ingenio. Lástima que un político tuviera que dar siempre la imagen de una persona gris. 

Entonces, como un relámpago en mitad de un cielo completamente azul, surgió algo que no figuraba en el guión: un niño. Y luego otro, y otro más. ¿De dónde demonios habían salido? ¿Y cómo habían roto la primera barrera policial perimétrica? La marea infantil se fue acercando a la escalinata. Los guardaespaldas se tocaban el pinganillo, los policías abrían sus poderosas piernas y, cómo no, tensaban sus tríceps. Los periodistas convenientemente acreditados se frotaban las manos. Los próceres enjugaban sus sudorosas frentes con olorosos pañuelos traídos de ultramar. Todos miraban al prohombre sin saber qué hacer y entonces, con gesto ampuloso y tono mesiánico dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí». De  esta manera, y se felicitó por ello, mataba dos pájaros de un tiro: mostraba al mundo su flexibilidad y amplitud de horizontes, y acallaba de una vez por todas los rumores que afirmaban que sólo leía la prensa deportiva. 

Uno de los niños, un pilluelo de siete u ocho años, gritó: «¡Queremos que nos devuelvan nuestros dibujos animados!». Cierto era. En su afán recaudatorio, las mentes más preclaras del Gobierno habían ideado una estrategia que pasaba por instaurar en todos los hogares del país televisores con ranura para introducir monedas, de suerte que padres y tutores ahora se lo pensaban más antes de dejar que su progenie se atiborrase de dibujos animados. Esta medida, además de conseguir un aumento considerable en el flujo monetario hacia las benditas arcas del Estado, había supuesto una especie de selección darwiniana en los programas televisivos, merced a la cual sólo los más cutres sobrevivieron. Los índices de audiencia revelaron que únicamente los programas de cotilleo, realitys en cualquiera de sus variantes, y retransmisiones deportivas, léase fútbol, consiguieron sobrevivir en la parrilla televisiva. El resto fue, como suele decirse, historia. Lo que no era imposible de prever.

Lo que nadie previó, ni siquiera las mentes más ínclitas del Gobierno, era aquello. Niños venidos de todos los puntos del país con pancartas en las que, con entrañables faltas de ortografía, podían leerse lemas como: «¡Más dibujos y menos tonterías!», o «¡Bob Esponja, te queremos!». Pero los niños no dejan de ser personas, pequeños seres humanos que obedecen las mismas leyes psicológicas de sus mayores, y cualquier experto en dinámica de masas habría intuido lo que iba a pasar. Nunca se supo de qué no tan inocente mano partió, pero un Bob Esponja de afiladas aristas y textura pétrea aterrizó en la frente del prohombre tras describir una hermosa parábola digna de ecuación matemática. Se desató entonces el caos más absoluto. Policías reconociendo a sus propios hijos entre la multitud, policías sin hijos intentando recordar aquellas lecciones sobre deontología que se saltaron para irse a jugar unos billares, representaciones de Bart Simpson, Pocoyo, Ben 10 y, cómo no, Bob Esponja y Calamardo y Arenita sobrevolando la zona de guerra compactos como piedras y cayendo en cabezas leoninas y ya no tan bien peinadas.

Cuando se disolvió aquel campo de Agramante los niños habían conseguido lo inconcebible, lo que nadie, ni el más loco politólogo habría predicho jamás en su sueño más delirante después de una noche de borrachera: los niños se hicieron con el poder. Una nueva era acababa de comenzar. Inesperadamente las medidas político económicas que se tomaron a partir de entonces fueron más justas, inteligentes e imaginativas que las tomadas jamás en el anterior gobierno, lo que tampoco era tan difícil si se piensa con objetividad. Las familias empezaron a levantar la cabeza, las nubes de tormenta comenzaron a alejarse e incluso dejó de haber incendios forestales. Entonces, en el culmen del bienestar, la paz y la armonía, una multinacional de un país grande y lejano del otro lado del mar envió unos emisarios con una oferta. ¿Su especialidad? Juguetes y dibujos animados.

Jorge Romera 

 23 de agosto de 2012 

SEVEN THINGS ABOUT ME

El cartero siempre llama dos veces. En realidad yo no estaba en casa, así que no sé si llamó dos, tres o las veces que fueran. Lo que sí sé es que dejó un aviso en el buzón en el que se me instaba a pasar por la estafeta de Correos más cercana para buscar un certificado de la Generalitat. Un sudor frío comenzó a correr por mi espalda, y sí, ya sé que estamos en agosto, pero no era ese tipo de sudor.

Me encaminé hacia la estafeta de Correos más cercana, lo cual no significa necesariamente que estuviera cerca. La sombra de una sospecha planeó sobre mi maltrecho parque neuronal, pero recientemente me he propuesto ser optimista y comencé a barajar algunas alternativas menos sombrías: ¿Algún prócer y mecenas de las artes que se había perdido en el Registro de la Propiedad Intelectual había leído mi novela «Asquerosamente sano»,  y se proponía publicarla por su cuenta? ¿Qué me parecería un modesto adelanto de un millón de euros, para empezar? ¿Alguna luminaria gubernamental quería proponer mi nombre para una medalla, una calle, una plaza, un campo de fútbol (no, eso no)?

Al fin llegó mi turno frente al mostrador y un empleado con cara de qué-hago-yo-aquí-en-pleno-mes-de-agosto me hizo entrega de la notificación, que no era otra cosa que una sanción de 300 eurillos por haber dejado mi poderoso Daewoo aparcado  en un camino rural cercano a la playa el pasado verano. Como si ir a la playa (caravanas que nada tienen que ver con el romántico Far West, niños tirando arena impunemente en tu fiambrera de ensaladilla rusa, suicida exposición a los cancerígenos rayos solares, desnudeces que atentan dolorosamente contra cualquier precepto estético…) no fuese ya suficientemente malo.

Maldiciendo mi suerte llegué a casa y me encontré con que, sorprendentemente, había sido nominado a los Seven Things Awards. La primera cosa que me vino a la mente fue «¿Seven Things Awards?».  Y lo siguiente: «¿con la pasta de este premio de siete cifras podré pagar la multa? Más aún, ¿podré cambiar mi baqueteado Daewoo por un Porsche o, en su defecto, un Bentley?».  Pero enseguida descubrí que no se trataba de un premio en metálico, y mi estado de ánimo cayó en picado como un Stuka de la Luftwaffe alcanzado por el fuego antiaéreo enemigo.

Quejumbroso, abúlico, inconsolable e iracundo -una extraña combinación, lo reconozco- descubro que tengo que escribir siete cosas sobre mí y nominar a siete bloggers al mismo galardón.  En primer lugar, no puedo escribir siete cosas sobre mí. ¡Soy un doble cero! En fin, puedo sugerir lo que ya se intuye: carismático, aventurero, enigmático, seductor, arrogante, decidido y un punto canalla. Pero esto del Seven Things About  Me parece algo serio. ¿Debo ser sincero? ¿Decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Está bien, espero que esto no caiga en manos enemigas.

Siete cosas sobre mí:

1. Lo que ya no soy pero una vez fui: EX- (culturista, crudívoro, vegetariano, misántropo, entusiasta de la lógica matemática, maratoniano, célibe. Ah, sí, y boina verde).

2. Deportista hasta que la muerte nos separe. Cuerpo y alma, quiero decir.

3. Lector anárquico e iconoclasta, y no siempre de cajas de cereales. 

4. Amante de la Naturaleza, y eso quiere decir: de los espacios abiertos, pero también de los cerrados, si son gargantas o cuevas; de los árboles; de las cimas; de los lagos; del silencio, pero también del sonido del agua, del viento o del canto de un pájaro.

5. Caminante. 

6. Filósofo que nunca llegó a terminar la carrera de Filosofía.

7. Hijo, hermano, tío, amigo, y amante.

Y ahora los nominados. Enderezo la pajarita en mi cuello, acaricio una de las mangas de mi esmoquin de alquiler, me aclaro la garganta, abro el sobre y leo:

chancano.wordpress.com

lapuertaentornada.wordpress.com

alterfines.wordpress.com

dessjuest.wordpress.com

brujjilla.wordpress.com


merino1957.wordpress.com

el-area-51.blogspot.com

Y como ya he cogido carrerilla, nomino a uno más, para los lectores que se atrevan con otras lenguas:

homefosc.blogspot.com.es

Ya está. Gracias a todos, y en especial a Alejandro, que me nominó, y a Nuria, que me empujó a abrir este blog.

Fuego en el cuerpo

Amaba los espacios abiertos, el sonido del viento susurrando entre las ramas de los árboles, el murmullo del agua brotando de las entrañas de la tierra, la opalescencia de una diminuta partícula de roca surgiendo de pronto en una playa de arena volcánica. Amaba el limpio vuelo de un ave a gran altura, el lento tejer de una araña o la curiosidad infantil de una ardilla. Amaba el silencio indescriptible de una elevada cumbre o la milenaria ausencia de sonido que reina en el interior de una gran caverna. 

Aquella mañana se levantó con un insaciable apetito de senderos. Las nubes se habían ido, por fin, hacia otras latitudes, y el sol brillaba en lo alto con esa limpieza que sólo poseen las estrellas. Se calzó sus viejas botas de trekking y dirigió sus pasos hacia las afueras del pueblo. Apenas hacía un par de años que vivía allí pero ya sentía como suyos cada recodo del camino, las rocas a las que había puesto nombre o aquellos árboles que parecían saludarle meciendo sus ramas. 

Ascendió por una penosa cuesta, el corazón galopando como si quisiera salirse de su lugar habitual. Ya no era tan joven. Llegó a la cumbre de una colina cuyo nombre no figuraba en el mapa pero que él bautizó un día como Vulcanita porque la pequeña depresión que encontró en su cima la primera vez que la coronó le hizo recordar un volcán que subió en Lanzarote años atrás, cuando su vida contenía aún promesas de futuro.

Contempló el paisaje desde allí. Las diferentes tonalidades de verde que las copas de los árboles que se extendían a sus pies como una alfombra trenzada por un demiurgo le ofrecían. Los solitarios picos cuyas cumbres de roca se recortaban contra aquel azul tan limpio que hizo que sus ojos se nublaran por el recuerdo. Y el viento, que no podía verse, pero sí tocarse.

Fue el viento el que le trajo aquel sonido discordante, aquella nota desafinada en medio de una composición genial. Fue el viento, antaño un enemigo, el que le obligó a otear el horizonte ojo avizor. Y entonces vio una figura humana. Alguien ataviado con una camiseta roja estaba acuclillado en un claro a unos metros de donde se encontraba él. 

Descendió de la colina con paso apresurado, obedeciendo un impulso, y se encontró con un tipo que intentaba encender sin éxito una cerilla.

-¡Eh! ¿Qué se supone que está haciendo con esas cerillas?

– ¿A ti qué te parece? Intento hacer un fuego, no te jode.

El hombre se irguió en toda su estatura, visiblemente orgulloso de sus ciento y pico de kilos, y tocó con la mano derecha y gesto acostumbrado la culata de la pistola que sobresalía de una cartuchera oficial que llevaba al cinto y desentonaba con la camiseta roja de la selección.

-Oye, ¿qué haces aquí arriba? ¿No deberías estar trabajando? 

-Estoy en el paro.

-Joder, qué escoria. Con gente como tú este país se está yendo a la mierda. Si hasta he tenido que traer ginebra de garrafón porque la gasolina está por las nubes. Debería haber seguido el plan original, pero esta noche  es la gran final y no iba a perdérmela por nada del mundo, soy un patriota. Todos estos árboles están de más y alguien que tiene pasta gansa quiere construir aquí un complejo hotelero. Y creo que hasta un casino. 

-¡Pero esto es zona protegida!

-De momento, capullo, de momento.

Recordó su antiguo hogar envuelto en llamas, aquella vieja casona que había pertenecido a su padre y a su abuelo. Todos aquellos bosques en los que había crecido reducidos a ceniza. Cómo su madre no pudo superarlo y enfermó de tristeza hasta morir. Luego recalificaron los terrenos y se construyó allí una urbanización para millonarios donde destacaban el verde césped de su campo de golf y el azul clorado de sus piscinas. Pero fue un recuerdo breve. Se agachó con esa velocidad inesperada de los actos reflejos y cogió una piedra del suelo. El patriota ni siquiera la vio, sólo notó su impacto y el dolor que suele provocar un tabique nasal destrozado, luego cayó al suelo aullando como un cerdo al que acabaran de capar. 

-Dicen que no hay que hacer leña del árbol caído, pero siempre me han gustado las excepciones. 

Entonces se acuclilló sobre el cuerpo caído, apartó el arma, le abrió la boca y vacío en su interior la garrafa de ginebra. Cogió una de aquellas cerillas y la encendió a la primera. La suerte del novato. Luego la depositó con suavidad sobre la lengua.

Jorge Romera 

 julio de 2012

 

 

RECUERDOS

Después de tres años sin conseguir un empleo se había convertido en un parado de larga duración, un hecho tan inexorable como el martillo de un juez golpeando tras dictar sentencia.  Y la mera circunstancia de rozar la cincuentena hacía que el veredicto fuese más claro y unánime si cabe: la probabilidad de encontrar un nuevo empleo era nula. El sonido que hace un árbol al desplomarse en el bosque si no hay nadie en los alrededores para escucharlo. Cero.

 El célebre aforismo de Wittgenstein, «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», se había transformado en «los límites de mi cuenta corriente son los límites de mi mundo», y él lo sabía. Desde que se terminara su subsidio por desempleo su mundo se había encogido tanto que apenas cabía dentro de él. No era sólo que le hubieran tirado de una patada en el culo del tren consumista, sino que la gente lo miraba como si fuese un leproso, un paria, un intocable.

Decidió, por fin, participar en aquel concurso. No veía otra alternativa. La audiencia se había disparado en los últimos meses y el premio no sólo podía hacerte rico de la noche a la mañana, sino lo que es más, podía devolverte tu honor, y sobre todo, podía devolverte tu propia fe en ti mismo. El renacer del Ave Fénix no era nada comparado con aquello.  Las masas vitoreaban al vencedor como si se tratara del primer hombre en poner el pie en la Luna, Julio César volviendo victorioso de la Guerra de las Galias. 

La mecánica del juego era sencilla: dos hombres sentados frente a frente. Ambos, parados de larga duración sin derecho a ningún tipo de subsidio. Sobre una mesa redonda situada entre ambos descansaban dos revólveres descargados S&W .500 Magnum, el arma corta más potente jamás construida en serie. Al lado de cada uno de ellos, un cartucho esperando a ser introducido en el tambor. El juego, la ruleta rusa, no era nuevo, aunque sí su institucionalización. De sórdidos garitos clandestinos había pasado a los potentes y legales focos de la televisión estatal. Era el nuevo circo que amenazaba con estupidizar aún más los bovinos cerebros de los honrados ciudadanos contribuyentes. El cuadro podía ser el sueño de cualquier líder  totalitarista: el populacho catatónicamente fascinado ante sus televisores, y en el plató la plebe vociferante, jaleando a aquellos modernos gladiadores que se sienten tan esclavos como los que pisaron las sangrientas arenas de la antigua Roma.

Dos mil años de historia para llegar a esto. Pero ya no podía echarse atrás. Estaba decidido, alea jacta est. Había superado con éxito las fases eliminatorias en las que se introducía un solo cartucho en el tambor, y ahora estaba a punto de dar comienzo la gran final donde los dos participantes se jugaban el todo por el todo. La apuesta había subido: ahora los participantes debían introducir cuatro cartuchos en el interior del cilindro del arma. El tambor de una Smith and Wesson .500 Magnum tenía cinco alveolos, uno para cada cartucho. No era necesario ser un genio de las matemáticas para saber que la probabilidad de que al apretar el gatillo  saliera una bala por el cañón había aumentado considerablemente desde las fases eliminatorias.

Los participantes se sentaron frente a frente y el público del plató enmudeció. Le había tocado a él ser el primero, en el fondo daba igual. Cogió el arma de la mesa y la sopesó. Aquella máquina de matar debía pesar por lo menos dos kilos, y se preguntó cómo diablos se había convertido en el arma oficial de las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado. Abrió el tambor e introdujo uno a uno los cuatro cartuchos. Se quedó absorto mirando el único hueco  que había quedado en el cilindro, su única posibilidad de seguir con vida. Inmediatamente hizo girar el tambor del revólver y apoyó la boca del cañón en su sien derecha. Tenía un minuto para apretar el gatillo, era una estrategia ideada por el director del programa para subir aún más el nivel de tensión, lo que auguraba mayores índices de audiencia. Muchos participantes habían desistido en ese inacabable minuto.

Notó el frío del cañón en su piel, y aquel tremendo peso. Cerró los ojos. Recordó a su madre acunándolo en sus brazos el día de su décimo cumpleaños, cuando comió tanto pastel que se puso enfermo. Recordó aquella mañana del mes de febrero en que logró la mejor nota de la clase en el examen de lógica. Recordó un vertiginoso paisaje de montaña visto desde una cumbre cuya nombre había olvidado. Recordó los ojos de la única mujer de la que había estado realmente enamorado mientras ésta le susurraba «eres especial». Buscó en cada pulgada de su alma un nuevo recuerdo, pero no logró evocar nada más. Luego, lentamente, apretó el gatillo.

Jorge Romera 

 20 de junio de 2012

Adiós

Soñó que estaban de nuevo en Grecia, con aquel sol bajo cuya maravillosa luz meridional volvieron a reencontrarse. Soñó que estaban en una isla, tal vez Egina, pues creyó reconocer el templo de Afea después de la dura subida desde la playa. Ella iba por delante, como siempre, con sus gráciles brazos abiertos, como si quisiera abrazarlo todo a su paso: el musgo de las rocas, los árboles, el susurrar del viento que mecía las espigas del trigo silvestre, el canto de los pájaros.

 Pero era ya tarde y el templo estaba cerrado al público, así que ella siguió andando por aquel camino que parecía conducir a un bosquecillo. Él no podía mantener el paso de ella, siempre más rápido y elástico, y cuando quiso darse cuenta ella ya había desaparecido en el interior del bosque. La llamó por su nombre, Airune, aquellas letras que juntas evocaban el susurro del viento entre árboles frondosos, o el tintineo de una gota de agua en un pequeño lago de una cueva, mas ella no respondió. Llegó por fin a la linde del bosque, pero ella no estaba. Y más allá sólo quedaban el acantilado y el ancho y oscuro mar.

Se despertó a las tres y cuarto de la madrugada con una confusa pero inevitable sensación de pérdida, y tras unos minutos dando vueltas en la oscuridad, recordó, como si fuera un mazazo, la inapelable despedida de la tarde anterior. Entonces, y sólo entonces, cayó en la cuenta de que nunca más volverían a caminar de la mano bajo el hermoso sol de Grecia.

Para Airune

Jorge Romera

 15 de junio de 2012

LA PIEL TIENE MEMORIA

Desde que leyó aquel artículo en la prensa gratuita no había dejado de picarle la espalda. Se aproximaba el solsticio de verano y las playas comenzaban a llenarse de algo más que gaviotas. El artículo era un clásico de estas fechas, abundaba en buenos consejos y advertía de los terribles males a que se exponía el típico adorador del sol. «Mucho cuidado con el astro rey». «La importancia de una buena protección solar». «Saber escoger el factor de protección adecuado a cada caso». «¿Crema o spray? He aquí el dilema». El artículo parecía patrocinado por la Industria Internacional del Bronceado y resultaba difícil no imaginarse a los magnates de la crema solar frotándose sus pálidas y escuálidas manos con cada tintineo de la caja registradora.

Hacía mucho que no tomaba el sol, pero la piel, cómo no, tenía memoria. Así es la vida. Lo bueno cuesta mucho de conseguir, y luego se pierde con rapidez y facilidad alarmantes. Lo malo se obtiene casi sin darse uno cuenta y luego no hay manera de eliminarlo. Así pues, ¿qué tenía de extraño que la piel, la memoriosa y jodida piel, no dejara de picarle? Ahí, en mitad de la espalda. ¿Sería psicológico? ¿Psicosomático? ¿Hipocondría pura y dura? Se miró a sí mismo entre dos espejos contrapuestos y justo ahí, en el centro del omóplato derecho, descubrió la existencia de una peca. No pudo evitar sentir un escalofrío mientras observaba aquella mancha reflejarse hasta el infinito entre ambos espejos.

Su doctora de cabecera no vio nada anormal en aquello. Simple tejido conjuntivo. Él le pidió un volante para que le examinara un dermatólogo. Ella le aseguró que no era necesario. Él insistió, antes no había ningún problema para acudir a la consulta del dermatólogo. Había que esperar medio año, cierto, pero finalmente te visitaba. Las cosas habían cambiado, se excusó ella, ¿acaso no veía la televisión? Finalmente, en un gesto de magnanimidad sin precedentes por su parte («pero no se lo diga a nadie») la doctora accedió a hacerle una fotografía de la peca con su móvil y enviársela vía internet al especialista. Así se quedaría más tranquilo. Ella le aseguró que si observaban algo extraño se pondrían en contacto con él. «¿De verdad?», preguntó él. «La obliga el juramento hipocrático». «Ya no se estilan esas cosas», respondió ella poniendo ojos de pero-de-dónde-ha-salido-este-tipo. 

Pero nunca se pusieron en contacto con él, y cuando un par de años después un vejete con ojos acuosos y tez cetrina que dijo ser dermatólogo se dirigió a él en mitad del vestuario del gimnasio y le preguntó si se había fijado en aquella peca que tenía en el centro del omóplato derecho, sintió un vacío en el estómago, igual que aquella fría tarde de invierno en que le anunciaron la muerte de su madre y supo lo que había sucedido aún antes de saberlo. 

La biopsia arrojó toda la luz que las biopsias suelen arrojar en estos casos, que ya es mucho, tratándose de sanidad pública, y por lo menos el melanoma maligno fue realmente digno de su nombre. El dermatólogo, que había realizado satisfactoriamente un cursillo de tanatopsicología –una nueva rama de la psicología orientada a los enfermos terminales, que deberían ejercer los psicólogos si no fuera porque el Estado los había eliminado de la sanidad pública para ahorrarse gastos superfluos- le sugirió que se pusiera en paz consigo mismo y con el mundo. «Eche una cana al aire. Lea la Biblia. Suba su última montaña. En fin, haga lo que tenga que hacer».

Dos días antes de su fallecimiento la prensa levantó una gran polvareda cuando encontraron muerto en su casa de campo al máximo responsable de la sanidad pública del país. Pero lo que no trascendió a la luz pública fue el hallazgo de otro cadáver, una doctora en medicina general, que mostraba una extraña coincidencia con el anterior: en ambos cuerpos alguien, supuestamente el asesino, había grabado con la punta de un afilado cuchillo lo que parecía ser un sol sonriente, como el dibujo de un niño. Una especie de recuerdo solar…, justo en el centro del omóplato derecho.

Jorge Romera

 junio de 2012

ACROFOBIA

Él amaba las alturas. Ella padecía ligeramente de vértigo. Él sugirió la desensibilización sistemática, una progresiva exposición al vacío. Ella recogió el guante; pondría a prueba su fuerza de voluntad.

Decidieron ir a la Serra de Montsant. El día era apacible, y el puro azul del cielo hacía que el ocre de las amenazadoras paredes de roca resultase aún más vivo. Ni siquiera soplaba la más mínima brisa. La calma era tan absoluta  que las inmóviles hojas de las encinas parecían las escamas de un pez pintado en un lienzo. Hacía mucho que habían dejado atrás el poste indicador en el que podía leerse «Camino no apto para personas con vértigo» cuando llegaron al pie de la primera muralla de roca. 

Superaron el primer resalte gracias a una escalerilla metálica atornillada a la roca y a una vieja cuerda de escalada en la que se habían practicado algunos nudos. El corazón de ella palpitaba por el esfuerzo y el miedo, pero fue capaz de ignorarlo. De este modo, un resalte tras otro, consiguieron subir hasta la cresta de la Serra Major, donde andar era fácil y se podía divisar el paisaje a cientos de kilómetros. La tierra era áspera y seca, agostada por el implacable sol, y apenas una florecillas blanquecinas se atrevían a echar raíces en ella.

Caminaban en silencio. Ella abriendo los brazos de vez en cuando, como si quisiera abarcarlo todo con ellos o tal vez volar. Él tropezando de vez en cuando con alguna piedra. Llegaron por fin a la Roca Falconera, una atalaya privilegiada desde donde poder contemplar el horizonte. Él asomó la cabeza al llegar al límite de piedra y ni siquiera pudo ver la base de la enorme y extraplomada pared. Muchos metros más abajo algunos automóviles, apenas unos granos de arena, circulaban por una carretera que parecía tener el grosor de un cabello. Le indicó con un gesto de la mano que  se acercara, y ella sintió de nuevo el tirón del miedo en sus entrañas. Aunque hay veces en que la voluntad, en su estado más puro, puede vencer cualquier temor, y se acercó al borde del abismo con paso vacilante pero irrevocable.

Miró hacia abajo e, inexplicablemente, aquel pánico ancestral había desaparecido como una bestia de pesadilla con las primeras luces del alba;  no pudo contener la carcajada de la alegría inesperada. Fue entonces cuando, surgido de la nada, un violento golpe de viento la arrebató de aquella cima truncando su risa de triunfo en un grito de horror mientras el vacío la engullía con la inexorable avidez de la fuerza gravitatoria.

Cuando despertó estaba bañado en sudor. Había sido sólo un mal sueño, eso era todo. Pero su corazón no dejaba de latir como si fuera a partírsele en dos. Apenas eran las cinco de la mañana y sintió que la amaba como no la había amado jamás. Estuvo a punto de llamarla por teléfono pero sabía que ella se levantaba a las seis y media para ir a trabajar, así que esperó pacientemente a que llegara esa hora. Nunca antes había sentido con tanto dolor el aguijonazo del segundero de un reloj, y cuando dieron las seis y media marcó su número de teléfono de memoria, tan sólo para decirle que la echaba de menos. Pero por primera vez desde que se conocían, ella no respondió a la llamada.

Jorge Romera 

 junio de 2012.

Somos lo que comemos (¿o no?)

Al final aceptó la invitación. No tuvo más remedio. Su última excusa -la muerte de su madre- empezaba a vislumbrarse algo lejana en el tiempo, y se había quedado ya sin parientes por el mero abuso de este eficaz aunque limitado método de postergación. Era dolorosamente consciente de que su renuencia a aceptar las continuas invitaciones a cenar por parte de su jefe comenzaba a atentar contra la etiqueta que toda persona de bien debe siempre respetar. ¡Maldita sea! Inmediatamente se reprendió a sí mismo por tener pensamientos impuros. Aunque, ¿acaso la mentira no lo era?

Así que cuando su jefe, aquel capitán de empresa, filántropo y pilar de la comunidad, James Fitzgerald, Jim para los amigos, le propuso acudir a cenar en su ático de Park Avenue por enésima vez, no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer. 

Mientras se encaminaba a casa de su jefe recordó fragmentos de la conversación mantenida el día anterior. ¿Le habría quedado suficientemente claro su condición de vegetariano que, además, seguía una estricta dieta macrobiótica? Estuvo a punto de darle esta crucial información por escrito, pero eso hubiese despertado las suspicacias de Mr. Fitzgerald, Jim -¿cómo diablos iba a llamar por su nombre de pila a un tipo cuyo despacho era más grande que la Capilla Sixtina y más o menos igual de decorado?- . Para colmo el bueno de Mr. Fitzgerald, Jim, se tenía por poco menos que un lince. ¿Y qué si tenía un MBA por una universidad de la Ivy League? Le daban ganas de ir un día a su despacho y exponerle el Teorema de Incompletud de Gödel en aquella pretenciosa pizarra que ocupaba toda una pared y reservaba para sus estúpidos «brainstormings», sólo por el placer de ver qué cara se le ponía.  ¡Joder! Se recriminó una vez más a sí mismo por usar expresiones soeces, aunque fuese sólo de pensamiento. Había hecho grandes progresos desde que se hiciera vegetariano, por no hablar ya de la dieta macrobiótica, que le catapultó a las alturas siderales del equilibrio entre el Yin y el Yang.

Salió a recibirlo el mismo Mr. Fitzgerald, Jim, apestando a aquel after shave barato capaz de anestesiar a un rinoceronte adulto. ¿De qué servía ganar millones si luego eras incapaz de comprarte un after shave decente? Le aseguró que había dado la noche libre al servicio en aras de una mayor intimidad. ¿Una mayor intimidad? Tuvo que carraspear fuerte y adoptar una pose a lo John Wayne para dejar patente su condición de hetero, por si acaso. Luego pasaron al salón, y nada de bebidas espirituosas, por favor, por mucho que puedan proceder de la destilación de cereales. 


-¿Un gin tonic?- interrogó Mr. Fitzgerald- es muy Yin… 

Mr. Fitzgerald rió casi imperceptiblemente. Menudo cretino. Y encima se permitía juegos de palabras con algo tan serio y profundo. Detuvo esa corriente de pensamiento en seco. ¿De qué servía toda aquella dieta purificadora si luego no era capaz de encajar una pequeña broma? El equilibrio lo era todo. 

-Gracias, Mr. Fitzgerald, Jim, pero soy abstemio.

-¿Un cigarrillo, pues?

-Gracias, no fumo. Creía que ya lo sabía.

-¿No bebe, no fuma? ¿Tampoco nada de lo otro?- Y al decir esto Mr. Fitzgerald emitió una breve risita e hizo un gesto con la mano que no dejó ningún margen a la duda.

Comenzó a preguntarse si la única motivación de esta cena por parte de Mr. Fitzgerald era poner a prueba su estatura moral, el vertiginoso nivel espiritual alcanzado tras años de disciplina y abstinencia. Entonces, sobre una mesa disimulada tras un biombo, pudo ver la cena que le aguardaba: langosta, caviar, ostras crudas y algo asado que muy bien podría ser faisán. Mr. Fitzgerald aguardó unos segundos, flemático, y cuando la cara de su invitado comenzó a adoptar un tono rojizo anunció que todo era un lamentable error, que había olvidado que le había dicho el día anterior que era vegetariano. ¿Y ahora tenía que comerse todo aquello? ¡Años de esfuerzo y renuncia tirados por la borda por un error! Aquello había sido planeado, era una conjura en toda regla.  Pero estas oscuras reflexiones se disolvieron como volutas de humo en la noche en cuanto la puerta del comedor se abrió de par en par. En la nueva mesa, adornada con sobriedad  ascética, sólo había alimentos que un explorador espiritual riguroso aceptaría llevarse a la boca. Sopa de verduras con shiitake y daikon, sopa de miso, tempeh, seitán… ¿Y qué era aquello? ¿Alga kombu?

-Querido amigo, tendrá que perdonarme. He tenido que improvisar esta cena en apenas una hora.

Respiró aliviado. Todo había sido fruto de un malentendido y, quizá, del peculiar sentido del humor de Mr. Fitzgerald, Jim. Hablaron de la renuncia a comer animales muertos, de la falta de ética del ser humano, de la dieta macrobiótica, del equilibrio entre el Yin y el Yang, de la influencia de la alimentación en la percepción de la realidad. Y bebieron té Mu, elaborado con una combinación de dieciséis plantas nada menos. Luego, a la hora del postre, Mr. Fitzgerald trajo de la cocina una bandeja con unos deliciosos bizcochos caseros. Y sí, eran deliciosos, tuvo que reconocer su invitado. Aunque la cena, a pesar de su perfecto equilibrio, le había dado algo de sed. No hacía falta que Mr. Fitzgerald, Jim, le trajera una jarra de agua mineral. Él mismo se levantó y se dirigió a la cocina, feliz por el curso que habían tomado los acontecimientos, mientras su jefe apoyaba su espalda en el respaldo de la silla y esbozaba una sonrisa burlona. Fue en el suelo de la cocina, mientras bebía con delectación un vaso de agua fresca, donde vio el celofán que supuestamente recubría uno de aquellos deliciosos bizcochos caseros. Lo recogió del suelo por educación y leyó su composición por pura curiosidad. «Puede contener trazas de frutos secos, productos lácteos y pescado». Luego dejó el vaso sobre el hermoso mármol y salió de la cocina, el frío acero de la hoja del cuchillo destilando equilibrio y entendimiento.

Jorge Romera Pino

Barcelona, mayo de 2012

Ser famoso o no serlo. El nuevo dilema hamletiano.

Desde que podía recordar, siempre había querido ser famoso. Siendo un niño se pasaba las tardes del sábado y del domingo en los cines de barrio cercanos a su casa, viendo sesiones dobles mientras se metía en la piel de los personajes que interpretaban Humphrey Bogart, Kirk Douglas o Burt Lancaster y devoraba palomitas como si no existiera un mañana. Ahí estaban el hoyuelo de Kirk y su fisonomía rocosa desbordando ambición y seguridad en sí mismo. O el bueno de Humphrey, con su mirada melancólica y sus ojos soñadores.

Los actores fueron cambiando con el paso de los años, pero no su sueño de llegar a ser un día tan famoso como ellos. La vida, sin embargo, no siempre es como uno quiere, y en lugar de convertirse en actor acabó siendo conductor de metro. Incluso ser empleado de pompas fúnebres era más glamuroso que aquello, al menos siempre existe la posibilidad de asistir al entierro de un famoso. Pero ser conductor de metro… ¡Diablos! Hasta conducir un autobús era mejor. Por lo menos algún viajero habitual terminaba saludándote de vez en cuando. 

Luego llegaron los reality  y todos aquellos programas del corazón, y se subió al carro. Cuando no era Fulanita pidiendo el divorcio a Menganito, además de unos cuantos millones de euros en concepto de compensación económica, era Zutanito haciendo lo propio con Zutanita para, inmediatamente después, irse a las islas Caimán con aquella modelo tan esbelta como una escultura de Giacometti. Vaya vida se pegaban los famosos. Y sus fantasías no se reducían a conducir un Porsche escoltado por una valquiria rubia, cenar en restaurantes de moda, vestir ropa de diseño, bañarse en Chanel (pour homme) y navegar a bordo de un velero cerca de la costa para que los paparazzi le pudieran fusilar con sus benditos flashes. No. Quería más, mucho más. Codearse con la flor y nata de la jet set, ser invitado a la puesta de largo de las hijas de la nobleza, beber Dom Perignon con el inquilino del Elíseo, irse de cacería con el rey. Se imaginaba a sí mismo en las portadas de las revistas, su lifteado rostro en papel satén, y podía tener un orgasmo. ¡Joder!

Pero lo que más deseaba, lo que ansiaba por encima de todo… era que las jovencitas suspirasen por él. Soñaba que legiones de quinceañeras le perseguían, le pedían autógrafos, lloraban, gritaban su nombre, se volvían histéricas, se desmayaban. John, Ringo, Paul y George en una sola persona: él mismo. Y si la beatlemanía había constituido todo un fenómeno, él quería tener el suyo propio. Y lo ansiaba con toda su alma.

Siendo esto así, ¿resulta extraño que una noche -en ese momento brumoso  entre la vigilia y el sueño en el que las cosas del mundo real se vuelven vaporosas e inciertas, y las cosas más irreales se tornan evidentes- el diablo se le apareciese con una oferta que difícilmente podría rechazar? 

Y no era un ser extraño de miembros finos y alas de dragón como el diablo que se le aparece a San Agustín en la pintura de Michael Pacher. Después de todo, su parecido con el bueno de Agustín («Señor, hazme casto y puro, pero todavía no») era nulo: él ya estaba más que harto de ser casto y puro. No, su demonio se le apareció en la forma de Al Pacino. ¿Y qué tenía eso de raro? Le propuso un trato ventajoso: sería famoso por un día. Luego, la muerte inmediata y la eterna noche infernal. 

Cuando despertó se sintió exhausto, como si hubiesen pasado días, tal vez meses o años desde que se fuese a dormir, y al entrar en el cuarto de baño y mirarse en el espejo sintió de lleno el impacto de lo extraordinario: se había transformado en… Brad Pitt!!! Se duchó y se vistió con sus mejores ropas, su corazón desbocado por el placer anticipatorio, y se dispuso a salir a la calle. ¿Para qué molestarse en desayunar? No podía dejar de mirarse en los espejos, y el del ascensor fue el último antes de cruzar el umbral de la puerta que daba entrada al edificio en el que vivía. Se sentía nervioso, ansioso, expectante. Se sentía feliz y más vivo que nunca. Le esperaba un baño de multitudes. Le esperaba la fama. Pero al pisar la calle descubrió que todo el mundo andaba cabizbajo, sin reparar en él ni, a decir verdad, en nadie más. En todo ese tiempo que había permanecido dormido había surgido un nuevo concepto de comunicación. Acababa de nacer el WhatsApp.

 10 de mayo de 2012

Jorge Romera 

Memorias de África

Nunca había estado en aquel banco, pero el cajero de la sucursal de su barrio le confesó en tono profesional, e incluso didáctico, que allí no podían suministrar semejantes sumas en el acto. Así que volvió a su casa, vistió a su madre, subieron al maltrecho Daewoo y se dirigieron a la central.

Tuvo suerte con el aparcamiento, si se le puede llamar tener suerte al hecho de verse obligado a pagar casi tres euros por dejar el coche estacionado en plena calle, pero ya había asumido que vivía en una sociedad de borregos. De modo que salió del coche, insertó obedientemente las monedas en el parquímetro y dejó el trozo de papel con la hora marcada bien visible en el salpicadero.

Cogió a su madre del brazo y cruzaron despacio la calle, el cuello de la gabardina levantado mientras la lluvia empezaba a caer con fuerza. El vigilante de seguridad apostado en la entrada saludó a la anciana a la vieja usanza, tocándose la visera de la gorra. Por fortuna todavía quedaba gente educada. En el interior del edificio, que pertenecía por entero a la entidad bancaria, otros vigilantes de seguridad armados con revólveres miraban con ojos de Argos a todo aquel que entraba. Hacía mucho que los vigilantes armados habían desaparecido de las sucursales bancarias y cajas de ahorros, pero estaba claro que aquí aún sobrevivían las viejas costumbres.

Se pusieron a la cola, su anciana madre siempre asida a su brazo. Estaban ahí para sacar los ahorros de toda una vida, aquel dinero que la mujer había logrado ahorrar limpiando casas desde que el marido desapareciese para siempre con el viejo ardid de ir al estanco a comprar tabaco. Su pensión, ya de por sí escueta, había sido reducida a la mínima expresión a base de tijeretazos perpetrados aquí y allá por un gobierno que empezaba a parecerse a un parvulito en la clase de trabajos manuales. Él había dejado un trabajo basura harto de que no le pagaran la mayor parte de los meses, y de que cuando le pagaran sólo fuera a razón de cuatro euros la hora. Soñaba con escribir una novela y hacerse rico, pero cuando por fin la terminó se estrelló contra el inexpugnable telón de acero del mundo editorial. «En este país la cultura no vende, hágase conductor de ambulancias», le aconsejó un viejo profesor de sus tiempos universitarios.

Los clientes parecían estar pegados a la ventanilla del cajero, absortos como si les estuvieran echando las cartas del Tarot. Y hablar con su madre era inútil, hacía años que padecía la enfermedad de Alzheimer. Dejó que su cerebro divagara sin rumbo fijo, como un tronco arrastrado por la corriente de un río, hasta que las aguas le llevaron a África. Fue su último viaje. Decidió quemar las naves, gastarse el poco dinero que le quedaba del miserable subsidio de desempleo. Tal vez de esa forma encontraría la inspiración que necesitaba para terminar su novela. Allí fue testigo de crepúsculos y amaneceres como nunca antes había visto, escuchó lenguas ininteligibles y descubrió el verdadero significado de la miseria. Cómo un continente tan rico podía ser tan sumamente pobre se alzó ante él como una grotesca paradoja hasta que comprendió que la paradoja no era tal. La explicación se escondía, como siempre, en la innata maldad del ser humano. Había estado leyendo el Leviatán en el barco que le llevó hasta las costas de Argelia y nunca le pareció más certera la frase de Hobbes: «el hombre es un lobo para el hombre».

Recordó la calurosa noche en que conoció a aquel muchacho. Fue su insistencia la que terminó por llamarle la atención. Siempre había considerado la práctica de pedir limosna como la más absoluta negación del ego, el último peldaño en el descenso a los infiernos de lo humano, y se negó a soltar ni una sola moneda. Pero aquel niño no quería limosna, o al menos eso entendió él cuando el pequeño le sostuvo la mirada con orgullo.

Le llevó fuera del cochambroso poblado como si conociera cada piedra y cada hoyo del camino de memoria, hasta que llegaron a un lugar apartado y se puso a escarbar en la tierra con sus pequeñas manos como un perrillo que hubiese escondido allí su hueso favorito.

El vigilante que antes estaba en la puerta entró a calentarse un poco y se apiadó de aquella pobre anciana agarrada al brazo del tipo de la gabardina, seguramente su hijo, como si fuese el último objeto flotante de un naufragio. Era una vergüenza que nadie le ofreciese una silla. Pero él no podía hacer nada para remediarlo y se limitó a dedicarle una sonrisa. La anciana pareció devolverle la sonrisa, o quizá sonriera siempre como si se tratara de una mueca perenne. El hijo se quedó mirándolo fijamente con aquellos ojos hipnóticos mientras se desabotonaba la gabardina, como si tratara de decirle algo, pero ¿qué? Y cuando quiso reaccionar era ya demasiado tarde. El frío metálico del kalashnikov absorbió todo lo que había a su alrededor, como un gran agujero negro.

Jorge Romera

 abril de 2012